La brecha de ingresos, un síntoma de los problemas laborales

La diferencia entre varones y mujeres es amplia a primera vista, pero cae cuando, para medir, se equiparan varias condiciones; cómo influyen el sector de la actividad, el subempleo y la informalidad
La diferencia entre varones y mujeres es amplia a primera vista, pero cae cuando, para medir, se equiparan varias condiciones; cómo influyen el sector de la actividad, el subempleo y la informalidad Crédito: Shutterstock
Silvia Stang
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8 de marzo de 2020  

Es síntoma de algo y no un problema en sí mismo: la brecha entre los ingresos que, en promedio, perciben las mujeres que trabajan respecto de los que llegan al bolsillo de los varones alcanza en el país, en términos generales, un nivel de alrededor de 26%. Pero baja a menos de 10% y se reduce incluso hasta 3% cuando el cálculo se hace luego de igualar ciertas condiciones referidas a las personas, al puesto en particular y al entorno del espacio de trabajo. Es decir, cuando se observan los números tras equipararse -a los fines de la comparación- ciertos aspectos de las tareas (como el sector de la actividad, la calificación requerida o el tamaño del empleador, por caso) y a los trabajadores (edad y los años en el sistema educativo, por ejemplo).

"La brecha salarial refiere a diferencias que existen en la calidad del empleo de varones y mujeres y no necesariamente a diferencias de la remuneración por realizar tareas similares", se advierte en un informe elaborado por el Cippec, la OIT, la ONU Mujeres y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), titulado El género del trabajo. Entre la casa, el sueldo y los derechos. Entender por qué se dan las brechas es fundamental para la definición de políticas públicas y de acciones de la sociedad civil que tiendan a mejorar la situación. Mucho tienen que ver, por ejemplo, las tasas de informalidad, más elevadas en el trabajo femenino, y la segmentación de los puestos de trabajo en cuanto a sectores, porque las mujeres suelen tener más presencia en actividades con ingresos más bajos.

Sobre este último punto, otra publicación del Cippec, basada en la estadística de la Encuesta Permanente de Hogares del Indec de 2018, describe cuál es la participación del trabajo femenino en cada actividad. De allí se desprende que el 98% de quienes se desempeñan en servicio doméstico es personal femenino y que, a la vez, en esa actividad está el 20% de las ocupadas. En el ranking de la distribución por sectores del empleo total femenino, al servicio doméstico le siguen la educación (18% de las trabajadoras están en este rubro), la salud y otros servicios sociales (17%) y el comercio (15%). Del total de ocupados en cada uno de esos rubros, son mujeres el 75%, el 59% y el 39%, respectivamente, según el informe mencionado.

La presencia femenina más baja se da en la construcción (3%), la actividad primaria (8%) y el transporte y las comunicaciones (13%). La participación de ellas está también por debajo de la mitad de las dotaciones en la industria y en las actividades de servicios en general.

¿Cuánto influye ese mapa del empleo en la brecha de ingresos mensuales? Según el primer informe citado en esta nota, cuando la comparación de salarios se hace igualando la edad, la cantidad de años de educación de las personas, la posición en el hogar (ser jefe o no) y el tipo de relación laboral, la brecha es de 26%. Cuando se igualan, además de esos factores, otros como el sector de la actividad, la calificación de la tarea, la región, la antigüedad y el tamaño del empleador, entonces la distancia baja a 9%. Y si también se equipara la situación de pareja y la duración de la jornada laboral, entonces el indicador cae hasta 3%.

El peso de la última variable citada (la jornada) se ve en el dato la brecha salarial horaria, que es siempre más baja que la mensual y llega al 1% a igual edad y años de educación. En todos los casos, los datos corresponden al cuarto trimestre de 2018 y a la población de 16 a 59 años.

Más allá de cuánto tiempo trabajan las mujeres en tareas remuneradas (la subocupación, es decir, el índice de quienes están ocupados menos de 35 horas semanales, es de 48% entre ellas y de 22,3% entre ellos, en la franja de edades citada, según surge del Indec), también está el dato de cuántas están ocupadas o buscan estarlo, respecto de la población femenina total. Según el dato al cuarto trimestre de 2018, 62% de las mujeres de 16 a 59 años están activas (trabajan o buscan hacerlo), mientras que la tasa es de 81% entre los varones.

¿Qué pasó en las últimas décadas? En la población de 15 a 64 años de la ciudad de Buenos Aires y el conurbano, la tasa creció desde niveles de entre 35% y 40% registrados entre mediados de los 70 y de los 80, hasta alrededor de 55% a inicios de este siglo, desde cuando se mantuvo estancada unos años, según describe un trabajo de los economistas de la Universidad de General Sarmiento Luis Beccaria, Roxana Maurizio y Gustavo Vázquez.

Según esa investigación, "ni la situación del empleo ni la evolución de las remuneraciones se encuentran claramente asociadas a la dinámica de la tasa de actividad [participación en el mercado laboral] femenina". En cambio, el aumento del nivel de escolarización y de la proporción de hogares sin cónyuge (lo cual indica más presencia de hogares con jefas), sí son variables que parecen haber alentado una mayor participación.

Se agrega que un factor que puede mover a las mujeres a buscar empleo es una caída de los ingresos del hogar. Sin embargo, un contrapeso ante esas necesidades lo ejerce la precariedad de las ocupaciones muchas veces ofrecidas: tal como pasa con la desocupación y la subocupación, la informalidad femenina es más alta que la masculina. En el caso del empleo asalariado y según datos del Cippec basados en la EPH, la falta de registro afecta al 32% de los varones ocupados y al 36% de las mujeres, en tanto que la situación en sí y también la brecha se agravan en el caso del 20% de la población de menores ingresos: en ese segmento el empleo asalariado informal llega a 64% y a 78%, respectivamente.

Es uno de tantos problemas -en este caso, uno estrechamente vinculado a la alta incidencia de la pobreza- que están detrás del síntoma de la brecha de ingresos.

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