Esto es lo que se siente cuando una dictadura estrangula al país donde naciste
El autor nació en La Habana y salió de su patria a los once años como uno de los 14.000 menores de edad que fueron sacados sin acompañantes de Cuba, por el puente aéreo conocido como Operación Peter Pan
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WASHINGTON.– Imagínense viviendo en la Cuba de hoy, día tras día sin saber si vas a tener luz o no. Y el problema no es la tristeza que te agarra a la noche: lo peor de vivir en la era preindustrial es que sin electricidad no hay forma de evitar que los alimentos se pudran.
Así que se pierde un montón de tiempo rebuscándoselas para conseguir comida, siempre escasa, haciendo fila por un trocito de carne que cuando llega el turno, ya se acabó. Y si uno consigue alguna proteína, no hay gas o electricidad para cocinarla. O capaz que no hay agua, cuyo suministro también es impredecible e intermitente.
¿Pero cómo salir a buscar comida y otras necesidades si tampoco hay transporte? Pocos colectivos, pocos taxis. Si hasta los afortunados que tienen acceso a un auto a veces tienen que esperar semanas para conseguir unos litros de nafta?

Para peor, la inflación y las constantes devaluaciones de la moneda se van comiendo el poco poder de compra de los magros ingresos o jubilación.
Las montañas de basura en descomposición se apilan en las veredas –excepto en los enclaves reservados para los turistas y los oligarcas y apparatchiks del régimen comunista–, porque los camiones recolectores de basura desaparecieron hace un tiempo, incluidos los 100 camiones Hino y Kyokuto donados por Japón en 2019. Están rotos y son irreparables, salvo por unos pocos reservados para hacer desaparecer los residuos de los turistas y la élite.

Como era de esperar, las alimañas y los insectos se multiplican, incluyendo enjambres de mosquitos que propagan el dengue y chikunguña.
Y buena suerte también si lo que necesitan son medicamentos para estas epidemias o cualquier otra enfermedad... también faltan. Lo mismo que todos los insumos y equipos médicos. En Cuba, las ambulancias son tan raras como los copos de nieve. Y una última indignidad: no hay coches fúnebres para los entierros. Tampoco ataúdes.
Lo que nunca falta y sigue abundando es la represión. Si uno se atreve a quejarse de estas ridículas privaciones o reclama cambios para resolverlas, más le valdría callarse. Y si no quiere escuchar esta advertencia, terminará en la cárcel. Y ahí hay que tener cuidado, porque los guardias recompensan a los delincuentes comunes por abusar de los presos políticos.
La dictadura cubana, que lleva 67 años en el poder, está muriendo, o eso parece a juzgar por las noticias y los testimonios personales de los millones de cubanos que luchan por subsistir. El régimen cubano es víctima de sus propios y monumentales fracasos, que han estrangulado el desarrollo económico de la isla y empujaron al exilio a casi un tercio de su población.
Cuba se convirtió en un lugar infernal desde que en 1959 tomó el poder la junta militar que hoy sigue gobernando el país. Pero en los últimos años, debido básicamente a las inservibles políticas de su cúpula comunista, Cuba se convirtió en un Estado fallido, incapaz de alimentar a su propia gente, que solo sobrevive gracias al vital aporte de otras naciones y también, irónicamente, de los 3 millones de cubanos que desde su exilio envían miles de millones de dólares en remesas a sus familias.
Todo se cae a pedazos: la infraestructura, la agricultura, las centrales eléctricas, la asistencia social y de salud, la higiene urbana, el transporte, las escuelas, la industria turística y todo lo demás. Todo, con excepción de la maquinaria represiva.
Lo peor es que mientras desaparecen los productos y servicios esenciales, lo único que el inepto gobierno cubano mantiene funcionando a toda marcha es su afán por reprimir y castigar la disidencia. Esa represión diabólicamente efectiva la que frena la desintegración definitiva de la despiadada junta comunista que se autodenomina “la Revolución”.
Cabe preguntarse: ¿Cómo sigue esto? ¿La dictadura cubana llegará a algún tipo de acuerdo con el presidente Donald Trump? ¿Qué posibilidades hay de algún cambio positivo?
Lamentablemente, la máxima directriz de la dictadura comunista cubana sigue siendo la de siempre: Permanecer en el poder. Es lo único que les importa.

Así que el futuro inmediato de Cuba es impredecible, porque Trump presiona cada vez más fuerte a los líderes de Cuba y habla de estar negociando con ellos, pero al mismo tiempo mantiene en absoluto secreto los detalles de cualquier posible “acuerdo”.
Y la intervención en Venezuela tampoco sirve como referencia. En el caso venezolano Trump parece haber optado por una transición cauta y gradual, pero la situación en Cuba es mucho peor que en Venezuela, y no tiene petróleo para financiar el masivo esfuerzo de reconstrucción que la isla necesita con desesperación.
¿Qué pasaría si el pueblo cubano, especialmente los jóvenes, sale a la calle a exigir un cambio de régimen, como los iraníes el mes pasado? Sin duda una revuelta popular es posible, pero ¿cuál sería el resultado? ¿La dictadura los masacraría? ¿Una demostración de descontento masiva y sin precedentes podría provocar la huida de los dictadores de la isla?
¿Y si Cuba, en otras palabras, se viera de repente liberada de su larga pesadilla?
Los exiliados, junto con los valientes disidentes cubanos que viven en la isla, tenemos planes para Cuba. Muchos planes. Naturalmente, nuestros planes comparten objetivos comunes, pero son maravillosamente diversos, todo lo contrario de la rígida ideología que esclavizó a nuestra isla. Pero lograr consensos será complejo, nadie lo duda. Crear una democracia genuina lleva tiempo, mucho debate y negociación.
Pero primero la pesadilla tiene que terminar. Para que se disipe la oscuridad. Para que salga el sol.
Nada querríamos más, yo y la mayoría de los cubanos, que ver a Cuba reconstruida y transformada rápidamente en una nación libre, próspera y democrática, pero este momento histórico, el de ahora mismo, está lleno de incertidumbre, y demasiado cargado de un potencial de caos, violencia y decepción.
No es momento para el optimismo, no todavía. Al menos por ahora, mantengo mi optimismo bajo siete llaves. Pero me muero de ganas de soltarlo. Y cuanto antes, mejor.
Por Carlos Eire
(Carlos Eire, nacido en La Habana, es escritor y profesor de historia y estudios religiosos de la Universidad de Yale)
(Traducción de Jaime Arrambide)
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