Guerra Rusia-Ucrania. El conflicto de Vladimir Putin abre frentes de batalla en la sociedad rusa
El conflicto está profundizando la grieta ya existente en la sociedad, mientras las críticas abiertas siguen siendo por goteo en un país donde la disidencia no es tolerada
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MOSCÚ.- Mientras los rusos mostraban vergüenza y pena por la invasión del presidente Vladimir Putin a Ucrania, su más leal propagandista los fulminó por Twiter: “Si ahora los avergüenza ser rusos, no se preocupen, ¡no son rusos!”, disparó Margarita Simonyan, jefa de la emisora estatal RT.
La invasión que encolumnó a la OTAN y a Europa detrás de inéditas sanciones, por el contrario, divide a los rusos. De un lado están las clases medias urbanas con aspiraciones cosmopolitas, que se van de vacaciones a Europa, mandan a sus hijos a universidades del extranjero y usan aplicaciones occidentales en sus iPhones. Del otro lado está los seguidores de Putin, los muchos rusos con menor nivel de educación, y las personas mayores, que se criaron a base de propaganda soviética.
Alexei Safonov tiene 47 años y es ingeniero en jefe de una pista de patinaje sobre hielo en la localidad de Kamenka, cerca de la frontera con Ucrania. La semana pasada, cuando se enteró del avance ruso, se quedó horrorizado, pero fue peor llegar al trabajo y ver a sus compañeros celebrando.
“Decían que ya era hora de demostrarle a esos nazis lo que podemos hacerles, que ya era hora de lanzar esa operación militar”, dice Safonov, en referencia a la supuesta intención de Putin de “desnazificar” a Ucrania y su gobierno. “Me deprimió mucho escucharlos. La gente que me rodea está encantada. Cuando los escucho, me cuesta ser optimista.”
Muy angustiado, esa noche publicó en las redes sociales lamentando “el horror y la vergüenza de una guerra que será catastrófica”. En un principio recibió 19 comentarios, en su mayoría para atacarlo. Un amigo que es policía local le aconsejó que lo borrara, pero Safonov se negó.
Al día siguiente, el director general del complejo deportivo donde trabaja entró a gritarle y a insultarlo. “Me dijo que si no lo borraba, ya no iban a necesitar a gente como yo en ese lugar. Me quería obligar a firmar una carta de renuncia, pero yo junté mis cosas y me fui”, relata.
Más tarde, tres policías con rifles automáticos se presentaron en su casa, lo arrestaron y lo acusaron de faltarle el respeto a la sociedad y a la Federación Rusa. El viernes estará frente al juez y teme que las autoridades le sumen acusaciones más graves.
Muchos rusos recién se están dando cuenta del impacto sísmico de esta guerra que está profundizando la grieta ya existente en la sociedad. Los conductores de la televisión estatal le dicen a los televidentes que las sanciones demuestran que Occidente odia a los rusos.
El espacio aéreo europeo se cerró para Rusia, y la marca de Rusia ahora también es tóxica en el atletismo, el ajedrez, el hockey sobre hielo, el fútbol, las carreras de autos, las galerías de arte y los museos, Harley Davidson, Estudios Disney, la película Batman, el Festival de la Canción de Eurovisión, las marcas de autos de lujo, la naviera Maersk, el Comité Olímpico Internacional, las mayores empresas petroleras, el fondo soberano de Noruega, y la lista de repudios no para de crecer.
El efecto cascada fue inmediato. Google bloqueó los canales de YouTube vinculados a los medios estatales rusos Sputnik y RT. Hasta los líderes de ultraderecha de Europa Central y Oriental se retobaron. El rublo se hundió y el Banco Central ruso suspendió las operaciones dos días, hasta que Putin prohibió que los rusos hicieran depósitos en moneda extranjera o enviaran su dinero afuera.
El martes, cuando el ministro de Relaciones Exteriores ruso, Sergei Lavrov, tomó la palabra en la Conferencia de Desarme en Ginebra, casi todos los delegados se levantaron y abandonaron el recinto. Y este fin de semana, cuando volvía a casa de un viaje oficial, el avión del dirigente ruso Vyacheslav Volodin fue desviado de los espacios aéreos de Suecia y Noruega.
Para ser justos, fuera de los círculos liberales, las críticas abiertas siguen siendo por goteo, en un país donde la disidencia no es tolerada. Pero entre esas pocas voces críticas hay algunos poderosos oligarcas, aunque tienen poca o nula influencia sobre Putin.
El multimillonario empresario industrial Oleg Deripaska pidió la paz “lo antes posible”, a través de la aplicación de mensajería Telegram. El magnate ucraniano Mikhail Fridman le escribió una carta al personal de sus empresas en LetterOne, donde afirma que la solución nunca es la guerra.
El día de la invasión, el presentador de la televisión estatal Ivan Urgant publicó en su cuenta de Instagram un cuadrado negro con las palabras “Miedo y dolor. No a la guerra”. Al día siguiente, su programa no salió al aire y no está claro si volverá a emitirse.
Hasta la hija del vocero del Kremlin, Dimitri Peskov, publicó una pancarta negra en las redes sociales con las palabras “No a la guerra”, aunque la eliminó rápidamente.
Anissa Naouai, directora ejecutiva de Maffick, una empresa vinculada a RT y una acérrima defensora de Putin durante años, anunció el martes que había cortado “todos los lazos con RT”, y publicó en Twitter una pancarta negra con las palabras “Rusia sin Putin”.
Las personas apolíticas también sintieron la necesidad de dejar en claro que se oponen a la guerra. Peter Svidler, gran maestro ruso de ajedrez, que solo suele publicar sobre su disciplina y sobre perros, la semana pasada escribió que era imposible quedarse callado. “No a la guerra”, posteó.
Y el martes, en una transmisión de Chess 24, Svidler dijo: “Algunas cosas hay que decirlas al aire: No estoy de acuerdo con la guerra que mi país está librando en Ucrania, y no creo que Ucrania ni el pueblo ucraniano sean mis enemigos o los enemigos de nadie”.
Casi 6500 manifestantes de docenas de ciudades han sido arrestados desde que comenzó la invasión, según el grupo de derechos humanos OVD-Info. Psiquiatras, médicos, arquitectos, periodistas, actores, historiadores, programadores informáticos, directores, sacerdotes ortodoxos y muchos otros firmaron cartas abiertas para oponerse a la guerra.
Si Putin no cambia de rumbo, Rusia “pasará a ser un Estado agresor y canalla, un país que cargará con la responsabilidad de sus crímenes por generaciones”, dijo Ivan Zhdanov, director de la Fundación Anticorrupción, encabezada por el disidente encarcelado Alexei Navalni. Zhdanov posteó un video convocando a una campaña nacional contra la desinformación.
Pero cuanta más presión ejercen las sanciones sobre la economía de Rusia, más redoblan y endurecen su discurso los funcionarios. “Me pregunto si la desnazificación de Alemania después de la Segunda Guerra Mundial realmente ha sido completa”, se preguntó por Twitter la vocera del Ministerio de Relaciones Exteriores, Maria Zakharova, al referirse a la decisión de Alemania de enviar armas a Ucrania.
El legislador Andrei Klimov pidió cargos de “traición a la patria” para quienes “cooperaron con focos antirrusos en el extranjero, ya que provocan un daño evidente a nuestra seguridad nacional”. Los rusos de mayor edad, que se informan por la televisión estatal, temen a Occidente y admiran a Putin por la estabilidad que trajo después de la caótica década postsoviética de 1990. Pero esa previsibilidad ya no existe.
Safonov, el ingeniero de pistas de hielo, dice que los más perjudicados serán los rusos comunes de bajos ingresos, pero que las élites estarán bien, como de costumbre. “Tal vez ahora estén un poco consternados, pero no mucho, estoy seguro.” “Para Rusia, esto es como volver a las cavernas”, señaló. “Creo que para Rusia esto es como el fin.”
Robyn Dixon
The Washington Post
Traducción de Jaime Arrambide
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