Guerra Rusia-Ucrania. El cristal con que se mira: así ven y no ven los rusos la invasión
Vladimir Putin sigue empeñado en su guerra interna, la que libra por el control total de la opinión pública en su país
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WASHINGTON.- En el interior de ese universo informativo paralelo en el que hoy viven muchos rusos, el Kremlin estaría librando “una acción militar especial” en Ucrania en nombre de personas como Semyon Vasilievich.
En medio de la represión contra la libertad de expresión que ha recrudecido en Rusia tras la invasión a Ucrania, las noticias que sí fluyen libremente son las que provienen de los medios afines al Kremlin, incluido el diario Komsomolskaya Pravda, que durante el fin de semana les contó a sus compatriotas la historia de Vasilievich. Según cuenta el tabloide ruso, Vasilievich es un anciano discapacitado que vive una aldea del este de Ucrania, que al ver acercarse a las tropas rusas “se incorporó apoyándose en sus muletas y derramó lágrimas de alegría”.
También según el diario, Vasilievich había sufrido dos ACV, pero eso no fue suficiente para frenar los puños de las “bestias nacionalistas ucranianas”, que no solo le pegaron él, sino a su madre, más anciana todavía. Vasilievich relata entonces un secreto a los lectores rusos: que en 2014, las ciudades de Ucrania oriental llevaron a cabo una votación secreta y optaron por abrumadora mayoría independizarse de Kiev.
El cuento sigue. Las más de 2000 boletas de esa votación, relata el tabloide, estarían desde entonces enterradas en el jardín de Vasilievich, “dentro de viejas ollas enlozadas de la época soviética”. Eso hasta la semana pasada, cuando Vasilievich decidió agarrar la pala “con el brazo que le responde” y desenterró con mucho orgullo esas papeleras para mostrárselas al pueblo ruso a través de los medios.
“Desde que llegaron los libertadores rusos respiro aliviado”, habría dicho el hombre, siempre según el Komsomolskaya Pravda.
Aunque sus cohetes llueven sobre Ucrania, el presidente ruso, Vladimir Putin, sigue empeñado en su guerra interna: la que libra por el control total de la opinión pública.
Leer o escuchar la manipuladora cobertura nacional sobre el ataque a Ucrania es ingresar en una dimensión propagandística de héroes rusos y villanos nacionalistas ucranianos. Ese elenco de personajes parece tener un propósito: fabricar para los rusos un relato único sobre la guerra, basado en la narrativa preferida, aunque falsa, de Putin.
Y hay algunas señales de que la estrategia está funcionando. Las encuestas respaldadas por el Kremlin que muestran una alta aprobación de la opinión pública rusa a la guerra en Ucrania pueden no ser confiables, por no decir que son totalmente fraguadas. Pero curiosamente hay muchos ucranianos con familia en Rusia que cuentan que sus parientes expresan una profunda incredulidad sobre la verdad de lo que ocurre en el terreno, y hasta aseguran que en Kiev no hay bombardeos, o que las fuerzas rusas “están ayudando a la gente”.
De todos modos, una encuesta telefónica realizada la semana pasada por un grupo de consultores de opinión independientes reveló un respaldo inusualmente bajo para la guerra de Putin: entre los 1640 encuestados, un 58% manifestó un apoyo fuerte o moderado, mientas que un 23% dijo oponerse a la guerra. El resto se mostró evasivo o no contestó. El apoyo a la invasión fue especialmente bajo entre los más jóvenes.
Eso está muy lejos del respaldo público del 91% que lo acompañó en su anexión de Crimea, y es una señal de que el Kremlin podría tener problemas si la guerra se prolonga y las sanciones empiezan a llegar al hueso.
De todos modos, los números distan mucho de mostrar un rechazo rotundo, al menos por ahora…
Medios oficiales
Como apuntaba la revista New Yorker, la gran mayoría de los rusos se informan a través de los medios oficiales, especialmente la televisión, que minimiza sistemáticamente la violencia y las bajas del conflicto. Al mismo tiempo, la televisión rusa ofrece una dieta orwelliana de los esfuerzos de Moscú para “restaurar la paz” en un “país hermano”, y se ocupa de alimentar la manía persecutoria de los rusos frente a Occidente. Con una población relativamente envejecida y pobre, en Rusia hay poco interés y acceso a las noticias que llegan por Internet. Y debido al recrudecimiento de la censura estatal y el bloqueo de sitios extranjeros, es poco probable que en los sitios permitidos los rusos encuentren un relato muy diferente al oficial.
En Rusia, la verdad es cada vez más difícil de encontrar a medida que se endurecen las sanciones por revelarla. En viernes pasado Putin promulgó una ley draconiana contra las “noticias falsas”, que criminaliza a todo aquel que contradiga la línea oficial del Kremlin sobre una guerra que según Putin ni siquiera es una guerra: a partir de ahora, quien así la califique será pasible de una sentencia a 15 años de cárcel.

El endurecimiento de esas restricciones están obligando a los pocos medios de comunicación independientes que quedan en Rusia a cerrar o suspender sus actividades, y el Kremlin hasta tomó medidas para restringir el acceso a sitios web y redes sociales con sede en el extranjero, incluida la red social Facebook.
Los padres han recibido avisos de las escuelas de sus hijos advirtiéndoles que vigilen a sus hijos en internet, especialmente en las redes sociales donde pueden verse tentados a manifestar opiniones contra el gobierno. Los alumnos de entre 11 y 16 años de las escuelas de toda Rusia reciben clases especiales que refuerzan la línea oficial del gobierno sobre la “operación especial” de Ucrania.
Según los analistas internacionales, eso ocurre porque grandes segmentos del pueblo ruso se han convertido en participantes conscientes y activos de su propio adoctrinamiento, eligiendo informarse a través de los medios estatales, a pesar de que en los últimos años tuvieron acceso al periodismo independiente y crítico.
¿Por qué? Anton Shirikov, un investigador de desinformación de la Universidad de Wisconsin en Madison, explica que en parte se debe a que los propagandistas rusos son simplemente muy buenos en su trabajo: entienden a su audiencia y saben cómo hacer que sus historias sean atractivas incluyendo detalles “dramáticos y entretenidos”. Al igual que los seguidores de Donald Trump en Estados Unidos, los simpatizantes de Putin son particularmente permeables, siempre ávidos de consumir cualquier información, o información errónea, que reconfirme su visión del mundo.
La derecha estadounidense también les ha prestado un servicio invaluable a los propagandistas rusos. La televisión estatal rusa bombardea a repetición y con subtítulos los clips del presentador de Fox News, Tucker Carlson, donde dice que Ucrania “no es una democracia” y la califica de “Estado cliente del gobierno Biden”.
“En las grandes ciudades como Moscú y San Petersburgo hay muchos estudiantes, intelectuales y gente conectada con el mundo exterior. Pero incluso ahí mucha gente acepta el relato del gobierno. Hasta hay muchos jóvenes que dicen: ‘No me gusta la guerra, pero no tenemos más remedio”, dice Lukas Andriukaitis, experto en desinformación y propaganda rusas del Laboratorio de Investigación Digital Forense del Consejo Atlántico.
“Y esos son los lugares más liberales en Rusia”, agrega Andriukaitis. “En las ciudades chicas, donde el uso de Internet es menos generalizado y hace años que la gente no escucha otra cosa que la propaganda del Kremlin, la situación es mucho peor”.
Ya han estallado protestas contra la guerra en las principales ciudades rusas, pero no han alcanzado masa crítica. Si las bajas rusas aumentan y las sanciones alteran aún más la economía rusa, eso puede cambiar. Pero si lo ocurrido en lugares como Venezuela, que también sufrió duras sanciones de Estados Unidos, sirve de guía, la respuesta será más represión oficial y una población aún más empobrecida, que después de un período fugaz de desobediencia civil sigue estando básicamente sometida.
Además, la guerra podría terminar fortaleciendo el control que ejerce Putin sobre la información. Rusia cuenta con tecnología de censura de Internet cada vez más avanzada, y las medidas del Kremlin para bloquear sitios internacionales, junto con la salida del país de algunas empresas tecnológicas extranjeras, podrían terminar de desconectar a la población rusa de la red global de información.
Anthony Faiola
The Washington Post
Traducción de Jaime Arrambide
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