Nunca fue tan necesaria una unidad nacional por la democracia
Bolsonaro dio ejemplos casi a diario de que no convive bien con la democracia
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RÍO DE JANEIRO.- Después de lo ocurrido en Brasilia, Bolsonaro ya no es el líder de la derecha brasileña sino de un puñado de golpistas que optaron por la ilegalidad bajo su aliento, incluso bajo su dirección. Es inevitable comparar el vandalismo de los bolsonaristas con lo ocurrido hace dos años en el Capitolio de Washington. La motivación es la misma: impedir la alternancia en el poder. En esa ocasión, intentaron evitar que el Congreso oficializara la elección de Joe Biden.
Ahora, el intento era tomar el poder, una revolución popular financiada por intereses privados que derrocaría al presidente ya en funciones. No fue el primer intento, varios otros se dieron en estos cuatro trágicos años para el país. Siempre a la espera de que se incorpore algún militar, que algún pronunciamiento pueda motivar una revuelta generalizada. Nada de eso sucedió.
Aún dividida, no parece que esta ala radical y antidemocrática sea predominante en la oposición al gobierno del PT. Lula se equivocó al plantear la situación en términos de polarización política. Al tratar de mostrar la superioridad de la izquierda sobre la derecha, alegando que nunca hubo un ataque institucional, olvidó que el MST invadió el Congreso pero, sobre todo, que los ataques de ayer no fueron contra él mismo ni contra los izquierdistas, sino contra la nación brasileña. .
Si se hubiera posicionado como un estadista, que gobierna para todos los brasileños, incluso los de la oposición, habría dado la dimensión exacta de lo que pasó. El vandalismo que destruye obras de arte y destruye el patrimonio cultural nacional es el reflejo de una crisis mayor contra la democracia. Bolsonaro dio ejemplos casi a diario de que no convive bien con la democracia, y alimentó este vandalismo durante años.
Culpables omisiones de las autoridades, incluidas las militares, permitieron que se produjera este vergonzoso espectáculo. Bolsonaro tendrá dificultades, en un eventual regreso al país que destruyó, para mantenerse libre de las diversas acusaciones que lo perseguirán, y de las probables condenas que seguirán. Durante cuatro años no estuvo preparado para el puesto que inexplicablemente cayó en sus manos, una aventura que le costó muy cara al país.
Patológicamente marginal, Bolsonaro logró convencer a los líderes militares de que sería una forma de recuperar el poder democráticamente, a través del voto, incluso después de haber subvertido la jerarquía militar y actuado como terrorista con el objetivo de chantajear a sus superiores por aumentos salariales.
El capítulo final de esta tragedia brasileña no fue su llegada a la presidencia de la República, ni su patética huida a Disney. Todavía no sabemos hacia dónde va esto, y nunca ha sido más necesaria la unidad nacional por la democracia.
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