Elecciones en EE.UU.: un país encerrado en el peor escenario posible
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WASHINGTON.- Estados Unidos se fue a dormir y amaneció unas horas después en el peor de los mundos. Una pelea voto a voto, sin un ganador nítido, que dejó a la vista un país fracturado, y un presidente dispuesto a atacar la democracia y a tensar al límite las instituciones para asegurar su victoria, decidido a abrir una batalla legal por la Casa Blanca.
Joe Biden y los demócratas quedaron lejos del triunfo por paliza que anhelaban–y auguraban las encuestas–, y el presidente Donald Trump y los republicanos, pese a conseguir un respaldo mejor al previsto, corrían segundos, sin la "ola roja" que veía Trump al cierre de su campaña, y esperaban sus aliados. La ausencia de un resultado contundente, las divisiones y la ofensiva del magnate de proclamarse triunfador cuando aún restaba contar millones de votos dejó al país encerrado en una crisis inédita, ante el riesgo latente de una gobernabilidad golpeada.
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Fue, para muchos, un desenlace previsible y acorde a 2020. El cóctel explosivo en el que quedó atrapada la democracia más longeva del planeta tuvo varios ingredientes: una elección muy reñida, una logística electoral que distó –y mucho– de ser perfecta y alargó el escrutinio, y un presidente dispuesto a jugar a fondo con tal de ganar.
Los resultados provisorios dejaron al descubierto la fractura del país. Biden marchaba al frente en el colegio electoral y en el voto popular, aunque sin arrasar: el conteo provisorio indicaba que podía arañar la Casa Blanca con 270 votos electorales, lo justo. El demócrata obtenía más de 70 millones votos, más del 50%, un pico histórico, que además apuntaba a crecer. Pero Trump obtenía más de 67 millones de votos, unos cinco millones más que hace cuatro años atrás, y mantenía sus posibilidades de triunfar en uno de los años más nefastos de la historia del país, con más de 230.000 muertos por la pandemia del coronavirus y más de 20 millones de personas sin trabajo por la crisis.
La pandemia complicó la votación. Más de 65 millones de votantes, ante el temor a un contagio o la posibilidad de tener que pasar horas en una fila esperando a votar por el distanciamiento social, decidieron votar por correo. Pero, así y todo, el Covid-19 no impidió que la gente saliera a votar en masa. Todo lo contrario: votaron 160 millones de personas, o el 66,9% del padrón, la participación más alta desde 1900, según Election Project. El enorme volumen de voto por correo demoró el escrutinio, al punto tal que esta madrugada todavía seguía el recuento y media docena de estados claves estaban abiertos, incluidos los tres donde todo indica que caerá la definición: Pensilvania, Wisconsin y Michigan.

Los primeros datos asentaron una sensación de déjà vu. El recuerdo de 2016 arreció apenas Trump apareció al frente del escrutinio. Trump tuvo otra gran elección en Florida, el más importante de los estados pendulares, que eligió a todos los presidentes desde 1996. Trump obtuvo en "el estado del sol" un millón de votos más respecto de 2016 y corría adelante de Biden por más de 370.000 votos, una diferencia mayor a la que obtuvo respecto de Hillary Clinton. El sur volvió a teñirse de rojo, salvo Arizona, que se dio vuelta para Biden y los demócratas, dándoles el primer atisbo de esperanza.
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Con una elección reñida como pocas, Trump desplegó su ofensiva contra el recuento del voto por correo. Esperó a que Biden hablara y dijera que confiaba en su triunfo, y mientras esas palabras de confianza del demócrata recién empezaban a caer en los oídos de los norteamericanos, salió a cruzarlo por Twitter y lo acusó de robarse la elección. Luego brindó su discurso en la Casa Blanca en el que buscó deslegitimar los votos por correo, mayoritariamente demócratas, y a esa hora todavía en la parrilla. Dijo que era un fraude al pueblo. Horas después, su campaña empezó a desplegar su ofensiva legal en Pensilvania, Wisconsin y Michigan.
Durante meses, Trump había anticipado que, para él, el voto por correo era una ventana al fraude. Y había dejado la puerta abierta a desafiar el resultado de la elección. Nunca quiso comprometerse a aceptar el resultado de la elección, o una transferencia pacífica del poder ante una eventual derrota. "Veremos qué pasa", adelantó. Esta madrugada, Trump despejó las dudas con un ataque abierto y frontal a la elección que alarmó a sus críticos, y encendió a sus seguidores. Aun con millones de votos por contar, Trump se declaró ganador desde el atril en la Casa Blanca, y prometió llevar la elección a la Justicia. Sus críticos más acérrimos denunciaron sin demora que el país corría el riesgo de derrapar al autoritarismo y el fascismo. Pero sus aliados y los republicanos alientan la pelea, y al igual que él ponen en duda la confiabilidad del voto ausente, al que consideran fraudulento, sin dar evidencias.
Tras un día que se sintió como una semana, Estados Unidos amaneció sin un presidente electo, a la espera de un resultado certero, y una larga batalla legal que termina de definir el rumbo del país. Aunque los demócratas quedaron lejos de la elección que soñaban, Trump tenía un camino aún más pantanoso hacia un triunfo. Un país quebrado seguía en vilo.
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