Podrían haber sido los reyes del speed metal pero terminaron buscándose un empleo; 20 años después, el mejor rockumental de la última década les salvó la vida: antes de su primer show porteño, su líder Lips Kudlow explica cómo decirle no a Lemmy y apela al metalero potencial en cada uno de nosotros
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OK, todos vimos Alta Fidelidad, y a Rob Gordon, el personaje de John Cusack (que estuvo hace pocos días en Buenos Aires, se levantó una actricita en el Faena y todo), un perdedor neurótico que es indefectiblemente uno de los nuestros por rockear tanto y tan bien. Anvil!: The Story of Anvil, de 2008, opera bajo la misma empatía, salvo que es fucking real, y no un texto de Nick Hornby. El título es descriptivo al cuadrado: dirigida por Sacha Gervasi, plomo de la banda a mediados de los 80s y devenido en escritor para Steven Spielberg, no es otra cosa que la historia de Anvil misma, algo que hasta el momento del film sólo le estaba reservado a los enciclopedistas del metal retro junto a glorias que no le importan a nadie como Impaler, Angelwitch, Infernal Majesty y bandas así. Nacidos de 1973 en Toronto, Canadá, el pacto hasta la muerte de su guitarrista y cantante Lips Kudlow y su baterista Robb Reiner, se convirtieron con su primer tríada de LPs (Hard n’ Heavy, Metal on Metal y Forged in Fire) en el secreto mejor guardado del naciente movimiento speed metal. Metallica y Anthrax se desesperaban un poco. Lars Ulrich y Scott Ian lo afirman en el documental mismo, lo mismo Slash: Anvil era una banda tan diestra e inquieta como lo era atípica. Es decir, no estaban tan llenos de bilis como el resto. Salían a tocar sonriendo, contra todo canon heavy.
1984 es cuando todo se va al carajo: un año antes, Lips Kudlow había cometido la blasfemia absoluta de decirle que no a Lemmy para reemplazar a Fast Eddie Clarke en Motörhead y Anvil se ganaba un slot en el Super Rock Festival a través de todo Japón. Scorpions, Whitesnake con David Coverdale, Bon Jovi en sus comienzos. Lips Kudlow en outfit totalmente de cuero, con sus licks bestiales para chicas de Oriente que se desquiciaban con disparos marca Kodak. Fue toda una era para el metal. Con este material caliente comienza Story of Anvil. El mundo, por lógica, tuvo que seguir adelante. Y Anvil no fue a ningún lado, o fue a donde pudo, en la casilla incómoda de ser una banda olvidada en el género musical más marginal del mundo. Todo lo que sigue es la magia de Story of Anvil (desde el domingo 17 de abril en la grilla de I-Sat), junto con American Hardcore de Paul Rachman el mejor rockumental del siglo XXI, y una definición del espíritu heavy metal mismo. Lips maneja un colectivo que lleva almuerzos a colegios primarios, Reiner termina fratacho en mano como obrero de construcción. Tocan de vez en cuando en bares para sus amigos borrachines que extrañan sus himnos vintage de acero, aparece un tour por Europa que es la madre de todos los fiascos y también la chance de grabar un nuevo disco que es por lo menos una bendición mixta, más un montón de humillaciones que cualquier persona no-heavy metal no podría tragar sin antes llorar como una nena. El documental explotó. Michael Moore dijo que fue lo mejor que vio en los últimos 25 años. Ganó su categoría en los Evening Standards British Film Awards. Chris Martin de Coldplay les dio el premio. En 2010, ganó su categoría también en los Independent Spirit Awards, o los Oscars del cine independiente, con show en la ceremonia. La cara de chiflado de Lips Kudlow era increíble, mientras iba durísimo tras una presentación emotiva de Dave Grohl con su himno mayor, "Metal on Metal", frente a tipos como Jeff Bridges. Lo hace también este 25 de febrero en el Teatro Flores, como soporte de Primal Fear.
Es loquísimo. Anvil tuvo su segundo breakthrough no en un festival metálico, no en un estadio, sino en una entrega de premios de cine.
Sí alguna vez tuve una premonición en mi vida, fue sobre los Spirit Awards. Supe antes de que rodáramos un segundo de cinta que íbamos a tocar en una entrega de premios frente a cientos de celebrities sentadas en mesas. Se lo dije al director segundos después de que nos propuso hacer el documental, y siempre se lo recordaba, que iba a ser en los Oscars, pensaba yo. Al final, Sacha me terminó explicando que los Oscars no tienen mesas. Yo ni sabía de los Spirit Awards, ¡ja, ja, ja! Pero lo que pasó fue que nos invitaron a tocar, y en la reunión de producción propuse tirarme del escenario y tocar entre la gente. El tipo a cargo me miró como si estuviera loco, y me dijo: "¡Pero va a estar lleno de mesas!" ¡Ahí tuve el click! Fue hermoso. Dave Grohl se acercó y me regaló su modelo signature de Gibson, y nos presentó él mismo a decenas de famosos de Hollywood. Cuando tocamos, lo hice: me tiré con mi guitarra a tocar entre todas estas celebrities y veía a mi visión cobrar vida. Es como lo más sorprendente que podés sentir, a más de veinte años de los shows en Japón.
¿Cómo fue ese tour?
Supongo que lo más loco fue convivir y compartir con todas esas bandas. Los chicos de Bon Jovi recién empezaban. Ellos y nosotros eramos los soportes para Scorpions y Whitesnake, y no me voy a olvidar jamás a Jon todo bajoneado diciéndome que su primer single, "Runaway", no andaba muy bien. Yo pensaba: "Mierda, ¡ojalá yo tuviera por lo menos un single!" También recuerdo a David Coverdale contándome sobre cuando había cantado con Deep Purple en el California Jam, un mítico concierto en los 70s. El me decía: "¡Andaba con un cheque de un millón de dólares en el bolsillo de atrás!"
La alegría con la que salen a tocar es rarísima para el género. Creo que sólo a Ozzy le pasa también, o a Anthrax en menor medida.
Honestamente, ni sé porqué es así. Pero creo que Ozzy cada vez que sale a tocar la pasa mejor que nunca y no tiene miedo de mostrarlo. Muchos músicos se esfuerzan en demostrar lo que ellos consideran una conducta aceptable y en esa forma se ponen como muy autoconcientes, no salen a mostrar lo que están sintiendo. Quizá es miedo al ridículo. Yo no me intimido ni me resguardo en mi manera de tocar.
El mensaje del documental quizá fue la chance para muchos de ver de qué se trata el heavy metal mismo, de por qué un metalhead es metalhead hasta el fin.
Man, el metal existe hace 40 años, y sí, apela a una audiencia selecta. Esta gente no es conformista, se caga en las modas. Por eso el metal nunca se fue, porque se convirtió en una forma de vida más allá de un género musical. No somos una mayoría y nos deleita saberlo. Todavía es casi blásfemo cuando una banda de metal pasa al mainstream, porque te volvés un conformista, porque pasás a ser parte de lo que escuchan todos.
Sin embargo, el metal tiene su propio sistema más allá del mainstream. Festivales como Download, Hellfest o Wacken pueden llevar tanta gente como Roskilde o Glastonbury. ¿Te parece bien la separación del mainstream?
Me parece bien, sí. Este es un género marginal, porque su gente está al margen de la sociedad, ser heavy es como tener ese disco raro, ese juguete que todos quieren y sólo vos tenés. Es tuyo. Si el género va a sobrevivir, tiene que estar separado. Y nos va bárbaro así. Tocamos en Download y Wacken, y la gente después de ver el documental sentía que no estaban en un recital de rock cualquiera, que estaban compartiendo nuestras vidas conmigo y con Robb. Estaban sintiendo la intensidad de nuestra victoria.
Aun así, Story of Anvil fue vista por muchos que no son heavies declarados. Público de festival de cine, chicos indie. Un montón de potenciales conversos.
La demográfica es brutal, no la podés creer. A esto lo vio todo tipo de persona imaginable. Cada uno es un potencial metalero. Si se los presentás de la forma correcta, te abren la mente y te dan tu atención. Y estuvo genial cambiar el estereotipo que la gente tiene sobre el heavy, que no somos un montón de losers drogones como siempre se pensó, que somos personas como cualquiera, y que la gente mire al heavy definitivamente. Yo quería que pase algo así.
¿No tenés miedo de que todo esto vuelva a cero?
¿Sabés qué? Hago lo posible para no sentir el miedo de que todo esto se borre. Pero si nos pasó, es porque hace 30 años que somos Anvil.
Ahora, ¿cómo hiciste para decirle que no a Lemmy cuando te pidió que toques en Motörhead?
Eddie Clarke justo se fue de la banda en Toronto, mi cuidad. El manager de la banda, Doug Smith, llamó y me preguntó si podía hacer el tour. Gentilmente decliné, ya que íbamos a grabar nuestro tercer disco, Forged in Fire. Tiempo después, tocamos con Motörhead en Brujas, Bélgica, en un festival. Lemmy me agarró de repente de mi motoquera de cuero y me metió en su trailer. Sacó su walkman y me hizo escuchar el demo de Another Perfect Day, el disco que acababan de grabar. ¡Me encantó! Hace un tiempo, volví a encontrármelo. El me abrazó y me dijo: "La familia puede que no se vea, pero no dejamos de ser familia."
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