Análisis: ya no queda claro si Bolsonaro es un reflejo de la sociedad brasileña o viceversa

Bolsonaro con una niña en brazos
Bolsonaro con una niña en brazos Fuente: Archivo - Crédito: EVARISTO SA / AFP
Janaína Figueiredo
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7 de julio de 2020  • 14:58

RÍO DE JANEIRO. La foto publicada por el canciller brasileño, Ernesto Araújo, en su cuenta de Twitter el sábado pasado causó polémica en redes sociales y la prensa, una más que involucraba al presidente Jair Bolsonaro desde que la pandemia de coronavirus llegó a Brasil.

En ella aparecían el jefe de Estado, el embajador de los Estados Unidos, Todd Chapman, recientemente instalado en Brasília, varios miembros del gabinete y el diputado Eduardo Bolsonaro, hijo del presidente, festejando el Dia de la Independencia de los Estados Unidos, todos sin barbijo. Días antes, Bolsonaro había vetado partes de una ley nacional sobre el uso de tapabocas, eliminando su obligatoriedad en comercios, escuelas, iglesias y reuniones privadas, entre un total de 17 puntos de la norma aprobada por el Congreso, que el presidente eliminó de un plumazo.

Desde el primer día, el jefe de Estado fue fiel a sus convicciones negacionistas, exponiéndose al virus, y exponiendo a toda la población brasileña. Al confirmar que está infectado, mantuvo el mismo discurso, un discurso que penetró fuerte en amplios sectores sociales. Y hoy no queda claro si Bolsonaro es un reflejo de la sociedad brasileña, o la sociedad, que en 2018 lo eligió con 57 millones de votos, un reflejo del presidente.

Muchos se preguntan si Bolsonaro ya estaba contagiado el sábado (es lo más probable, porque los síntomas aparecieron el lunes) y, si así fue, a quiénes contagió en el evento por el 4 de Julio- Pero no hay un clima de alarma generalizada, ni una catarata de críticas al presidente. En un Brasil donde investigaciones estiman que actualmente solo un 20% de la población cumple un riguroso aislamiento social, el almuerzo organizado por el embajador norteamericano, casualmente representante de un gobierno que también minimiza la pandemia, provocó debate en algunos sectores, pero en muchos otros se tomó como algo natural.

Ese mismo fin de semana, los cariocas llenaron las playas y bares de Río, en una primera fase de flexibilización de las medidas de distanciamiento social. En otros estados de Brasil, las aglomeraciones son permanentes, a pesar de los esfuerzos, en algunos casos, por controlarlo.

Dicho todo esto, el contagio de Bolsonaro no debería cambiar demasiado la situación de Brasil en esta pandemia. El presidente, sus seguidores y los que comparten su diagnóstico de la crisis seguirán desdramatizando una tragedia sanitaria que, en casi cuatro meses, ya mató más personas que la violencia en todo el año de 2017, cuando los registros de asesinatos batieron un récord histórico en Brasil, llegando a las 63.880 muertes.

Desde mediados de marzo, Bolsonaro viene desacreditando la opinión de científicos brasileños y extranjeros, y cambió dos veces de ministros de Salud por desacuerdos en sus posiciones, bastante alineadas con las orientaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Situación minimizada

Al dirigirse por primera vez a la población, una vez confirmado su contagio de Covid-19, el jefe de Estado minimizó la situación, llegando a referirse a la enfermedad como "una lluvia", que a todos, en algún momento, mojará. Como si se tratara de una oportunidad para reforzar su discurso negacionista, en un país que ya registra más de 65 mil muertos y es epicentro regional y mundial de la pandemia, el presidente aprovechó, además, para hacer propaganda de la hidroxicloroquina, medicamento cuestionado por organizaciones médicas de todo el mundo y recientemente descartado por la OMS en sus estudios sobre el Covid-19, por haberse constatado que no produce cambios positivos en casos graves.

Después de arrancar la pandemia refiriéndose a la enfermedad que asusta al mundo como una "gripecita"; hablar de la Covid-19 como "una fantasía" y asegurar que la crisis sanitaria era "sobredimensionada" por los medios de comunicación, Bolsonaro insistió en transmitir un mensaje que va en la contramano no solo de la OMS, pero de la gran mayoría de los gobiernos del mundo.

Indignación

Para muchos médicos brasileños que están en las trincheras de la pandemia, las palabras del presidente causan profunda indignación. Así lo siente Rodolfo Espinoza, que atiende pacientes con Covid-19 en hospitales públicos y privados de Río de Janeiro y teme que la enfermedad de Bolsonaro y su actitud ante ella generen aún más confusión en el país.

Espinoza no utiliza hidroxicloroquina porque sigue a rajatabla la tendencia mundial sobre coronavirus. Pero muchos de sus pacientes, comentó, "llegan a los hospitales pidiendo ese medicamento por lo que escuchan y sin entender que esa no es la solución. "Uno de mis pacientes fue un diputado evangélico de 45 años, que creía en el discurso negacionista y tuvo una Covid-19 complicada, casi lo tuvimos que entubar. Al final, dijo que había tomado más consciencia, que repensaria sus ideas, pero nosotros sabemos que saliendo del hospital siguen con la misma actitud, hasta diciendo que Dios los curó. Es muy frustrante", lamentó el médico carioca.

El nuevo presidente del Consejo Nacional de Secretarios de Salud, Carlos Eduardo Lula, consideró "muy malas" las acciones de Bolsonaro los últimos meses, cuando apareció aglomerado en Brasilia, sin máscara. La reunión en la embajada de Estados Unidos que precedió la noticia de su contagio fue el último de varios episodios muy criticados por la comunidad científica brasileña.

En lo político, la infección del presidente llega en momentos de relativa tregua con el Congreso y el Supremo Tribunal Federal (STF). Después de fuertes choques que generaron el temor de una crisis institucional, Bolsonaro, presionado por el ala militar y empresarios que lo respaldan, principalmente, bajó el tono de sus ataques. Analistas políticos se preguntan si la confirmación de que el jefe de Estado tiene Covid-19 podría contribuir al nuevo ambiente pacificado que se vive en las últimas semanas en Brasília -casualidad o no, este ambiente se instaló después de la detención de un ex-asesor del senador Flavio Bolsonaro, hijo del presidente- o, por lo contrario, alimentaria disputas internas en el gobierno.

"Hoy no tenemos ministro de Educación, el de Salud es militar e interino y los diferentes sectores que apoyan a Bolsonaro están peleando por espacios de poder en un gobierno que perdió apoyo popular en los últimos meses", señaló Adhemar Mineiro, economista de la Red Brasileña por la Integración de los Pueblos. En este contexto, dijo el analista, "la enfermedad podría ser usada por Bolsonaro para unificar a su tropa y, de paso, adoptar un papel de víctima que podría ayudarlo a recuperar algo del apoyo perdido".

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