Los subsidios no son necesariamente malos, pero muchas veces se malgastan recursos

Andrés Chambouleyron
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31 de diciembre de 2013  

El debate sobre los subsidios económicos se centra casi exclusivamente en su monto, el cual alcanzará este año la cifra de $ 120.000 millones, gran parte de lo cual irá a cubrir el déficit energético y el resto, a subsidiar los servicios de transporte público de pasajeros. Sin embargo, de lo que no se habla es de la naturaleza de dichos subsidios y de qué porción se destina a financiar gastos de capital (inversión) y que porción financia gastos corrientes de las compañías.

Con respecto a la naturaleza de los subsidios, los hay a la demanda y a la oferta. Los subsidios a la demanda (o directos) abaratan el precio del servicio y facilitan el acceso por parte de la población. Los subsidios a los precios del gas y de la electricidad son un ejemplo de esto. Contrariamente a lo que se supone, los subsidios aplicados al gas y a la electricidad no es dinero que reciban las empresas de servicios públicos "a cambio de no subir sus tarifas". La empresas distribuidoras y transportistas de gas y electricidad no reciben ningún tipo de subsidio y además tienen sus tarifas prácticamente congeladas desde hace una década. El subsidio en este caso simplemente compensa la diferencia entre el precio real de importación del gas o el costo real de generación de electricidad y los precios finales que los usuarios pagan. La diferencia entre estos valores no va a ninguna compañía, sino directamente a los bolsillos de los usuarios, que se benefician con precios más bajos.

El problema con estos subsidios es que se aplican indiscriminadamente a todos los usuarios, beneficiando proporcionalmente más a los ricos de las grandes ciudades porque son los que más gas y electricidad consumen.

Los subsidios a la oferta son una historia completamente diferente. Este tipo de subsidio involucra transferencias directas de dinero a las empresas que prestan los servicios sin existir necesariamente una correlación directa entre el monto del subsidio y un eventual beneficio para el usuario. Dos ejemplos de este tipo de subsidios son los otorgados a AySA (empresa de agua y cloacas de la CABA y 17 partidos aledaños) y los recibidos por las empresas de transporte de pasajeros, colectivos y trenes.

AySA comenzó a recibir subsidios del Gobierno en 2006 y no han dejado de subir. En efecto, los subsidios pasaron de $ 25 millones en 2006 a un estimado de $ 6300 millones para este año, separados en $ 4000 millones para gastos de capital (inversión) y $ 2300 millones para gastos corrientes. Sin embargo, el número de conexiones aumentó de 2,8 millones en 2006 a sólo 3,1 millones en la actualidad (300.000 conexiones adicionales en 7 años). De un acumulado de subsidios desde 2006 de $ 20.000 millones o US$ 6400 millones, da un costo promedio de 21.000 dólares por conexión adicional.

Otro ejemplo de subsidios a la oferta son los otorgados a las compañías de autotransporte de pasajeros y trenes. Dichos subsidios consisten en la venta de gasoil a las compañías a precio por debajo del de mercado y subsidios directos a cada empresa en función de la cantidad de unidades y de empleados que cada una tenga. Según datos de la Secretaría de Transporte, las empresas de autotransporte de pasajeros recibieron hasta ahora $ 16.700 millones, de lo cual destinaron a renovación y mantenimiento de unidades sólo el 10%. Con respecto a trenes, la misma fuente indica subsidios para el año en curso de $ 4700 millones, de lo cual materiales y contratistas representan el 8% y el rubro personal, 65%.

En síntesis, los subsidios no son necesariamente malos, aquellos que benefician directamente al usuario con precios más bajos pueden ayudar a su universalización. Pero aquellos indirectos, que van a empresas y fundamentalmente a financiar gastos corrientes, pueden malgastar recursos sin necesariamente beneficiar a los usuarios.

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