En medio del caos del Líbano, cuatro argentinos ayudan a los refugiados que nadie recibe
El sacerdote Luis Montes, del Instituto del Verbo Encarnado (IVE) dirige un hogar donde reciben a desplazados por la guerra, sin importar su nacionalidad o religión
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BEIRUT.– Como si no alcanzara con el aire irrespirable debido a la contaminación de los bombardeos que no cesan en los barrios del sur de la ciudad y del país, una tormenta de lluvia y arena complicó aún más este sábado la desesperada situación del millón de personas que debieron abandonar sus casas debido a la nueva guerra que enfrenta en el Líbano al grupo armado pro-iraní Hezbollah e Israel.
En medio de una nueva catástrofe humanitaria -evidente en esta capital, repleta de gente acampando en plazas, en la costanera, en escuelas, una cancha de fútbol y, los más afortunados, en hoteles-, un drama adentro del drama es lo que ocurre con los refugiados extranjeros.
En los 612 refugios activados en el Líbano, en efecto, sólo permiten el acceso de libaneses y no de quienes tienen otra nacionalidad. Esta decisión ha dejado totalmente desamparados, sin saber dónde ir, a cientos de miles de sirios que siguen viviendo en el Líbano, así como a miles de familias africanas.
En una virtual clásica guerra entre pobres –se estima que el 70% de los 6 millones de libaneses ha caído en la pobreza en los últimos años marcados por crisis y conflictos–, cuatro argentinos están aportando su granito de arena.

El sacerdote argentino Luis Montes, que maneja un hogar para gente abandonada en la localidad de Ghosta, 25 kilómetros al norte de Beirut, en el Monte Líbano, les abrió las puertas a inmigrantes refugiados, como ya lo había hecho durante la guerra de 2024, también esta vez les abrió las puertas a inmigrantes refugiados.
En una antigua casona de piedra de dos pisos que se levanta en medio de la montaña, dentro de un bellísimo paisaje con árboles y flores, que normalmente tiene vista al mar -que ahora no se ve debido a la tormenta de viento y arena-lo acompañan en esta labor humanitaria cuatro laicos consagrados del movimiento de los Nazarenos Perseguidos. Se trata de los argentinos Marcos Cabezas, de Tigre, Diana Ayala de Corrientes, Azul Linares Luque , de capital; y la colombiana Diana Noguera, de Barranquilla.

“Desde acá vemos Beirut, las explosiones, las columnas de humo negro y los fuegos artificiales, pero es un lugar seguro y por eso, porque es un lugar seguro, recibimos a los refugiados”, dice el padre Luis, sacerdote del Instituto del Verbo Encarnado (IVE) que tiene mucha experiencia en zonas de riesgo. Vive en Medio Oriente desde hace treinta años y vivió en Irak, en Bagdad y en Erbil, entre 2010 y 2020.
Desde hace tres años maneja una antigua propiedad que pertenece a monjas de la Caridad donde recibe gratuitamente a los descartados de la sociedad libanesa. “Acá tenemos ancianos, discapacitados, gente con problemas de adicción, gente de la calle, gente que viene a morir, mujeres que han sufrido violencia… Es una casa para gente abandonada”, explica. Con el comienzo de la nueva guerra que ha sumido al Líbano en una nueva espiral de violencia y en una nueva crisis humanitaria, también ha recibido en los últimos días a 70 inmigrantes.
“Son africanos que estaban en el sur del Líbano trabajando en la construcción o en agricultura, con sus familias, que vienen de Etiopía, Sudán sobre todo y otros países”, cuenta, al precisar que, si bien ellos dan el lugar, el espacio, se ocupan de la comida y de los medicamentos tres organismos internacionales que ayudan a los migrantes, entre ellos la OIM (Organización Internacional para los Migrantes de Naciones Unidas) y la libanesa MSD.
“La casa es grande, pero ahora es un caos, aunque ya estamos acostumbrados, en 2024 llegamos a recibir 150 inmigrantes”, añade. Nacido hace 56 años en la localidad de Darregueira, cerca de Bahía Blanca, el padre Luis habla perfectamente árabe. Todo el mundo lo llama “abouna” (padre) Luis y todos los van saludando mientras muestra a LA NACION el hogar en una recorrida.

“Vino un grupo de 40 inmigrantes evacuados desde el sur del Líbano el martes y otros treinta llegaron hace unos días, porque un convento de los jesuitas que hay acá cerca ya no tenía lugar”, cuenta, con acento porteño.
Aunque uno pueda llegar a sorprenderse por el hecho de que en los más de 600 refugios activados en el Líbano desde el 2 de marzo -cuando empezó una nueva guerra que causó hasta ahora 826 muertos y 2009 heridos-, no reciben a no libaneses, el padre Luis no se inmuta. “Acá también pasa, nuestros vecinos se han quejado porque recibimos a otra gente, pero imaginate que estás en la Argentina, hay un millón de refugiados argentinos y un convento de extranjeros recibe a 100 bolivianos... Los demás se enojan, es normal, en cualquier país sería así. Pero acá nosotros recibimos a gente de cualquier país, de cualquier lugar y de cualquier religión”, subraya.
Sopla un viento frío, hace falta poner madera en la salamandra de la casona, un gato dormita en el sillón de una sala de estar y aunque derrama buena onda, el padre Luis no oculta que está preocupado.
“En comparación a la guerra de 2024 hay más cansancio, más desesperación… Es como que la cosa se va a poner peor y esto ya lo viví en Irak”, dice. En este marco, no duda en condenar la “guerra preventiva” lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán el 28 de febrero pasado, que luego determinó el involucramiento del Líbano porque Hezbollah el 2 de marzo atacó a Israel para vengarse del asesinato del líder supremo, el ayatollah Ali Khamenei.
“Lo que están haciendo no tiene nombre, esto ha cambiado todo el equilibrio regional”, denuncia. El padre Luis, ante preguntas, cree que el futuro del Líbano dependerá de lo que pase con la guerra con Irán, lo cual es una incógnita.
“Si uno lee los medios occidentales, Estados Unidos está venciendo cómodamente, pero no sabemos si eso es cierto y hay reportes independientes que hablan de que no parece que Israel y Estados Unidos van a conseguir ningún tipo de objetivo concreto en Irán”, apunta.
“Lo mejor que podría pasar es que digan, ya está, hemos conseguido los objetivos, se retiren y se llegue a una especie de acuerdo. Pero, ¿qué va a pasar con los países de Golfo? Y acá en el Líbano no sería de extrañar que las tropas israelíes que están entrando en el sur decidan no retirarse nunca. Acá la gente cree que esta vez no se van a retirar. Se van a quedar con una porción del Líbano, como han hecho en Siria”, avizora.
“En la guerra la gente muy poderosa gana siempre”, lamenta. “Así que estas son guerras impuestas desde afuera, que dañan muchísima gente, matan a millones de personas y vuelven a utilizar las mismas excusas para una nueva guerra. Sabemos que son excusas, sabemos que están mintiendo”, reflexiona.

“Mi mayor miedo es que, viéndose derrotados, decidan utilizar una bomba atómica contra Irán. Recemos para que no ocurra. Nosotros, mientras tanto, hacemos el bien que podemos”, suma. En medio de enorme incertidumbre, tampoco descarta que en el castigado Líbano, ya desangrado por una guerra civil entre 1975 y 1990, todo pueda degenerar en otra guerra civil: “con las tensiones que esto ha generado también aquí en el Líbano, que es un mosaico de confesiones, hay gente local que me ha dicho que tiene miedo que eso ocurra. Y al menos tres personas me dijeron que hay gente que está trabajando activamente para que eso ocurra”, advierte.
Para los jóvenes laicos consagrados argentinos que lo acompañan, esta es su primera guerra. Pero no están asustados. “Gracias a Dios, tenemos mucha confianza de que en este lugar estamos seguros y acá tenemos la posibilidad de ayudar a la gente y eso es lo que nos da la fuerza para seguir sin miedo, porque sabemos que ellos necesitan nuestra ayuda”, dice Azul, de 30 años.
“Pese a que nos faltan algunas cosas, estar ayudando, poniendo nuestro granito de arena y ver la sonrisa de los niños todos los días es algo que me llena el corazón, es la recompensa”, coincide Diana, de 42 años. Y piensa lo mismo Marcos, de 27: “tenemos una casa muy grande y los podemos acomodar, tenemos colchones en el piso y duermen como pueden y con recursos básicos, la casa está un poco colapsada, pero [estamos] bien porque podemos ayudar a estar personas que son las que necesitan”.
“Por más que desde acá podemos ver Beirut, podemos ver bombardeos, escuchar aviones que pasan, el humo que sale de la ciudad, así que eso es un poco intenso, acá es una zona tranquila y estamos bien”, concluye Marcos.
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