Bill Gates: la esperanza de Occidente contra el Covid-19

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4 de mayo de 2020  • 09:10

Cómo el fundador de Microsoft se convirtió en un ícono contra el virus

Quico; sí, Quico, el amienemigo del Chavo del 8 en la popular comedia mexicana, lo puso en palabras: "El coronavirus es un invento de Bill Gates y otros para dominar el mundo".

Como destacaban muchos analistas semanas atrás, la figura de Bill Gates concentra la atención de teorías conspirativas alrededor del virus: es uno de los ejes alrededor de los cuáles orbitan masones, laboratorios chinos, agencias secretas. Unos 16.000 posteos en Facebook y videos en YouTube reproducidos al menos 5 millones de veces, según informó The New York Times , incluyen desinformación sobre la posible relación entre Gates y el Covid-19.

En rigor, William Gates III, a sus 64 años, representa algo irresistible para endilgar los males de la humanidad: el hombre que encabezó por décadas la lista de más rico del mundo es hoy un filántropo que no sólo anticipó aspectos clave de esta pandemia global, sino que se ha propuesto liderar de manera personal la lucha contra el virus. Destinando no solo fondos ( decidió también contribuir con la Organización Mundial de la Salud, tras el desplante de Donald Trump ), sino, una vez más, ideas ambiciosas. No es el icono millonario de yates y lujos asiáticos: es el del siglo XXI, convertido en referencia individual de una guerra colectiva.

Crédito: The New York Times

Pero Gates está acostumbrado a ser señalado como el villano. Ya en los 80, cuando su popularidad era emergente detrás del omnipresente sistema operativo Windows, su visión de negocios, su obsesión por el liderazgo, su triunfo sobre los sistemas de software libre y su competencia con Steve Jobs lo habían convertido en el blanco dilecto de la cultura tecnológica. Si ese colectivo existe, hoy lo tiene nuevamente como referente. El emblemático nerd de lentes gruesos formado en Harvard había logrado, antes de Internet, ubicar su empresa, su logo y su idea de computación personal en cada computadora, en cada casa. Hoy se propone, envuelto en las suspicacias que despierta su afán filantrópico, proponer un algoritmo para combatir el coronavirus o, mejor aún, encontrarle una cura. Y es el referente no gubernamental de Occidente en ese emprendimiento. Sus campañas de vacunación contra el SARS y otras enfermedades, desde la fundación que lleva su nombre y el de su esposa Melinda, lo convirtieron, es cierto, en un experto en estos temas que hoy atemorizan al mundo.

Mientras Zoom, por nombrar a la aplicación vedette de las comunicaciones en tiempos de pandemia, vio multiplicar sus usuarios y su cotización, viejos colegas de Gates, como Apple y Google, anunciaron dejar de lado su competencia frontal por la dominación del espacio digital para compartir la iniciativa de monitorear a través de los celulares el movimiento de las personas y su proximidad contagiadas de coronavirus. Amazon anunció la contratación de más de 150.000 personas desde el inicio de la crisis por la revolución que vive el e-commerce y su logística a nivel global y especialmente en los Estados Unidos. Y Facebook, a través de Mark Zuckerberg, decidió adherir al emprendimiento del fundador de Microsoft.

Acaso por responsabilidad social, acaso por ser de los mercados más dinámicos y con más dinero, acaso por representar la utopía de la innovación basada en el talento individual y las libertades -que proclama desde su germen el sector tecnológico radicado alrededor del Silicon Valley-, lo cierto es que las empresas tecnológicas, representadas por la figura de aquel hombre de negocios acunado en los 80, libran su propia guerra en plena pandemia. Con China alterada por el nacimiento del virus, las sospechas sobre sus hábitos alimenticios y el control informativo estatal, y los Estados Unidos impactados por la administración de un magnate con modos excéntricos de toma de decisiones y un sistema de salud abatido, Gates parece encarnar con orgullo ideas a las que Occidente busca aferrarse en momentos tan elocuentes, verdaderamente globales, desesperadamente críticos.

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