La aspiración brasileña, más allá de Teherán
Por Rodrigo Mallea Especial para lanacion.com
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Más allá de los vaivenes entre Estados Unidos y Brasil, es importante señalar que la relación entre ambos países trasciende al impase en el que se hallan en la actualidad en torno al programa nuclear iraní. Cabe también señalar que el acercamiento brasileño con Teherán es más relativo de lo que se supone, siendo mejor explicado dentro de las distintas formas que la política exterior brasileña emplea para posicionarse como un actor global.
Aún siendo la relación entre EE.UU. y Brasil signada por divergencias políticas en un plano regional e internacional, en una fiel tradición de su diplomacia, el gobierno brasileño realizó un fuerte gesto político hacia el gobierno de Barack Obama a semanas del viaje de Lula a Teherán, materializado en un importante acuerdo militar que comprende varias formas de cooperación entre ambos países en este rubro.
Asimismo, a pesar de las reiteradas disputas en la Organización Mundial de Comercio y el avance chino en las exportaciones brasileñas, EE.UU. continúa siendo el principal socio comercial de Brasil. Bajo esta óptica puede aseverarse que aún permitiéndose ciertas discrepancias, la relación entre ambos países es más estrecha de lo que comúnmente se cree.
En lo que se refiere a la relación brasileña con Irán, no son pocas las motivaciones que encuentra Brasil para involucrarse en una cuestión nuclear. Entre ellas, subyace su conocido reclamo de ocupar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad (actualmente es miembro transitorio), siendo su intervención actual el indicio más claro de ello tras la adquisición de submarinos nucleares franceses realizada el año pasado. No en vano el asesor de asuntos internacionales de la presidencia brasileña, Marco Aurélio García, recientemente declaró que "al equipo P5+1 [los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad y Alemania] le faltan dos atacantes", en una clara alusión a Turquía y Brasil.
La apuesta brasileña con Irán es sin lugar a dudas una de las más osadas de la política exterior del actual gobierno, pero no es la única en éste sentido: el año pasado Brasil abrió una Embajada en Corea del Norte en un contexto de fuerte conflictividad entre las dos Coreas, y a principios del presente año Lula realizó un viaje a Medio Oriente para ofrecer la mediación brasileña en el conflicto árabe-israelí; un asunto tan ajeno como lejano para Brasil.
No debe olvidarse que dichos movimientos de su política exterior ocurren en un contexto en el que Brasil busca que su situación geopolítica -la quinta superficie y población mundial, así como el décimo PBI del planeta- ocupe un destacado lugar en el mundo, siendo que la diplomacia brasileña considera obsoleto el orden político internacional producido tras la Segunda Guerra Mundial.
Es por ello que no debe confundirse la relación pragmática de Brasil con Irán como una alianza especial o ideológica. Basta con leer las recientes declaraciones del máximo candidato de la oposición para la presidencia brasileña, José Serra, respecto al gobierno de Ahmadinejad. Contando con las mismas probabilidades de suceder a Lula que la candidata del oficialismo según los últimos sondeos, el ex gobernador de San Pablo no sólo expresó públicamente que "la solución negociada por Brasil [con Irán] debe verse con desconfianza", sino que también calificó al régimen de Teherán como "una dictadura".
Todo indica que la política exterior brasileña es susceptible de experimentar cambios respecto a su modo de posicionamiento global, pero continuará firme en su afán de expandir su proyección internacional y reclamar el lugar en el tablero global que cree que le pertenece, independientemente del resultado que obtenga con la mediación de Irán, permitiéndose, incluso, un distanciamiento circunstancial de potencias globales mientras procura la fórmula más adecuada para insertarse en el mundo.
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