Una partición en varios mini-Estados, ¿la única salida?

Zeina Karam
Dan Perry
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1 de octubre de 2015  

BEIRUT.- Tras cuatro años de una devastadora guerra civil sin visos de solución, algunos actores involucrados en el terreno y observadores externos han llegado a la conclusión de que el destino de Siria será partirse siguiendo las líneas sectarias o regionales, y en el mejor de los escenarios posibles, mantenerse endeblemente unida a través de un Estado menos centralizado.

Una verdadera secesión acarrearía más desastres, como limpiezas étnicas o sectarias, o enfrentamientos por cada metro de frontera. Pero la catástrofe siria es de tal envergadura que muchos se preguntan si la disparidad de esos grupos podrá volver a tener un sentimiento de unidad nacional.

Esa dinámica sectaria quedó en evidencia la semana pasada, con la tregua apoyada por la ONU en la región clave de Zabadani, cerca de la frontera con el Líbano, un acuerdo al parecer destinado a trasladar a miles de combatientes chiitas y sunnitas de una región a otra.

En total, la mitad de los 23 millones de habitantes que tenía Siria en la preguerra fueron desplazados de sus hogares, y murieron 250.000 personas en el conflicto, lo que desató una oleada de refugiados que inundó los países vecinos y ahora llegó a Europa.

El gobierno, dominado por la secta alauita del presidente Bashar al-Assad, controla Damasco y la costa del Mediterráneo, incluyendo todas las ciudades y corredores que conectan a ambas. Los kurdos hacen sus propios negocios en el nordeste. Las milicias de Estado Islámico (EI) controlan gran parte del corazón sunnita en el este. Otros rebeldes sunnitas controlan reductos en el norte y el sur. Los drusos siguen siendo leales, pero en su región sureña ya se habla de autonomía.

"Lo que hay es una partición de hecho que nadie quiere reconocer formalmente", dice desde un sitiado suburbio de Damasco un activista opositor que usa el seudónimo de Ahmad Shami para proteger su identidad.

Tanto en la región como en los foros internacionales, el debate se centra en el futuro de Al-Assad, con qué reemplazar su gobierno, y si debería permitírsele ocupar algún rol de transición para lavar su imagen. Pero a medida que ese Estado tan profundamente autoritario se fue desintegrando y se multiplicaron las migraciones masivas, los odios sectarios se avivaron tanto que es imposible ignorar la cuestión de fondo.

"Luego de la destrucción y las matanzas es difícil que el pueblo sirio logre coexistir dentro de un Estado central", dijo Mustafa Osso, líder de la minoría kurda y vicepresidente de la Coalición Nacional Siria (CNS), el principal grupo opositor apoyado por Occidente. Osso propone una federalización, y no una partición completa.

La idea de dividir el país en varios grupos no es nueva: hace un siglo, los colonos franceses y británicos desguazaron gran parte de Medio Oriente, despojos de guerra tomados al Imperio Otomano.

A los franceses se les acordó el territorio que se convertiría en la Siria actual, y en la década de 1920 coquetearon con la idea de semi-estados étnicamente cohesivos. Vislumbraron cuatro áreas, incluyendo un Estado alauita, un Estado druso y un Estado de Aleppo. Pero al final, se decidieron por un Estado único.

Cuando Siria se independizó, los líderes autoritarios mantuvieron a raya cualquier atisbo de rebelión, como ocurrió también en el igualmente multiétnico Irak, también creación de las potencias coloniales. Desde el derrocamiento, liderado por Estados Unidos, de Saddam Hussein en 2003, Irak está ahora dividida en una región de gobierno dominada por los chiitas, un norte kurdo sumamente autónomo, y una región de predominio sunnita, pero mayormente controlada por EI.

La división parece más plausible a lo largo de las fronteras internas reconocibles en el país, o allí donde el mapa sectario o étnico es muy claro. "En mi opinión, la Siria que conocimos, tal como se formó hace 100 años, ya no existe", dice Andrew Tabler, experto en Siria del Instituto Washington de Política de Oriente Medio. "Lo que tendrá que hacer la comunidad internacional es reconocer esas divisiones de hecho y trabajar con cada una de las partes para estabilizar esas zonas."

Pero tras un siglo de agitación global, la comunidad internacional le teme a cualquier cambio y se siente mayormente inclinada a tratar de mantener las fronteras tal como están.

"Si bien fueron los colonizadores los que trazaron las fronteras de muchos nuevos Estados independientes de la posguerra, tanto en África como en Medio Oriente y en Asia, hay una fuerte tendencia internacional a respetar esas fronteras", dice Kenneth Schultz, profesor de ciencias políticas de la Universidad Stanford.

Los sirios también parecen compartir esa reticencia. Dividir implica una enorme complicación: las ciudades clave, como Aleppo y Damasco, son demasiado mixtas como para que se arregle con un simple divorcio.

Dividir esas zonas mixtas podría abrirle la puerta a nuevos horrores. Vienen a la memoria las imágenes de Sarajevo, la capital de Bosnia, étnicamente mixta, que se vio devastada por la guerra civil en la década de 1990. O las atroces limpiezas étnicas que se vieron cuando Paquistán, mayoritariamente musulmán, se separó de la India que había sido gobernada por los británicos.

En Siria ya hay temores en este sentido. Los alauitas y otras minorías, como los cristianos y los drusos, han huido casi completamente de las áreas de predominio sunnita controladas por la oposición. Los árabes sunnitas acusan a los kurdos de crear leyes destinadas a cambiar la composición demográfica y a intimidar a sus comunidades en las zonas de predominio kurdo.

Algunos creen que un Estado federado más flexible podría basarse en las sectas predominantes y en otros casos simplemente por zona geográfica, que seguirían siendo de población mixta.

Muchos opinan que el despliegue de Rusia de las últimas semanas, enfocado en la costa alauita, debe ser interpretado dentro del siguiente contexto: si bien Rusia, como Al-Assad, prefieren una Siria unificada, los esfuerzos rusos también parecen un intento de apuntalar el bastión de los alauitas.

Traducción de Jaime Arrambide

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