La "trumpización" de la muy tradicional política británica

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10 de septiembre de 2019  

LONDRES.- Con 35 cadetes de policía como perfecto telón de fondo televisivo, el primer ministro británico, Boris Johnson, se apartó de su anuncio sobre el reclutamiento de nuevos agentes de la ley para dedicarse a defenestrar a sus adversarios políticos por oponerse a sus planes para el Brexit, acusándolos de querer dejar "encarcelada" a Gran Bretaña dentro de la Unión Europea.

En Estados Unidos es usual el uso de soldados y policías como decorado durante los discursos de los políticos. Pero los políticos británicos siempre han tratado de evitar esas escenificaciones por considerarlas inapropiadas y cursis. Hasta la llegada de Johnson, el gran romperreglas del país.

"Boris está rompiendo todas las convenciones", dice Mujtaba Rahman, analista del Grupo Eurasia.

Las tácticas de Johnson desafían sistemáticamente todas las tradiciones y precedentes en una sociedad que atesora su pasado como una guía para el futuro.

Gran Bretaña, como es bien sabido, no tiene una Constitución escrita. Su Ley Fundamental no está plasmada en un documento escrito, sino que se basa en un ethos que recoge cientos de años de jurisprudencia y tradiciones, a las que se suman la presunción nacional colectiva de cómo deben ser las cosas.

En sus seis semanas a cargo del gobierno británico, Johnson ha hecho estallar muchos de esos supuestos básicos, en un intento de cumplir su promesa de sacar a Gran Bretaña de la UE el 31 de octubre. Para empezar, suspendió el Parlamento durante cinco semanas. Si bien esas suspensiones no son inusuales, por lo general no son tan largas, y menos en momentos históricos tan cruciales.

Johnson también eyectó del Partido Conservador, al que pertenece, a 21 legisladores que votaron en su contra, entre ellos, algunos icónicos referentes partidarios, como Nicholas Soames, nieto de Winston Churchill.

También se permitió decir "mierda" en el recinto del Parlamento mientras sus palabras eran transmitidas en vivo por la televisión nacional. Durante un debate parlamentario, llamó "pollo clorado" a su principal adversario, el laborista Jeremy Corbyn, en vez de dirigirse a él con el tradicional "muy honorable caballero". De manera aún más inexplicable, más tarde le disparó otra chicana adolescente, calificándolo de "blusa de chica gorda".

Después de todo eso, Johnson se ha negado a decir si cumplirá con la ley aprobada por el Parlamento para evitar un abrupto y caótico Brexit sin acuerdo y sin salvaguardas económicas y sociales acordadas con la UE. "Prefiero morir en una zanja" que pedir una nueva prórroga, dijo Johnson, y dejó planteada una puja inédita.

Según informó el sábado la cadena BBC, un grupo multipartidario de legisladores está dispuesto a ir a la Justicia para que obligue a Johnson a cumplir con esa ley.

El jueves pasado, Johnson debió pagar un doloroso costo personal por sus implacables tácticas cuando su hermano menor, Jo Johnson, renunció como legislador conservador y ministro del gobierno, aduciendo "tensiones irresolubles entre la lealtad familiar y el interés nacional".

La semana de pesadilla del primer ministro terminó con su discurso ante los cadetes de policía de Yorkshire Oeste, donde trastabilló y tartamudeó durante un minuto entero al intentar recitar infructuosamente la advertencia policial británica equivalente a la Advertencia Miranda norteamericana. Y mientras hablaba, uno de los cadetes del fondo se desmayó. Mark Burns-Williamson, comisionado de policía de Yorkshire Oeste, calificó de "artimaña política" la presentación de Johnson, exigió una disculpa y aseguró que a la policía le habían dicho que el discurso del primer ministro se enfocaría exclusivamente en el tema de la inversión en seguridad pública. "Pero se convirtió claramente en una diatriba sobre el Brexit, la oposición y una posible elección general -dijo Burns-Williamson ante los reporteros-. De otro modo, los oficiales de policía jamás se habrían prestado como telón de fondo de un discurso de esa naturaleza".

Oleada

Johnson es parte de una oleada de líderes populistas de todo el mundo que desafían las normas y cuestionan que las cosas no puedan hacerse de otra manera.

Desde Hungría hasta Italia, desde Polonia hasta las Filipinas y otros lugares del mundo, hay líderes que actualmente hacen y dicen cosas que hasta hace pocos años parecían inimaginables.

Por supuesto que a la cabeza de los líderes disruptores se encuentra el norteamericano Donald Trump, que ya ha hecho añicos todas las normas del decoro presidencial. Y si bien existen enormes diferencias entre Johnson y Trump, ambos parecen darse letra mutuamente y admirar el estilo inconformista del otro.

"No se preocupen, Boris sabe cómo ganar", dijo Trump la semana pasada. "Tiene muchas, muchas cualidades", dijo Johnson sobre Trump en estos meses.

Jon Tonge, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Liverpool, dice que el discurso de Johnson frente a los cadetes "fue tomado directamente del manual de Trump, una importación deliberada, la 'trumpización' de la política del Reino Unido".

Emily O'Reilly, ombudsman de la Unión Europea, dice que tanto Johnson como Trump escalaron hasta los puestos que ocupan por la fuerza de su personalidad y un "sentido intuitivo de lo que le gusta a su base electoral, con frecuencia orientado hacia el costado más oscuro o anárquico de esa base".

O'Reilly advirtió que en Estados Unidos y Gran Bretaña ha habido un "éxodo significativo de políticos centristas hacia lo que anteriormente se percibía como los extremos". Y agregó que lo ocurrido la semana pasada "sugiere que Johnson tal vez haya ido demasiado lejos al pisotear todas las convenciones parlamentarias y partidarias".

Contra las medidas de Johnson ya se han hecho diversas presentaciones judiciales. La semana pasada, Johnson fue favorecido por un tribunal de Londres que dictaminó que no había actuado contra la ley al ordenar la suspensión del Parlamento. "Más que romper las reglas, las tuerce", dice Tonge.

En ausencia de una Constitución escrita, la política británica es particularmente vulnerable a políticos como Johnson, que sin violar la ley se las arreglan para incumplir normas establecidas.

"En el Reino Unido nunca habíamos tenido que lidiar con un mandatario dispuesto a ignorar las convenciones y los precedentes", dice Meg Russell, directora de la Unidad Constitucional del University College de Londres.

"Le agrega mucha presión a nuestra Constitución, hecha de tradiciones -dice Russell-. Y eso podría conducir, en definitiva, a la necesidad de dejar establecidas más firmemente esas normas."

Rob Ford, analista político de la Universidad de Manchester, dice que como Gran Bretaña no tiene leyes específicas que regulen el modo en que debe interpretarse e implementarse el resultado de un referéndum, el país se encuentra ante una "bomba de tiempo". El resultado de la votación del referéndum de 2016 fue muy cerrado y ahora la clase política no logra consensuar el modo de implementar la decisión de las urnas.

Johnson está torciendo todas las reglas imaginables para imponer su interpretación de ese resultado: que el pueblo británico decidió salir de la UE sin importar en qué términos. Sus opositores dicen que los votantes no refrendaron un Brexit duro y con posibles repercusiones negativas, entre ellas, la pronosticada escasez de alimentos y medicamentos.

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

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