Crece el desánimo y el miedo por la cuarentena en el crucero

Personas a bordo del Diamond Princess se asoman al balcón de sus camarotes
Personas a bordo del Diamond Princess se asoman al balcón de sus camarotes Fuente: AP - Crédito: Eugene Hoshiko
Las personas a bordo del barco varado en Japón se impacientan y temen que la permanencia pueda derivar en un contagio; hay tres nuevos infectados
Simon Denyer
Siobhan O´Grady
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9 de febrero de 2020  

YOKOHAMA. - Por el momento, solo los enfermos pueden salir. Desde que el crucero Diamond Princess entró en cuarentena con unas 3700 personas a bordo, los pocos que tuvieron permiso para desembarcar lo hicieron en silla de ruedas o camillas, y de ahí a la ambulancia, tosiendo, doloridos y volando de fiebre.

Aunque el ánimo no es el mejor para nadie. Al borde de la desesperación por los días de encierro, Vana Mendizabal, una norteamericana de 69 años, empezó a preguntarse si la única manera de escapar de ese barco y de la cuarentena obligatoria de 14 días no sería caer enferma.

Ella es una de los miles de personas atrapadas en el crucero a medio mundo de distancia de su casa, en una situación de confinamiento que se convirtió en una de las derivaciones más extrañas de la epidemia que ya dejó 724 muertos y casi 35.000 afectados. Entre los pasajeros en cuarentena hay siete argentinos, entre ellos la esposa del hombre infectado que fue trasladado anteayer a un hospital de Yokohama, de quien ayer no se informaron novedades.

Mendizabal y su esposo, Mario, de 75 años, son de la ciudad de Crystal River, Florida, y a medida que la ropa limpia y la paciencia se les acaban, empiezan a sentirse estancados. "Estamos tratando de contactar al Departamento de Estado con la esperanza de que nos saquen de acá", contó ella por teléfono desde su camarote. "Como no podemos salir del camarote, estamos respirando aire recirculado, así que el entorno no es saludable", añadió.

"Lo único que queremos es bajarnos de este barco", dijo la mujer, al borde de la desesperación. Para colmo, los Mendizabal viajan con una amiga que el jueves pasado se enteró que su madre acaba de morir en Estados Unidos, noticia que sumó urgencia a su necesidad de regresar.

Mientras el número de enfermos con coronavirus en el crucero subió ayer a 64, los pasajeros empezaron a temer que la cuarentena, en vez de protegerlos, los exponga aún más al contagio.

Las autoridades japonesas están investigando cómo se propagó la enfermedad en el barco. Un funcionario declaró a la prensa que hasta el momento "no hay evidencias de que el virus se transmita por el aire... o por el sistema de ventilación".

Se cree que el brote en el barco empezó con un pasajero infectado que introdujo el virus y luego desembarcó en Hong Kong.

Wendy, una enfermera, iba a festejar pasado mañana sus 52 años, y mañana su esposo debía empezar en un nuevo trabajo. La pareja no quería separarse, pero solo Alan dio positivo del virus y fue desembarcado para recibir tratamiento.

"La primera noche sola en el barco fue difícil", dijo Wendy, pero agrega que están en contacto permanente por teléfono y que "los médicos japoneses son excelentes, así que Alan está en buenas manos". Todos los que dieron positivo están o serán internados en hospitales locales.

El sector turístico japonés se vio muy perjudicado por la epidemia, y se teme que el brote pueda interferir con la realización de los Juegos Olímpicos de Tokio, que empezarán el 24 de julio. Aparte de los casos a bordo del crucero, en Japón hay otras 25 personas infectadas con el virus.

Un segundo barco, el World Dream, está en cuarentena en Hong Kong, a la espera del resultado de los análisis y chequeos de salud de las 3800 personas a bordo, después del resultado positivo de tres pasajeros que viajaron en enero.

El primer ministro japonés, Shinzo Abe, dijo que tampoco se permitiría el desembarco de los extranjeros a bordo de un tercer barco, el Westerdam, que zarpó de Hong Kong la semana pasada, salvo casos excepcionales. El Ministerio de Transporte dijo que se tomarían medidas similares para cualquier otro barco potencialmente riesgoso.

A bordo del Diamond Princess, los análisis se realizaron a los pasajeros y tripulantes considerados con más posibilidades de haber contraído el virus después de un primer chequeo de salud, ya fuese porque manifestaban síntomas o porque habían interactuado con el pasajero infectado que desembarcó en Hong Kong.

Al resto de los pasajeros se les entregaron termómetros para que chequeen su propia temperatura. Por lo demás, están solos, tratando de sacar lo mejor de una situación extraña, y su única interacción con gente de afuera de sus camarotes es con el personal de servicio que entra y sale con las bandejas de comida varias veces al día.

A algunos pasajeros la situación no parece molestarles. Los norteamericanos Matthew Smith y su esposa, Katherine Codekas, ambos de 57 años, suelen vacacionar en cruceros y dicen que ni siquiera esta experiencia en el Diamond Princess hará que desistan de volver a hacerlo.

"Lo importante ahora es tratar de no pensar en cuánto falta", señaló Smith. "La cosa es día a día, momento a momento, y así se hace más fácil".

Smith posteó en Twitter una foto de la comida que les habían llevado al camarote: salmón, pan fresco y torta de chocolate. "¡Me van a tener que bajar del barco a rastras cuando termine la cuarentena!", bromeó, como un elogio a la comida.

Pero para algunos pasajeros hasta un par de días de cuarentena son intolerables. Cuando los Mendizabal planearon sus tres semanas de vacaciones, no imaginaron que estarían dos semanas más de los previsto lejos de su casa. "Es todo muy desesperante y nos complica terriblemente la vida", dijo la mujer.

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

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