El grupo secreto de científicos y megamillonarios que impulsa un proyecto para el coronavirus

Una docena de los principales científicos de Estados Unidos y un grupo de megamillonarios y magnates de la industria dicen tener la respuesta a la pandemia de coronavirus
Una docena de los principales científicos de Estados Unidos y un grupo de megamillonarios y magnates de la industria dicen tener la respuesta a la pandemia de coronavirus Crédito: BBC Mundo
Rob Copeland
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4 de mayo de 2020  • 18:49

Una docena de los principales científicos de Estados Unidos y un grupo de megamillonarios y magnates de la industria dicen tener la respuesta a la pandemia de coronavirus y haber encontrado una rendija por la que hacer llegar sus hallazgos a la Casa Blanca.

Al frente de ese grupo tan ecléctico está el doctor Tom Cahill, un joven médico devenido emprendedor de riesgo que viven lejos de atención pública en un monoambiente alquilado cerca del Parque Fenway, en la ciudad de Boston. Cahill tiene un solo traje, pero suficientes conexiones de alto vuelo como para influir en las decisiones del gobierno norteamericano en la guerra contra el Covid-19.

Esos científicos y quienes los financian describen su trabajo como el "Proyecto Manhattan" de la era del confinamiento, un guiño hacia el grupo de científicos que desarrolló la bomba atómica durante la Segunda Guerra Mundial. Esta vez, los científicos se están enfocando recursos intelectuales y económicos para filtrar las ideas más heterodoxas sobre el combate contra la pandemia que van surgiendo alrededor del mundo.

El grupo se hace llamar "Científicos para frenar el Covid-19" y está integrado por bioquímicos, inmunobiólogos, neurobiólogos, un cronobiólogo, un oncólogo, un gastroenterólogo, un epidemiólogo y hasta un científico nuclear. "No hay dudas de que soy el menos calificado de todos", dice uno de los miembros centrales del proyecto, el biólogo Michael Rosbash, Premio Nobel de Medicina 2017.

El grupo, cuyo trabajo todavía no había trascendido, ha operado como nexo entre los grandes laboratorios farmacéuticos, que buscaban un interlocutor de reputación incuestionable, y el gabinete de Donald Trump. Trabajan a distancia como una especie de comité revisor ad hoc que analiza el flujo de investigaciones que llega de todo el mundo y separa la paja del trigo, descartando los informes fallidos, antes de que llegue a quienes deben tomar decisiones en la Casa Blanca.

El grupo ha elaborado un informe confidencial de 17 páginas que llama a aplicar una serie de métodos poco ortodoxos para enfrentar el virus. Una de las principales propuestas es tratar a los enfermos de Covid-19 con potentes fármacos previamente utilizados contra el ébola, pero en dosis mucho más altas de las probadas en el pasado.

La Administración de Alimentos y Drogas de Estados Unidos y el Departamento de Asuntos de los Veteranos de Guerra ya han aplicado recomendaciones específicas, como reducir las exigencias y regulaciones para la fabricación de los fármacos específicos contra los coronavirus.

El biólogo Michael Rosbash, Premio Nobel de Medicina 2017, es uno de los miembros centrales del proyecto
El biólogo Michael Rosbash, Premio Nobel de Medicina 2017, es uno de los miembros centrales del proyecto

El principal aporte que puede ofrecer el doctor Cahill son las conexiones que ha podido hacer en su corta vida a través de su firma de inversiones. Y esos contactos incluyen a megamillonarios como Peter Thiel, Jim Pallotta y Michael Milken, financistas que le dieron la legitimidad necesaria para para ser escuchado por los funcionarios del gabinete norteamericano en medio de la crisis. El doctor Cahill y su grupo han asesorado frecuentemente a Nick Ayers, histórico colaborador del vicepresidente Mike Pence, y este último mes esas conversaciones se siguieron manteniendo vía telefónica.

Ninguno de los miembros del grupo cobra por su trabajo y dicen que los mueve la posibilidad de sumar sus propios contactos e información científica sensata para una batalla que ya ha demostrado ser extenuante, tanto a nivel nacional como de los diversos estados norteamericanos. "Tal vez fallemos", dice Stuart Schreiber, químico de la Universidad de Harvard y miembro del equipo. "Pero si tenemos éxito, el mundo puede cambiar".

Steve Pagliuca, uno de los dueños del equipo de básquet Boston Celtics y copresidente de Bain Capital -y también uno de los inversores de Cahill-, contribuyó con la edición del borrador del informe y le pasó su versión al CEO del Goldman Sachs Group Inc., David Solomon, quien a su vez se lo hizo llegar al secretario del Tesoro norteamericano, Steven Mnuchin.

Los miembros del grupo dicen ser conscientes de que muchas de sus ideas pueden no ser implementadas y que tal vez sean ignoradas de plano por el gobierno de Trump. Así se dieron las cosas según el relato de científicos, empresarios, funcionarios de la Casa Blanca, así como a partir de la revisión de documentos relacionados con esta iniciativa.

Brote

Hace apenas dos años, Cahill estaba cursando su doctorado en medicina en la Universidad Duke, con una investigación sobre enfermedades genéticas raras. Suponía que al recibirse seguiría trabajando en lo mismo. Pero al tiempo se reencontró con un amigo que le consiguió trabajo en la empresa de su padre, la firma Raptor Group, una inversora en acciones de primera línea.

Cahill se enganchó con las inversiones, en especial las relacionadas con las ciencias biológicas. Se le ocurrió que por su formación médica, podía ser más útil identificando a los científicos más prometedores y ayudándolos a resolver sus problemas, que dedicándose él mismo a la investigación. Tras un paso por Raptor, Cahill armó su propio fondo, Newpath Partners, con 125 millones de dólares de capital que junto de un pequeño grupo de inversores muy ricos, como Peter Thiel de Silicon Valley y fundadores fondos de riesgo, como Pagliuca. A esos millonarios los convenció el audaz enfoque de Cahill, así como su interés por el seguimiento de problemas incurables.

A principios de marzo de este año, cuando el número de muertos por Covid-19 iba en ascenso, Cahill se quedó desconcertado y un poco deprimido por el estado de las investigaciones sobre el virus. "La ciencia y la medicina estaban totalmente alejadas de lo que estaba pasando", indicó Cahill. Sus inversores lo acosaban con preguntas sobre el virus y Cahill organizó una videoconferencia para compartir algunas ideas poco ortodoxas sobre cómo acelerar el desarrollo de una vacuna y cosas por el estilo. Esperaba que su convocatoria virtual reuniera unas 20 personas.

Pero cuando Cahill intentó conectarse al grupo de chat para iniciar la charla, fue rechazado porque la capacidad de la sala estaba colmada. A continuación, sonó su celular: era un número de Nueva York y quien llamaba era el Comisionado de la Asociación Nacional de Básquet, Adam Silver. Él también quería el código de acceso a la llamada grupal. Más tarde Cahill le haría un informe individual del encuentro.

Resultaba ser que la pequeña base de inversores de Newpath Partners, la firma de Cahill, había hecho correr la bola de la llamada y cientos de personas se habían conectado, muchos de ellos desconocidos para Cahill, como el propio Milken. Cuando finalmente logró ingresar, Cahill respiró hondo y les dijo a todos que estaba trabajando con un grupo de amigos para filtrar los potenciales tratamientos más prometedores para el Covid-19. Agregó que había abandonado mayormente su labor de inversionista para enfocarse en encontrar una cura para la enfermedad.

Una hora después de colgar, su casilla de correo explotaba de ideas y ofrecimientos de ayuda, entre ellos, del equipo de Milken. "En los 50 años que llevo en el campo de las investigaciones médicas, nunca vi un nivel de colaboración como el de hoy", dijo Milken. El doctor Cahill recibió algunos mensajes de asesores del vicepresidente Pence: también habían participado de la llamada.

El científico-inversionista Cahill ya tenía su plataforma; ahora necesitaba un plan.

Lista de contactos

Una de las primeras llamadas que hizo Cahill fue a Schreiber, fundador de varias empresas privadas. Schreiber enganchó a su viejo amigo Edward Scolnick, exdirector de investigaciones y desarrollo en la gigante farmacéutica Merck & Co., donde había participado del desarrollo de 28 nuevas drogas y vacunas. Scolnick fue directo: en circunstancias normales, una vacuna tarda 18 meses en llegar al mercado "y eso con mucha suerte", aclaró Scolnick. Schreiber respondió: "¿Qué te parecen 6 meses?"

El equipo armó una lista de unas dos docenas de empresas que podrían aprovechar sus recomendaciones y se comprometieron a compartir de inmediato lo que supieran. Uno de los primeros integrantes de ese grupo inicial dijo que no podría compartir lo que supiera y lo expulsaron.

Al principio tuvieron que filtrar los cientos de informes y papers científicos sobre la crisis que había alrededor del mundo, separando los más prometedores de los más dudosos. Cada integrante hojeaba hasta unos 20 papers al día, diez veces más de lo que solían hacer diariamente en su trabajo. Se reunían por videoconferencia, se mensajeaban todo el tiempo "como adolescentes", dice Rosbash, y se llamaban por teléfono.

El aseo personal fue quedando de lado. Michael Lin, neurobiólogo de la Universidad de Stanford, tuvo que inhabilitar la cámara de su teléfono para proteger su imagen pública. "A veces tengo siete u ocho videoconferencias el mismo día, lo que llegado el momento seguramente me causará a su vez algún otro tipo de enfermedad", ironiza David Liu, de químico biólogo de la Universidad de Harvard.

Los debates no siempre eran exclusivamente científicos. El grupo evaluó, por ejemplo, sugerirle a las autoridades que se cambiara el nombre del virus por "SARS-2", en referencia al virus animal chino de 2003. Para ellos, ese nombre tenía resonancias más aterradoras y podía impulsar el uso de máscaras entre la población, pero finalmente la idea fue descartada. El equipo también se comprometió a no hablar de política, tarea difícil en medio del ruido y la furia de un año electoral en Estados Unidos.

David Liu, de químico biólogo de la Universidad de Harvard
David Liu, de químico biólogo de la Universidad de Harvard Crédito: Casey Atkins/Broad Institut

La hidroxicloroquina, un activo contra la malaria promocionado por el presidente Trump, fue descartado cuando uno de los expertos, Ben Cravatt, dictaminó que era una opción remotísima, en el mejor de los casos. De hecho, hidroxicloroquina mereció una sola mención en el informe final del grupo.

El grupo también descartó la idea de usar testeos de anticuerpos para permitir que los que dieran positivo como recuperados del coronavirus pudieran volver a trabajar. Cravatt, químico biólogo de Investigaciones Scripps, en La Jolla, California, declaró que era "la peor idea que escuché en mi vida". Aclaró que el contacto previo con el virus no impedía que a uno le contagiara el virus a otros y dijo que poner demasiado énfasis en el testeo de anticuerpos puede alentar a algunas personas a contagiarse deliberadamente para después reclamar una especie de pasaporte sanitario.

Entre las recomendaciones iniciales del grupo estaba aumentar la injerencia del estado nacional, comprando drogas que todavía no hubiese demostrado su eficacia para alentar a los fabricantes a seguir produciendo sin el temor a perder dinero si finalmente no funcionaban. Otra recomendación es acortar significativamente, de nueve meses o un año a tan solo una semana, el tiempo exigido de ensayos clínicos para la aprobación de una nueva droga.

Ahora que gran parte de sus propuestas científicas ya han sido puestas en práctica o están siendo revisadas por los más altos funcionarios del gobierno de Trump, el grupo tiene puesto el ojo en cómo será el mundo post-covid-19. Pagliuca impulsó a los científicos a incluir una cuarta fase en su plan: la reapertura de Estados Unidos.

Esas ideas incluyen el desarrollo de un test de saliva y testeos programados al finalizar el día laboral para que los resultados estén listos a la mañana siguiente, antes de arrancar la jornada. También ha sugerido una aplicación para celulares a nivel nacional que exija a todos los ciudadanos que confirmen todos los días si tienen fiebre o alguno de los 14 síntomas de una gripe. En los últimos días, los miembros del grupo han seguido en conversaciones con los funcionarios del gobierno, presionando para que su plan confidencial sea aplicado. "Para ganar, hace falta que se una la nación entera: gobierno, negocios y ciencia", dice Pagliuica.

The Wall Street Journal - Traducción de Jaime Arrambide

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