La Habana y Washington mantienen unas negociaciones opacas en medio de la mayor crisis de Cuba en décadas
El Gobierno de Díaz-Canel busca salidas para sobrevivir tras las amenazas de Trump de hacerse con el poder en la isla
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LA HABANA.– Arroz, frijoles, medicamentos, leche en polvo, material de higiene. De todo eso, y de denuncia contra Donald Trump por el cerco energético que mantiene sobre Cuba desde finales de enero, van cargados los barcos que estos días se dirigen a la isla, fletados por una parte de la izquierda latinoamericana y europea.

El carácter de primera necesidad que tienen las toneladas de ayuda enviada da la medida de la magnitud del colapso en el que malviven los cubanos, acelerado desde hace dos meses hasta casi paralizar el país.
En ese cerco, el tiempo es clave; cada día sin combustible aumenta la presión sobre una ciudadanía más que harta con protestas pese a la represión, pero también sobre el régimen cubano que, acorralado, afronta una amenaza existencial. Sin embargo, ahí sigue, tratando de ganar algo que no va a traer ningún barco: tiempo y soluciones.
Esta semana, Trump pronunció una frase brutal sobre cómo ve él la situación en Cuba: “Creo que tendré el honor de tomar Cuba. Tomarla o liberarla. Creo que puedo hacer lo que quiera con ella”.
Todo esto, dicho por quien lanzó una operación militar que logró capturar a Nicolás Maduro en su dormitorio de Caracas para llevarlo preso ante un tribunal de Nueva York, resulta verosímil. Se sabe, porque lo ha confirmado hace una semana el Gobierno cubano, que hay unas conversaciones en marcha entre Washington y La Habana, pero no en qué términos.
Tampoco está claro si lo que pretende Estados Unidos en Cuba es que el régimen ejecute una reforma económica amplia y ajustada a sus intereses sin apenas contrapartidas políticas, al estilo de lo que ha hecho en Venezuela, o si se trata más bien de acabar con el castrismo y tutelar una eventual transición democrática, o de convertir Cuba en una especie de protectorado. Todo eso puede significar “tomar Cuba”. De hecho, la expresión no excluye el uso de la fuerza.

Más allá de las hipótesis que Trump va diseminando para tener todas las opciones sobre la mesa, la realidad del cerco petrolero, con la amenaza de aranceles a quien suministre petróleo a la isla, coloca una presión avasalladora sobre un régimen que los analistas consultados ven muy debilitado y con escasas posibilidades de continuar al frente del país, al menos en su configuración actual.
El hecho de que Trump esté enfocado ahora en gestionar la desastrosa guerra contra Irán que inició sin plan de salida ni apoyo de los estadounidenses, a ocho meses de las elecciones parlamentarias de medio mandato, puede dar algo de tiempo al régimen cubano en esa negociación con Washington, opina Andy Gómez, quien participó en el equipo de trabajo que llevó el diálogo con la isla impulsado por el demócrata Barack Obama.
“[El régimen] tiene miedo a perder el poder político, pero económicamente están trabados, no tienen salida aunque vengan unos marcianos a ayudarlos”, afirma en referencia al buque con diésel ruso que se dirigía a la isla y ha variado el rumbo.

La idea de la invasión parece la menos probable. Al menos por ahora. En una audiencia ante el Senado de Estados Unidos, el general al mando de las fuerzas desplegadas en Latinoamérica, Francis Donovan, dijo el jueves que no hay planes de intervención militar en la isla.
Sin embargo, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, respondió a la amenaza de Trump en un tono muy distinto al conciliador que había empleado días antes para anunciar las conversaciones con Estados Unidos: “Cualquier agresor externo chocará en Cuba con una resistencia inexpugnable”, dijo, mostrando una tensión que no se sabe cómo casa con ese diálogo que mantienen. “Vamos a dar la vida defendiendo la Revolución”, añadió el viernes.
Hasta dónde pretende llegar Estados Unidos con la asfixia energética es todavía una incógnita. Es como si Trump estuviera tomándose el tiempo, que juega a su favor, para elegir qué final tendrá el régimen tal y como es ahora.
Para eso mantiene una presión extrema que está ahogando también a la población, que subsiste en medio de apagones constantes y un acceso a medicinas y comida cada vez más limitado.
“El Gobierno cubano está totalmente debilitado y no puede hacer ninguna alianza geopolítica, ha desaprovechado todas las oportunidades de cambio que ha tenido”, explica desde Cuba Alina Bárbara López, historiadora e intelectual, voz crítica con el régimen, que codirige CubaxCuba Laboratorio de pensamiento cívico.

“La crisis humanitaria se ha agravado desde hace tiempo; Cuba colapsó en sus bases económicas antes de Donald Trump, en los últimos cinco años ha implosionado el modelo y, si no hay cambio, existe la posibilidad de un estallido social y de una represión sangrienta, ya que el Gobierno todavía tiene recursos para los militares”, cuenta.
El otro interrogante es cuánto tiempo puede resistir el régimen y qué puede ofrecer a Washington para continuar en el poder. Tanto USA Today, primero, como The New York Times esta semana, informaron de que la negociación entre Cuba y Estados Unidos pasa por una reforma económica amplia, pero sin Díaz-Canel al frente.
Pese a que el secretario de Estado estadounidense, el descendiente de cubanos Marco Rubio, calificó de noticia falsa la información, y el viceministro de Exteriores cubano aseguró el viernes que “el sistema político cubano no es objeto de negociación, ni por supuesto el presidente ni ningún cargo del Gobierno”, varios analistas dan por amortizado al actual presidente cubano, a quien ven como reemplazable.
“Es el vocero del grupo tecnocrático-militar que lleva el país, es una carta que tienen para ser sacrificada en la negociación”, comenta Alina Bárbara López.

Es el entorno de Raúl Castro, de 94 años, el que se percibe como el verdadero poder en la isla, quien tiene la última palabra en el aparato militar. Él, su hijo, Alejandro Castro Espín, y su nieto, Raúl Guillermo Rodríguez Castro, alias El Cangrejo, que ha emergido como interlocutor de Washington.
La opción de que el régimen pacte reformas económicas con Estados Unidos sin apenas tocar la estructura política y dejar la democracia para después encajaría en la idea de Trump de “toma amistosa” que mencionó hace un mes, pero supondría una gran decepción tanto para el exilio en Miami como para quienes, dentro de la isla, esperan un cambio y libertades.
Sin embargo, “no hay un indicador real de que Cuba vaya a transitar hacia una democracia”, afirma la economista Tamarys Bahamonde, profesora asistente en la City University de Nueva York.
“Lo que hay es presión exterior [de Washington] y el colapso económico es inevitable. La ayuda humanitaria se agradece, pero es solo un alivio. El resultado concreto del cerco es el sufrimiento de la gente. Y se puede asfixiar a los pueblos, pero eso no necesariamente derroca gobiernos. Sacrificar vidas de inocentes con el objetivo de tumbar gobiernos no es ético ni moral”, afirma.
Las expectativas de cambio, del tipo que sea, que ha generado el cerco dentro y fuera de la isla son enormes. Pero ante la presión extrema, el régimen parece cerrado en banda en la resistencia y la soberanía, y solo negocia al límite cuando parece que se va agotando el tiempo.
Lo único que ha ofrecido públicamente hasta ahora es la excarcelación de 51 presos por mediación del Vaticano y la posibilidad de que los cubanos en el exterior puedan invertir en la isla y tener propiedades, algo que Marco Rubio tachó de “insuficiente”.
Entre tanto, hay más de un millar de presos políticos y en la calle prende la desesperación, como ocurrió en Morón, una ciudad del centro del país, en la que un grupo de manifestantes atacó la sede del todopoderoso Partido Comunista de Cuba.
La necesidad de cambios políticos incluso para aplicar esa oferta de atraer inversiones ―que tendrían que ser masivas; solo en el sistema eléctrico se calculan en unos 10.000 millones de dólares― resulta clara para los analistas consultados.
“Hace falta cambiar las reglas desde dentro y tener transparencia para una hipotética entrada de capitales, cosa que no puede garantizar un gobierno corrupto e ineficiente”, opina Alina Bárbara López, que no descarta que se dé “una alianza entre élites”, entre Trump y sus elogios al “buen tiempo” que hace en Cuba y un régimen que lo apostó todo a una actividad volátil como el turismo, abandonando el campo y la industria.
“Pero es que aquí además hay una cuestión ética, la violación de los derechos humanos y la situación de los presos políticos, algunos por más de 30 años. Eso no se puede olvidar”, plantea Andy Gómez.
“¿Qué ha cambiado en Venezuela? Las transiciones no se pueden aplicar de un país a otro porque intervienen la historia, la cultura y las experiencias personales”.
El modelo venezolano también es difícil de exportar a Cuba, que no tiene petróleo, pero sí una posición geoestratégica clave y turismo. Sin embargo, “para que caiga el régimen cubano tendría que irse todo el aparato, no es una sola persona”, explica la historiadora Lilian Guerra, directora del Programa de Cuba en la Universidad de Florida.
Si eso sucediera, “una transición en Cuba nunca va a ser fácil, es como abrir la caja de Pandora, hay mucha rabia y sed de justicia, y Estados Unidos no quiere encargarse de toda esa gestión”, opina. En esa hipótesis, si los Castro son los encargados de encarnar el papel que desempeña Delcy Rodríguez en Venezuela, se vería por muchos como un “cambio-fraude sin transformación política”, explica Sergio Ángel, profesor del Programa Cuba de la Universidad Sergio Arboleda de Bogotá. “Mantener a los Castro sería una cachetada a la comunidad cubanoamericana. Este es un régimen moribundo que ha basado su modelo en empobrecer a la gente para mantener el control. Si no hay cambio político, no hay cambio”, afirma.
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