En Ruanda, los "hijos del genocidio" apuestan por la paz

Hoy se cumplen 20 años de una de las mayores matanzas de la segunda mitad del siglo XX
Jaime Velázquez
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6 de abril de 2014  

KIGALI.- Suzan inclina su cabeza sobre el puño, cerrado sobre la mesa. A punto de llorar, recuerda el día en que supo que estaba embarazada. Pero, tras unos segundos, levanta la cabeza y sus ojos están secos. Lleva toda su vida conteniendo las lágrimas para que nadie conozca la verdad; fue violada por los Interahamwe, las milicias hutu, y por las venas de su hija Mutesi corre la sangre de "los asesinos".

En Ruanda, casi un millón de personas murieron durante el genocidio de tutsis a manos de los hutus, que comenzó el 6 de abril y terminó 100 días después. En ese período, por lo menos 250.000 mujeres fueron agredidas sexualmente y se calcula que cerca de 20.000 niños nacieron fruto de esos abusos. Son los hijos del genocidio; mitad hutu, mitad tutsi. Y están marcados por el estigma y el miedo al rechazo.

El día que Christine, otra víctima de violación, le reveló finalmente a su hija Mushimiyimana que su padre no murió en el genocidio sino que era un miliciano desconocido, la joven de 19 años le preguntó "¿Entonces quién soy? Toda la vida he pensado que pertenecía a los supervivientes, pero ahora también pertenezco a los perpetradores".

Su búsqueda de identidad es la misma que la de todo el pueblo ruandés, necesitado de construir una unidad nacional al margen de unas diferencias étnicas demasiado arraigadas. "Yo soy sólo ruandesa. Sólo queremos vivir en paz. Lo importante es saber que nos necesitamos para avanzar, porque son las divisiones étnicas las que ha traído la desgracia a este país", afirma Mushimiyimana.

El enfrentamiento histórico entre la etnia mayoritaria hutu y la minoría tutsi acabó por desatar la que fue, tal vez, la mayor masacre de la segunda mitad del siglo XX, en la que murió más del 10% de la población de Ruanda.

Todo comenzó el 6 de abril de 1994 con el asesinato del presidente hutu del país, Juvénal Habyarimana, cuyo avión fue derribado sobre el aeropuerto de Kigali.

Los radicales hutus ocuparon el vacío para llamar a la aniquilación de los tutsis y la población respondió asaltando y destruyendo sus propiedades, cazando a los que se ocultaban en los bosques o en las casas de hutus moderados, asesinándolos en masa en las iglesias o escuelas donde se refugiaron.

Los rebeldes del Frente Patriótico Ruandés (FPR), de orientación tutsi, acusado por el gobierno de atentar contra el presidente, comenzaban a entrar por el norte del país desde Uganda. Después de décadas de masacres recíprocas, después los abusos y la discriminación a la minoría tutsi, la mayoría hutu tomó las armas atenazada por el miedo a la represalia: la consigna era exterminar antes de ser exterminado.

El FPR tomó el poder a mediados de 1994 y puso fin al genocidio ruandés; desde entonces, su líder, Paul Kagame, trabaja para construir una unidad nacional basada en el " don't ask, don't tell ". Los ruandeses son ahora, por mandato, simplemente ruandeses, pero los habitantes siguen identificándose a sí mismos como hutus o tutsis.

"Toda la gente está mezclada. Yo tengo amigos hutus, aunque no es fácil diferenciarlos", explica Jean Baptiste, hijo de una mujer tutsi violada durante el genocidio. Jamás ha revelado a nadie que es mitad hutu.

Pese a los esfuerzos de reconciliación, las tensiones étnicas no desaparecieron, y muchos opinan que el gobierno de Kagame prohíbe la identidad étnica para ocultar que los tutsis acaparan los negocios y los mejores puestos de la administración. La minoría históricamente dominante, que sólo perdió el poder tras la independencia de Bélgica, en 1962, sigue despertando los recelos de los hutus desfavorecidos.

"Sigue habiendo intimidaciones y, en las comunidades rurales, sigue apareciendo gente asesinada sin razón aparente", afirma un profesional universitario tutsi, que prefiere permanecer en el anonimato.

La paz y la estabilidad trajeron a Ruanda veinte años de asombroso progreso económico y social. Es el Estado de la región con menos corrupción, según el índice de Transparencia Internacional. Un millón de personas salieron de la pobreza en sólo cinco años, y la seguridad y limpieza de la capital Kigali sitúan al país en el tercer lugar entre los destinos más atractivos para hacer negocios del continente, de acuerdo con el Banco Mundial.

Pero el ritmo de crecimiento cercano al 8% anual cayó en 2013 al 4,6% debido al congelamiento de las ayudas de donantes internacionales, que aportan cerca del 40% al presupuesto nacional.

Organizaciones de defensa de derechos humanos denuncian el amordazamiento sistemático de la oposición, y sus rivales acusan a Kagame de estar detrás de los asesinatos de líderes ruandeses en el extranjero, como en la muerte del ex jefe de inteligencia Patrick Karegeya, el 1° de enero, en Johannesburgo.

La deriva autoritaria de Kagame hace temer que el jefe de Estado cambie la ley para acceder a otro mandato en los comicios de 2017. Será el momento de comprobar los auténticos avances en reconciliación. Será la hora de los hijos del genocidio, los nuevos ruandeses que acuden a las urnas por primera vez.

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