Entre la alegría y el temor, los húngaros empiezan a pensar en la compleja transición y el desmantelamiento del “sistema Orban”
Tras la victoria de Peter Magyar, el país oscila entre la euforia por el fin de 16 años de hegemonía y la incertidumbre por los desafíos que implica desmontar la estructura de poder construida por Viktor Orban
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BUDAPEST.– Los húngaros son un pueblo sorprendente. Menos de 24 horas después de haber provocado el terremoto político más importante en Europa desde el Brexit en 2020 —aunque en sentido contrario—, este lunes se despertaron, felices, pero como si nada hubiera sucedido.
“La alegría es inmensa. Pero todos somos conscientes de que ahora viene lo más difícil”, se justifica Lazlo Dudich, un librero del centro de Budapest, haciendo alusión a lo complicado que será para el futuro primer ministro, Peter Magyar, desmontar el llamado “sistema Orban”, que el derrotado jefe de gobierno construyó durante sus 16 años de poder.
En todo caso, Budapest este lunes parece hacer eco a esos temores. El cielo amaneció gris, con frío y espesas nubes bajas. Y la gente circula pausadamente por las calles como si fuera un día feriado. La única señal de la multitudinaria fiesta que vivió la capital el domingo por la noche, son los miles de carteles con los que el gobierno había empapelado la ciudad, mostrando a un “siniestro” Peter Magyar junto al denostado presidente ucraniano Volodimir Zelensky, acompañados de la siguiente inscripción: “Son peligrosos. Para detenerlos, vote Fidesz” (el partido de Viktor Orban). Pues, con persistencia y prolijidad, apenas conocido el triunfo de la oposición, los húngaros arrancaron cada una de esas inscripciones.

Confesando que la tarea duró hasta bien entrada la noche, Zoltan, dueño de una pequeña empresa de artículos de electricidad de 47 años, se divierte recordando el paciente trabajo de esas autodenominadas “brigadas de limpieza anti-Orban”.
“Hace 16 años que esperábamos esto, lo que está sucediendo es histórico. Arrancando los carteles, anoche volví a tener 18 años”, reconoce, mientras su esposa, Virna, agrega: “Finalmente, la mayoría de la población ha abierto los ojos sobre esta mafia prorrusa que nos gobernaba”.
Otros se muestran sorprendidos de lo rápido que Viktor Orban reconoció su derrota.
“La alegría es inmensa pero mezclada con ansiedad. Es una victoria y es el comienzo de algo, pero el futuro sigue siendo muy incierto, la población sigue muy dividida y no sabemos qué puede hacer el Fidesz durante los 30 días que le quedan en el poder”, confiesan Patrick y Szilard, dos jóvenes de unos 20 años que hicieron campaña por el partido de Peter Magyar.
Todos evocan con intensa emoción la noche mágica del domingo cuando, a las 22.30 precisas, el futuro primer ministro de Hungría subió al escenario instalado en Buda, del otro lado del Danubio, para que todos vieran a sus espaldas, en la otra orilla del rio, el fabuloso Parlamento húngaro, desde donde gobernará durante los próximos cuatro años con una “supermayoría” de dos tercios.
“Tisza y Hungría han ganado estas elecciones. Juntos hemos reemplazado el régimen de Orban, liberado a Hungría y recuperado nuestra patria. Hoy Hungría ha hecho historia”, proclamó el nuevo hombre fuerte del país.
Conservador proveniente de una derecha moderada y proeuropea, Peter Magyar desplazó rápidamente a las oposiciones tradicionales de izquierda y centro.
“Hoy no somos ni Fidesz ni Tisza, ni de derecha ni de izquierda, hoy somos húngaros”, repitió durante la campaña.
“¡No fue un sueño!"
Mesías para unos, caballo de Troya para otros, es a ojos de todos los anti-Orban que hay en Hungría la única verdadera alternativa.
“Transformó la apatía de los jóvenes en un movimiento nacional”, explicó a LA NACION en voz baja una jefa de mesa el domingo por la tarde durante la votación.
Para el Fidesz, por el contrario, sería “una marioneta” en manos de intereses extranjeros y, para sus 2 a 3 millones de partidarios, ese “cara de ángel es en realidad un demonio”. “El Hombre de dos caras”, según el título de un cómic vendido con gran despliegue de carteles en las calles.
“¿Peter Magyar? Un traidor. Traicionó a su partido, traicionó a su esposa y traicionará a su país”, dice Akos Madl, un administrativo de 50 años, que aún no consigue digerir la derrota.
Ahí reside la división social, en la edad. Los jóvenes votaron masivamente por Peter Magyar, mientras los mayores —sobre todo en el interior del país— siguen apegados al primer ministro saliente.
“Es incomprensible. Los jubilados ganan menos de 180 euros por mes, cuando en el resto de Europa el promedio se acerca a los 1000 euros. No tienen servicios sociales adecuados, ni médicos y el costo de la vida es, incluso, más caro que en el resto de Europa. Y todavía siguen votando a Orban”, analiza Dominik Nagy, un enfermero de 35 años que había jurado dejar el país si volvía a ganar el primer ministro saliente.
“Mi alegría es inmensa. Me quedaré aquí y haré todo lo posible para que mi país salga adelante”, confiesa.
El domingo, esa efervescencia ciudadana se tradujo en las urnas: 3,1 millones de votantes de los 8 millones de inscritos votaron por el “cambio de régimen”.
“Después de una noche eufórica, es una mañana aún más eufórica. ¡No fue un sueño! Es increíble que hayamos logrado derribar el sistema del Fidesz”, se entusiasma Lena Balogh, militante de Tisza desde el principio. Y añade: “¡Ahora, al trabajo!”.
El futuro primer ministro prometió hacer todo lo que esté en su poder “para garantizar una nueva era” en Hungría.
“Porque el pueblo húngaro no votó por un simple cambio de gobierno, sino por un cambio completo de régimen”, añadió durante una conferencia de prensa en Budapest. Peter Magyar llamó al presidente Tamas Sulyok, cercano a Orban, a convocar la nueva Asamblea surgida de las elecciones del domingo “lo antes posible”. El jefe de Estado dispone de 30 días para hacerlo.
Mientras tanto, el gobierno de Viktor Orban continúa gestionando los asuntos corrientes. Y eso representa un serio motivo de preocupación para quienes quisieran verlo parir cuanto antes.
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