Esos años en el colegio que la marcaron para siempre

Gail Scriven
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30 de abril de 2013  

Puede que ni piense en ello. Puede que la intimidante experiencia de estar ante la mirada de buena parte del mundo anule todo lo demás cuando ella y su marido, Guillermo Alejandro, se conviertan hoy en reyes de Holanda. Pero a Máxima Zorreguieta, en ese momento, posiblemente se le crucen por la cabeza algunos de los momentos más fuertes de su vida, de su infancia y adolescencia en la Argentina.

Es difícil que sus 12 años en el Northlands queden afuera. Como el recuerdo de algunas de sus mejores amigas, que hoy, 25 años después de haber terminado el secundario, siguen estando entre las personas que más cerca tiene y que más la han "cuidado". Eso dice mucho de un colegio.

Excelencia académica, disciplina, idiomas, valores, contactos sociales. Dicen que todas esas características del Northlands ayudaron a moldear a Máxima, a convertirla en una de las personas más populares de Holanda. Es posible. Pero acaso no sea lo que ella más tenga presente y valore de sus años en la Argentina.

Puede que recuerde lo que fue ponerse la kilt escocesa todas las mañanas antes de salir para Olivos en el ómnibus, y subirse las medias bien altas, hasta las rodillas, como exigían las maestras, con el ceño fruncido, cada vez que veían a alguna desaliñada. O lo que era caminar bajo la sombra de la imponente glicina, sobre una alfombra violeta, en el patio del secundario; cruzar el Shakespeare lawn , el parque del colegio, con su fuente de mármol. Allí donde la temida y a la vez tan querida y respetada directora, Mrs. Parczewski, "la Pache", montaba guardia con Twiggy, su perro salchicha, para "vigilar" a sus chicas. Y verificar que nadie estuviera cometiendo blasfemia, es decir, hablando en español a la mañana.

"¡Miss Zorreguieta, English please!", le deben haber dicho alguna vez ella o su sucesora, Mrs. Jehane Taylor. El sonido de los pasos de Twiggy circulando por los pasillos y huir desesperada era todo uno para cualquiera de las alumnas.

Puede que Máxima recuerde lo que era almorzar afuera, en ronda, con sus amigas, debajo de alguna de las palmeras, o cerca de la fuente del lawn . O formar las largas filas en el tuck shop , el quiosco, donde "Conde" despachaba a ritmo frenético sus tan solicitadas e inolvidables hamburguesas con pan figazza y papas fritas. Que recuerde los partidos de vóleibol o hockey en el field (campo de deportes) y en Tortuguitas. O posar en las blancas escaleras de la biblioteca, donde todos los años se sacaban las fotos de rigor. El viaje de egresadas, en este caso a su amada Bariloche, y el tan esperado Concert de fin de año.

Ése fue el Northlands en el que Máxima Zorreguieta pasó tantos años de su vida. El Northlands de mujeres solas, donde ver a un hombre caminando por los jardines era casi como descubrir a un extraterrestre. Un colegio que fue fundado el 1° de abril de 1920 por las británicas Winifred Brightman y Muriel Ivy Slater, en una pequeña casa en la calle Pelliza, entre Estrada y Salta.

En ese momento, al igual que durante los años de Máxima, era un colegio que se enorgullecía de tener profesoras importadas directamente de Gran Bretaña, las native speakers , con todo el rigor y la exigencia que ellas imponían.

Dicen que Máxima era una alumna promedio, que le gustaban en particular los deportes, pero que le iba bien en todo. Aun así, seguramente alguna vez habrá tenido que sufrir los odiados Saturday Detentions , ese castigo que significaba tener que levantarse temprano a la mañana un sábado para hacer los deberes en el colegio después de alguna fiesta o una larga noche bailando en New York City, tan de moda en ese momento.

Puede que recuerde lo que luchó Miss Elsa González, "la Gonchi", para lograr que pronunciara el inglés a la perfección, o el tiempo que tuvo que dedicar en sus últimos años a estudiar para sus exámenes internacionales, los O' Levels y A' Levels de Cambridge.

Dicen que el Northlands es un colegio que prepara a las chicas para alcanzar su "máximo potencial". Pero eso no es lo que más recordamos las que fuimos alumnas. Recordamos otra cosa: el lema del colegio, Friendship and Service (Amistad y Servicio), y tanto más.

Era, es, un colegio de excelencia académica. Sin duda, pero a Máxima le debe haber enseñado mucho más durante esos largos años: algunas de ellas son las cualidades por las que tanto la quieren y admiran hoy en Holanda.

Es verdad, en estos días el Northlands le debe mucho a Máxima. Pero Máxima también le debe mucho a esos años en el Northlands.

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