El encanto de torcer la historia de un país

Enrique Valiente Noailles
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10 de noviembre de 2016  

Parecería ya que la única manera que tienen las masas contemporáneas, que se sienten ignoradas y que no tienen influencia ninguna en los acontecimientos de un país, es producir un quiebre. Ya han experimentado que la expresión de lo que desean no los lleva a ningún lado. Por eso sólo les queda producir una ruptura del orden establecido, que aunque no saben adónde lleva, tiene al menos el gusto de permitirles sentir su influencia sobre la realidad. No importa quién lo encarna ni cuán peligroso sea, lo que importa es sentir la capacidad de torcer la historia.

Para esas masas, la ruptura es una prueba de la propia existencia política, de la que no estaban muy seguros. Esto parecería haber ocurrido en el Brexit, voto cuyas implicancias finales desconocían muchos de quienes lo impulsaron. Y da la impresión que ha sucedido en la elección norteamericana, donde el grueso eligió lo que, para los estándares de esa sociedad, parece un salto al vacío.

No se trata tanto de elegir a un candidato, entonces, como de combatir la propia impotencia. Esa actitud hace juego perfecto con un personaje que basó entera y deliberadamente su campaña en la incorrección política y en ofrecer un futuro que en nada se pareciera al pasado o al presente. La transgresión de los principios de corrección política se ve premiada por una sociedad que acaso sienta esa corrección como un sarcófago en el que pasan su vida entera, sin que las lleve a ningún lado.

Lo que se premia en Trump es el fin de la hipocresía, aún a costa de la decencia. Se premia que diga lo que piensa, aunque sea una bestialidad tras otra. Se premia un estilo, una forma, no ya un contenido. Porque el contenido parece haber perdido toda capacidad de combustión dentro de las razones de quienes lo votaron.

En efecto, hay una impermeabilización de las conciencias, un poco al estilo argentino, en que no hay verdaderamente la posibilidad de producir un escándalo en la profundidad de las masas. Así, nada disuadió a estos votantes. Baste observar el voto de las mujeres a un personaje que abiertamente las ha denigrado. Uno imaginaría un total repudio de parte de quienes se ven genéricamente afectados por las declaraciones del candidato a una elección. En realidad, Trump no ha dejado prácticamente a nadie sin insultar. Pero los insultados parecen no tomar nota de esto, y parecen más bien fascinarse por el desafío lanzado, parecen admirar al transgresor, como si todo el mundo quisiera descansar por un tiempo de lo políticamente correcto y él les ofreciera esa ayuda.

En una reflexión que acaba de verificarse en el caso norteamericano, la más inexplicable grieta en algunas de nuestras sociedades no es tanto la racial, religiosa o aquella fundada en el país de origen.

La grieta más profunda, la que no alcanzan a sondear las encuestas, es la desconexión entre la obscenidad política y sus consecuencias. En efecto, la pornografía política ya no excita a las masas y las deja indiferentes. Los escándalos favorecen, extrañamente, a quien no se avergüenza de ellos. Pero a quienes ya no excita la política ni el escándalo, les queda como encanto la ruptura hacia algo desconocido, sea lo que fuere que ello depare.

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