El virrey informal de Trump para Venezuela moldea la política de EE.UU. y despierta preocupaciones por la falta de supervisión
Mauricio Claver-Carone no trabaja oficialmente para la Casa Blanca, pero tiene un papel desproporcionado en la definición del futuro de Caracas
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CARACAS.– En las horas posteriores a que fuerzas militares estadounidenses se llevaran al presidente venezolano Nicolás Maduro el 3 de enero, el secretario de Estado Marco Rubio llamó a la número dos de Maduro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez.
Otras dos personas también estaban en la línea. Una era su hermano, Jorge Rodríguez, presidente de la Asamblea Nacional venezolana, según cuatro personas familiarizadas con la llamada. La otra era la mano derecha de Rubio para Venezuela: Mauricio Claver-Carone.
Abogado de Florida que se desempeñó brevemente como enviado especial para América Latina al comienzo del segundo mandato del presidente Donald Trump, Claver-Carone, de 51 años, no ocupa ningún cargo oficial en el gobierno de Estados Unidos. Pero mientras la administración elaboraba el otoño pasado planes para enviar a Maduro al exilio o capturarlo, Claver-Carone estuvo estrechamente involucrado.

Desde la salida de Maduro, Claver-Carone asumió un papel aún mayor como una suerte de virrey estadounidense no oficial de Venezuela, ayudando a implementar el plan de la administración para trabajar con Delcy Rodríguez y explotar la vasta riqueza petrolera del país sudamericano.
En contacto directo con Rodríguez, su hermano Jorge y otros funcionarios en Caracas, Claver-Carone transmite instrucciones en nombre de Washington, según más de diez funcionarios y exfuncionarios estadounidenses, personas en contacto con el gobierno venezolano y otros observadores informados que describieron su papel.
Claver-Carone, que suele operar por teléfono desde su casa y su oficina en el sur de Florida, fue clave para elegir ganadores y perdedores entre los inversores que aspiran a participar en la reactivación de la largamente deteriorada industria petrolera del país, dijeron personas familiarizadas con sus gestiones. Más recientemente, según él mismo dijo, respaldó a Centerview Partners, una firma financiera con sede en Nueva York que figuraba entre las muchas que competían por ser contratadas por el gobierno venezolano para ayudar a reestructurar su deuda de 170.000 millones de dólares.
Claver-Carone, en una extensa entrevista con The Washington Post, describió su papel en Venezuela como el de un “conector”, cuyo conocimiento íntimo de los actores y de la política en Washington y Caracas es necesario y buscado por ambas partes.
Claver-Carone comparó su posición con la de Jared Kushner, el yerno de Trump y negociador en Medio Oriente y más allá.

Pero “siempre bromeo”, dijo. “La gente dice: ‘¿Sos el Jared de América Latina?’. Y yo respondo: ‘No, Jared es el Mauricio de Medio Oriente’”.
Los críticos dicen que su posición no oficial expone la falta de transparencia dentro de la administración Trump entre los mundos de los negocios y la diplomacia. Aunque la embajada estadounidense en Caracas, cerrada durante años, volvió a abrir, la cartera de Venezuela es manejada casi exclusivamente por la Casa Blanca —donde Rubio cumple además funciones como asesor de seguridad nacional de Trump— y no por el Departamento de Estado, según dos funcionarios estadounidenses.
“Para alguien que no tiene ningún cargo en el gobierno, desempeña un papel desmesurado”, dijo un exfuncionario estadounidense familiarizado con el trabajo de Claver-Carone.
El operador de Trump para América Latina
Claver-Carone fue durante mucho tiempo una figura controvertida en Washington y América Latina.
Nacido en Miami, hijo de exiliados cubanos y con un historial de oposición a gobiernos de izquierda en La Habana y Caracas —un trasfondo que comparte con Rubio—, Claver-Carone emergió como uno de los arquitectos de la campaña de máxima presión contra el gobierno de Maduro durante la primera administración Trump, cuando se desempeñó como director de asuntos del Hemisferio Occidental en el Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca.
Antes de las elecciones de noviembre de 2020, Trump había presionado a los gobiernos latinoamericanos para que eligieran a Claver-Carone como el primer presidente estadounidense del Banco Interamericano de Desarrollo. Pero después de dos años, el directorio ejecutivo del banco votó por unanimidad despedirlo. La votación se produjo, según informes, después de una investigación ética independiente que determinó la existencia de mala conducta.
Claver-Carone declinó hablar sobre su salida del Banco Interamericano de Desarrollo, salvo para decir que no violó ninguna regla y que fue “perseguido” dentro del banco y “difamado” por los medios.
De regreso en Florida, cofundó una firma de capital privado con Jessica Bedoya, que trabajó para él tanto en el Consejo de Seguridad Nacional como en el banco, y a quien describe como su “compañera de vida”. La firma, llamada LARA Fund, busca conectar a inversores estadounidenses con proyectos prometedores en América Latina. Pero la reelección de Trump en 2024 pronto lo devolvió al gobierno.
Un mes antes de la segunda asunción de Trump, el presidente electo nombró a Claver-Carone enviado especial del Departamento de Estado para América Latina, una designación temporaria de 130 días que no requería confirmación del Senado.

Pasó buena parte de su tiempo trabajando sobre Cuba y Venezuela, cuyos gobiernos estaban en la lista de prioridades de Trump y Rubio mientras la administración declaraba su intención de dominar el Hemisferio Occidental. También ayudó a orquestar la deportación de más de 230 migrantes venezolanos a una megacárcel en El Salvador.
Cerca del final de su mandato temporario, en mayo del año pasado, Claver-Carone renunció y retomó su trabajo para el LARA Fund, que, según dijo, había dejado en manos de Bedoya durante su paso provisional por el gobierno. Pero a mediados del verano boreal, la Casa Blanca volvió a llamarlo, dijo, esta vez porque “el presidente había tomado algunas decisiones sobre cosas que quería hacer en Venezuela”.
Planificar una Venezuela pos-Maduro
Claver-Carone y Bedoya, cuya carrera anterior estuvo enfocada en asuntos del Hemisferio Occidental en la CIA y el Departamento de Estado, fueron convocados como ciudadanos privados para ayudar a “encontrar una solución al problema de la política hacia Venezuela” y presentar opciones sobre “cómo podría verse una Venezuela pos-Maduro”, dijo Bedoya en una entrevista con The Post.
El resultado fue un plan de tres fases —estabilidad, recuperación económica y transición política— para una futura Venezuela sin Maduro. En diciembre, cuando Maduro rechazó una oferta estadounidense para ayudar a organizar un exilio cómodo en un tercer país, se puso en marcha la misión militar para capturarlo y depositarlo en una prisión de Nueva York.
La primera prioridad de la administración después de Maduro fue la estabilidad. En la llamada del 3 de enero con Delcy Rodríguez, dijeron las personas familiarizadas con la conversación, Rubio y Claver-Carone plantearon una oferta para reconocerla como presidenta interina, con su hermano al frente de la Asamblea Nacional. Pero dejaron claro que Washington llevaría las riendas.
La extensa y poco convencional participación de Claver-Carone en las relaciones entre Washington y Caracas, junto con lo que él mismo describe como sus “codos filosos” y su impaciencia ante las “tonterías”, frustraron a algunos en el Departamento de Estado y generaron preguntas sobre posibles conflictos de interés.
Turbulencias diplomáticas
Poco después de la operación contra Maduro, a los empleados del Departamento de Estado dedicados a América Latina se les indicó que se apartaran de la política hacia Venezuela. Solo un pequeño círculo de personas centrado en la Casa Blanca, donde Rubio cumple además funciones como asesor de seguridad nacional de Trump, participa en la toma de decisiones sobre Venezuela, dijeron dos funcionarios estadounidenses.
Claver-Carone dijo que se reunió con la diplomática de carrera Laura F. Dogu antes de que viajara a Venezuela en enero para preparar la reapertura de la embajada estadounidense, y que también se reunió con John M. Barrett antes de que llegara como encargado de negocios en abril.
Su profundo conocimiento de Venezuela y sus contactos de alto nivel en la administración, dijo, permiten a Rubio ocuparse de sus responsabilidades más amplias.
“Delcy tiene el número de Marco, pueden hablar, puede escribirle”, dijo Claver-Carone. “Pero el secretario de Estado tiene como un millón de asuntos”.

Claver-Carone también rechazó cualquier insinuación de conflicto de interés y dijo que ni él personalmente ni el LARA Fund tienen inversiones venezolanas. Venezuela todavía no entra en el “perfil de riesgo” del fondo, dijo, y agregó: “Espero que algún día lo haga”. Señaló que las “primeras tres operaciones” de la firma en curso están en El Salvador, México y Paraguay.
Bedoya dijo que el fondo —que en presentaciones ante la Comisión de Bolsa y Valores de Estados Unidos indicó que buscaba recaudar al menos 1000 millones de dólares— todavía no recibió dinero de inversores, pero tiene varios proyectos en etapa de planificación.
Tanto Claver-Carone como Bedoya dijeron que no reciben pagos por su trabajo para el gobierno. Bedoya se negó a decir quién pagó sus frecuentes viajes a Venezuela.
Según registros de vuelos venezolanos revisados por The Post, Bedoya viajó en el mismo vuelo chárter del 12 de febrero que dos ejecutivos de Centerview, Matthieu Pigasse y Charles Albinet. La firma luego cerró el contrato con Venezuela para lo que se cree que es uno de los mayores casos de default de deuda soberana del mundo.
En un mensaje de texto, Pigasse dijo que “Mauricio Claver no tiene absolutamente NINGÚN papel en nuestra tarea”.
Bedoya dijo que se reunió con Delcy Rodríguez cada vez que viajó a Venezuela este año, incluida una visita a Caracas a comienzos de este mes para “manejar el traslado de Alex Saab”. Saab, empresario que fue alguna vez un estrecho colaborador de Maduro, fue entregado por el gobierno de Caracas para enfrentar cargos estadounidenses por lavado de dinero.
Desacelerar y acelerar
Claver-Carone dijo que su papel como enlace gubernamental no oficial está disminuyendo a medida que la embajada estadounidense reabierta suma personal y se familiariza más con los temas. Con la estabilidad de Delcy Rodríguez nominalmente asegurada —todavía no se planificaron elecciones—, el petróleo vuelve a fluir, y los ingresos se depositan en una cuenta de Citibank controlada por el Tesoro estadounidense, que a su vez distribuye el dinero a Venezuela. Trump dijo que Estados Unidos se queda con una parte, que, según afirmó, ya pagó la operación militar del 3 de enero.
Claver-Carone dijo que Venezuela está “a punto” de pasar de la fase uno del plan de la administración —la estabilidad— a la fase dos, la recuperación económica. Reconoce que no todos están satisfechos con sus modos bruscos y su nivel de influencia, en particular aquellos con intereses económicos previos en Venezuela que, según él, estaban saqueando al país.
Pero sus defensores sostienen que debe ser juzgado por los resultados.
“Mauricio no se sumó al gobierno para hacer amigos”, dijo Pedro Burelli, exmiembro del directorio de la petrolera estatal venezolana y crítico de larga data de Maduro. “Lo hizo para lograr cosas, y sus codos filosos hablan por él. Hay que juzgarlo por el resultado”.
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