Para Cuba, un paso sin vuelta atrás hacia la apertura... ¿y la libertad?

César González Calero
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18 de diciembre de 2014  

Las ruinas de La Habana están de enhorabuena: la guerra ha terminado. Solemne, con el obligado uniforme verde olivo para la ocasión, el general Raúl Castro transmitió ayer a los cubanos la buena nueva: la normalización de las relaciones con Estados Unidos, ese "monstruo" al que José Martí combatía desde sus propias entrañas.

Como toda guerra, la contienda acabó con un intercambio de prisioneros. Y tratándose del último fleco abierto de la Guerra Fría, los presos no podían ser sino espías al servicio de una y otra causa. Graham Greene lo celebró desde su tumba.

Ese histórico armisticio televisado a dos bandas ("hemos acordado el restablecimiento de las relaciones diplomáticas") es la culminación de un proceso de cambios que viene fraguándose desde hace años. Cuando Raúl accedió al poder, dio un paseo por la isla y no le gustó lo que vio. Se le recuerda una frase memorable: "¡Qué lindo está el marabú!".

Como una metáfora de la decadencia del sistema, el campo cubano estaba cubierto de ese arbusto enano que no sirve para casi nada. En las bellas y decadentes ciudades cubanas, el estado ruinoso de miles de edificios, modernos y clásicos, representa el marabú urbano, otra metáfora del régimen. Para los urbanistas cubanos, la ruina es la sublimación de la "estática milagrosa", esa expresión tan caribeña con la que se intenta explicar lo inexplicable: que la ruina no termina de desplomarse nunca.

El régimen cubano lleva sumergido en su propia estática milagrosa muchos años, al menos desde el desmoronamiento de la Unión Soviética.

Washington intentó derrocar o eliminar físicamente a Fidel Castro repetidas veces. Fue en vano. Al mismo tiempo, trató de asfixiar económicamente a la isla con un bloqueo económico y comercial que, efectivamente, fue determinante para dejar en ruinas a la isla. Pero lo que ningún mandatario estadounidense llegó a entender nunca es el concepto de "estática milagrosa" aplicado a la política. Arruinada económicamente y agotada ideológicamente, Cuba no se caía. El propio presidente Obama reconoció ayer en su discurso el fracaso de esa estrategia de aislamiento.

La aproximación cautelosa de Raúl Castro a Estados Unidos ha estado en su agenda desde que llegó al poder, en 2008. Mucho más pragmático que su hermano, el general emprendió una serie de reformas económicas para tratar de apaciguar los ánimos de una sociedad con demandas crecientes. Raúl es consciente de que el generoso apoyo petrolero de Venezuela -afectada por una severa crisis social y económica- no da mucho más de sí.

Con las recientes medidas para atraer inversión extranjera y la normalización de relaciones con la Unión Europea, Raúl buscaba un poco de oxígeno. Los acuerdos con Washington le darán todo el aire que necesita para apuntalar su programa de reformas. Pese al bloqueo económico ("lo principal no se ha resuelto"), que persiste y sobre el que Obama no tiene mucho margen de maniobra, las relaciones comerciales entre ambos países existen -a través de rendijas del embargo- y a partir de ahora aumentarán.

Raúl logra también reivindicarse como estadista. La histórica decisión de restablecer relaciones diplomáticas con Washington tras 53 años eleva su estatura política, siempre bajo la sombra del carismático Fidel. Pero sobre todo el general gana tiempo, el bien más valioso para el régimen. La generación histórica de la Revolución -los barbudos de la Sierra Maestra- apura ya sus últimos años de vida.

Raúl tiene previsto retirarse del poder en 2018 y una nueva generación de líderes, con el vicepresidente Miguel Díaz-Canel a la cabeza, tomará las riendas del país. Raúl es consciente de que debe dejar la casa ordenada. La normalización de relaciones con Estados Unidos generará a corto plazo un impacto anímico positivo en la sociedad cubana, tanto en la isla como entre la gran mayoría de los exiliados. Pero el régimen sabe que ha dado un paso sin vuelta atrás y que toda apertura lleva implícita una expectativa de mayor libertad.

Atrás quedan las batallas ideológicas de Fidel. En febrero de 2006, meses antes de caer gravemente enfermo, el Comandante inauguraba el "Monte de las Banderas" frente a la Sección de Intereses de Estados Unidos en pleno Malecón habanero. Ondeaban al viento 138 banderas negras con una estrella blanca, "una por cada año de lucha contra Estados Unidos". Para Fidel, la guerra contra el imperio no había comenzado tras el triunfo de la Revolución sino en 1868, cuando la isla luchaba por su independencia. Ahora, la guerra ha terminado. Y las ruinas de La Habana lamen sus heridas.

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