John Culver: “Los chinos siguen a nuestros portaaviones cada hora de cada día”
El exfuncionario de inteligencia alerta que el EPL produce armamento a una escala muy superior a la estadounidense y cree que una crisis en el Pacífico pondría en jaque a Japón, Corea del Sur y el comercio mundial
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John Culver es una de las máximas autoridades mundiales en el ejército chino, un tema que comenzó a estudiar como analista de la CIA en 1985. Entre 2015 y 2018 se desempeñó como oficial nacional de inteligencia para Asia Oriental. Desde que se retiró de la CIA en 2020, es investigador senior no residente en la Brookings Institution. Antes de la cumbre entre el presidente Donald Trump y el presidente chino Xi Jinping, hablé con Culver sobre las capacidades militares de China y sobre qué lecciones está extrayendo el Ejército Popular de Liberación (EPL) del conflicto entre Estados Unidos e Irán. La conversación fue editada y condensada.
—¿Podría resumir brevemente cómo cambió el ejército chino desde los años 80?
—Es difícil no caer en la hipérbole cuando uno habla de la transformación desde la fuerza que yo vi por primera vez, equipada en gran medida con armamento de la Guerra de Corea y parte de la Guerra de Vietnam. Hoy cuesta señalar un área —salvo submarinos y guerra submarina— en la que Estados Unidos siga teniendo ventaja. No creo que tengamos ventaja en misiles, espacio, ciberdefensa, reconocimiento, etcétera. Creo que ellos nos superan en algunas categorías, como misiles aire-aire, misiles tierra-aire, capacidades antisatélite y guerra electrónica.
Lo que realmente debería llamar la atención es la cantidad de municiones avanzadas que están produciendo: magnitudes muy superiores a lo que podría fabricar nuestra base industrial. China tiene un astillero que construye más que todos nuestros astilleros juntos. Cada año despliegan suficientes barcos como para replicar toda la marina francesa. Si son ciertos los informes que indican que gastamos una enorme parte de nuestra capacidad de ataque de largo alcance y de defensa antimisiles de teatro en la guerra contra Irán, entonces no tenemos ni cerca el inventario que necesitaríamos para una guerra contra China.
—La respuesta habitual del ejército estadounidense es: “Bueno, ellos tienen cantidad, pero nosotros tenemos calidad”. ¿Eso sigue siendo cierto?
—Es cierto que los chinos no libran una guerra desde 1979, pero también es cierto que Estados Unidos no combate contra un rival equivalente desde 1945. Si China quisiera entrar en una guerra contrainsurgente, tendríamos una ventaja clara porque esa ha sido nuestra experiencia principal en los últimos 20 años. Pero en una guerra naval o aérea, no le daría mucha ventaja a ninguno de los dos bandos.
Creo que Estados Unidos se enfoca en una invasión china de Taiwán porque ese es el escenario que más confianza nos da para derrotarlos. Ahí se trata de hundir barcos, y somos bastante buenos en eso. Más preocupante sería una campaña punitiva china que no exponga directamente a sus fuerzas a ataques estadounidenses, a menos que estemos dispuestos a bombardear la China continental.
—¿Qué quiere decir con una campaña punitiva?
—Es el tipo de campaña que China ha realizado la mayoría de las veces que el EPL fue a la guerra. Si uno mira la frontera con la India en 1962, la guerra con Vietnam en 1979 o varias campañas de presión sobre Taiwán, el objetivo no es conquistar territorio, sino infligir un golpe devastador al adversario.
En un escenario sobre Taiwán, podrían tomar rápidamente las islas controladas por Taiwán frente a la costa china. También podrían lanzar ataques masivos sobre la isla, destruir gran parte de su capacidad militar e industrial e intentar matar al liderazgo político y militar taiwanés. La amenaza para Taiwán —e indirectamente para Estados Unidos— es que, si empieza una guerra, Taiwán dejará de existir como productor de semiconductores.
—Esa es una amenaza devastadora, considerando que Taiwán produce más del 90% de los semiconductores más avanzados.
—Exacto. Además, en cualquier escenario de conflicto, gran parte de Asia quedaría paralizada. No se trata solo del impacto económico directo por el fin de la producción taiwanesa de chips. La capacidad de los barcos mercantes y los aviones para transitar por el Pacífico occidental pasaría a estar en riesgo. Sería como multiplicar varias veces el problema del estrecho de Ormuz y extenderlo al Mar de China Meridional, el estrecho de Malaca y todo el noreste asiático, incluidos todos los puertos de Japón y Corea del Sur.
—El secretario de Defensa Pete Hegseth se jacta de todos los objetivos que Estados Unidos está atacando en Irán. ¿Eso preocupa a los chinos?
—China invirtió muchísimo en defensa aérea. Probablemente, el espacio aéreo mejor defendido del mundo después de Moscú sea la franja costera china entre la isla de Hainan y Pekín.
Creo que lo que realmente les da confianza es que esta no es una forma nueva de guerra. Uno puede remontarse a la Guerra del Golfo en 1991 o a la invasión de Irak en 2003, y Estados Unidos sigue aplicando la misma doctrina: desplegar aviones en la región.
Irán no tiene sistemas de ataque de largo alcance demasiado sofisticados, pero aun así, según The Washington Post, logró impactar al menos 228 objetivos estadounidenses en Medio Oriente. Si Estados Unidos cree que podrá acumular fuerzas aéreas antes de una campaña contra China, estaremos poniendo todos los huevos en canastas bastante frágiles.
Si desplegamos aviones avanzados en Japón, Australia o quizá Corea del Sur, China puede atacar todos esos lugares de una forma que Irán realmente no puede.
—¿Y qué pasa con los portaaviones estadounidenses?
—El problema es que, para que los portaaviones sean relevantes en combate, necesitaríamos al menos controlar el espacio aéreo dentro de un radio de unos 1600 kilómetros de la zona de guerra. En realidad no hay espacios seguros. Los chinos siguen a nuestros portaaviones cada hora de cada día.
Creo que parte del pensamiento en el Pentágono —y quizás haya evolucionado desde que me retiré— es que, cuando creemos que habrá una guerra, necesitamos sacar nuestros activos navales de alto valor del teatro de operaciones y luego volver a entrar combatiendo. ¿Desde dónde? No está claro. Guam tampoco es una fortaleza.
—Entonces, ¿por qué seguimos invirtiendo miles de millones de dólares en más portaaviones o incluso en los nuevos acorazados clase Trump?
—Creo que las fuerzas armadas sienten nostalgia por las cosas que encajan con su idea tradicional de cómo se asciende en la carrera militar. No sé si ya existe una trayectoria profesional para un operador de drones que pueda llevarlo a convertirse en almirante.
—¿El presupuesto de defensa de 1,5 billones de dólares de Trump cambia la tendencia?
—Probablemente ayudaría en cierta medida, pero me preocupa que estemos tirando buen dinero detrás de un mal problema. Lo que necesitamos es endurecer nuestras fuerzas desplegadas para que puedan resistir un primer ataque chino y luego producir más municiones de las que creemos razonables. La velocidad con la que se consumen estos sistemas extremadamente caros es asombrosa. El bando que se quede sin municiones primero va a perder.
—¿Qué opina del plan del Pentágono de convertir el estrecho de Taiwán en un “infierno” con drones y misiles para destruir una flota invasora china?
—Suena impactante. Probablemente fue diseñado para intimidar a los chinos y hacerlos pensar dos veces. Y eso siempre es bueno. El problema es: ¿qué drones? ¿Lanzados desde dónde? Habría que desplegarlos previamente, si no en Taiwán mismo, entonces en Luzón o en las islas del sudoeste japonés, todos lugares que China puede atacar. Esa es la tiranía del tiempo y la distancia cuando uno analiza una guerra en el Pacífico.
—¿Cómo cree que China observa el doble bloqueo del estrecho de Ormuz, por parte de Estados Unidos e Irán, y qué significa eso para un eventual bloqueo de Taiwán?
—El estrecho de Taiwán tiene 160 kilómetros de ancho. El de Ormuz apenas 34. Hay diferencias importantes. Pero creo que una lección que China podría sacar es que, debido a los avances en capacidades antibuque y a la tendencia humana a evitar riesgos, hay un enorme poder en ser quien intenta impedir la navegación, más que en quien intenta garantizarla.
Gran parte del efecto de un bloqueo está en el impacto sobre los seguros marítimos y en la voluntad de las compañías navieras de entrar en una zona de guerra. China puede generar muchísimo caos y cortar casi todo el tráfico marítimo hacia Taiwán simplemente declarando un bloqueo.
Tiene múltiples maneras de hacerlo cumplir. También podría atacar todas las instalaciones portuarias taiwanesas. Entonces uno podría enviar enormes barcos de abastecimiento, pero no habría manera de descargar nada.
—¿Qué debería hacer Estados Unidos en un escenario así?
—Creo que la principal lección es tratar de evitar ese escenario. Me pregunto cuándo los estadounidenses empezarán a decir: quizás Taiwán sea una guerra en la que no queremos involucrarnos, porque, en el mejor de los casos, podría terminar en una victoria pírrica.
Tal vez se evite una escalada nuclear, pero quizás no. Entonces, a menos que se pueda explicar al pueblo estadounidense por qué vale la pena, algo que ni siquiera intentamos hacer con Irán, no sé si es algo que uno quiera hacer.
Creo que la crisis de Taiwán es algo que Xi Jinping también quiere evitar, no una oportunidad que quiera aprovechar. Y cuando uno ve lo que hizo con su ejército en los últimos dos años, descabezando a los altos mandos, no parece alguien con demasiada prisa.

—¿Cómo explica las purgas en el EPL?
—El EPL se había vuelto sistémicamente corrupto. Creo que Xi concluyó el año pasado que no podía confiar en que el ejército se reformara solo. Por eso está cortando tan profundamente.
Hay un gran estudio del Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales publicado en febrero que afirma que destituyó al menos al 53% de sus generales de tres y cuatro estrellas. Es increíble. Mao nunca hizo algo parecido.
Lo que está haciendo no tiene que ver con Taiwán, sino con una posible Tiananmen 2.0. Si las cosas se descontrolaran, el ejército podría tener que salvar nuevamente al Partido, como ocurrió en 1989. Y si uno no sabe con certeza si lo harían otra vez, esa ya es la respuesta equivocada para el Partido Comunista Chino. El ejército tiene que ser absolutamente leal y confiable.
—Al ver la impopularidad de la guerra de Estados Unidos con Irán, ¿los líderes chinos creen que los estadounidenses no tienen estómago para una pelea?
—Tienen una visión muy oscura de Estados Unidos como una potencia hegemónica en declive, cada vez más violenta en su intento por aferrarse a su primacía. Nos ven como un país muy agresivo militarmente, que además abandonó gran parte de su poder blando al desmantelar programas como Usaid y Voice of America. Aunque creen que la opinión pública estadounidense tiene poca tolerancia a guerras largas, a partir de lo que vieron desde Vietnam, siguen considerándonos muy propensos a involucrarnos en conflictos militares. Por eso concluyo que una guerra por Taiwán no es algo que Xi Jinping esté buscando.
—¿Cree que China le teme más o menos militarmente a Estados Unidos después de la guerra con Irán?
—No creo que haya cambiado demasiado. Lo que han visto hasta ahora refuerza algunas de las lecciones que ya habían aprendido sobre la necesidad de contar con enormes reservas de armas sofisticadas. La operación que quizás más los impresionó no fue lo ocurrido en Irán, sino lo que hicimos en Venezuela, donde realizamos una incursión de fuerzas especiales para capturar a un jefe de Estado extranjero.
Cuando escucharon que Estados Unidos hackeó el sistema de cámaras de Caracas, quizás se preguntaron sobre su propio sistema de cámaras en Pekín. Creo que los israelíes dijeron algo similar después de sus ataques contra la dirigencia iraní: que habían hackeado cámaras en Teherán para rastrear objetivos de alto perfil. Uno puede sentirse seguro porque hay cámaras por todas partes en Pekín, pero ¿qué pasa si el adversario también tiene acceso a esa misma señal?
—Parece que Trump está motivado para terminar la guerra con Irán antes de la cumbre con Xi.
—No sé si los chinos siquiera sacarían el tema. No adoptaron una posición demasiado firme más allá de decir que “la guerra es mala”. Incluso obtuvieron algunos beneficios de la disrupción energética. Les dio impulso a las ventas de tecnología verde. Tienen la mayor reserva estratégica de petróleo del mundo y la estuvieron llenando mientras todos los demás vaciaban las suyas. Así que no percibo que estén bajo una presión extrema. Sus mayores problemas son internos y estructurales. No la guerra con Irán.
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