Hablamos con el guitarrista y cantante de la banda, Amedeo Pace, que repasó la historia del grupo; se presentan el sábado próximo en Niceto Club
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Blonde Redhead es una banda típicamente neoyorquina. No importa que ninguno de sus tres integrantes sea originario de allá. Es más: ni siquiera son estadounidenses. Los mellizos Simone Pace (batería) y Amedeo Pace (guitarra y voz) nacieron en Italia, se criaron en Canadá, estudiaron en Boston y, finalmente, migraron a Nueva York, donde conocieron a la japonesa Kazu Makino (voz y guitarra). Así, en conjunto, conjuran un cosmopolitismo que va de la mano con la tradición rockera de la gran ciudad, de Velvet Underground a Sonic Youth, pasando por la escena no wave (el nombre del grupo, de hecho, es un tema de DNA).
Fue justamente el baterista de la juventud sónica, Steve Shelley, quien los apadrinó en sus inicios. Eran tiempos de experimentación y guitarras con afinaciones raras. Se hicieron un lugar en la escena indie de los 90 y, poco después, firmaron con Touch and Go. Para mediados de la década siguiente, ya en las filas de 4AD, llamaron la atención de la crítica con discos como Misery Is a Butterfly (2004) y, en especial, 23 (2007). Sus trances sonoros, entonces, mostraron nuevas cavidades: el pop etéreo, el tratamiento de texturas y todo eso que Loveless de My Bloody Valentine levantó como un tótem revelador (dream pop, noise pop, shoegaze, nu-gaze y vaya a saber uno cuántas etiquetas más).
Del otro lado del teléfono, Amedeo Pace ofrece un pantallazo al pasado, presente y futuro de Blonde Redhead. Y, mientras tanto, espera que se concrete el debut de su banda en suelo porteño. Falta muy poco: este sábado, 29 de septiembre, en Niceto Club.
-Su trabajo más reciente, Penny Sparkle (2010), da cuenta de un mayor acercamiento al pop electrónico. ¿Lo ven como el resultado de cierta síntesis?
-No creo que este disco resuma nuestro sonido. Porque nuestro sonido está hecho de varios elementos, y Penny Sparkle es tan sólo uno de ellos. Es muy importante, cada tanto, tomar nuevas direcciones; no quedarse en el mismo lugar y probar cosas distintas. Y esto se aplica para cualquier artista. Tomemos el caso de un pintor, por ejemplo Picasso, y vayamos hacia atrás para repasar su trayectoria: entonces podremos apreciar cómo su obra fue pasando por estilos muy diversos. Y lo mejor es que todo eso, tan amplio y variado, salió de la misma cabeza, es producto de la misma imaginación. Ya que, a lo largo de los años, él fue viviendo cosas diferentes, cosas que lo impulsaron a cambiar lo que pintaba. Con la música pasa algo parecido: a medida que vas haciendo tu camino, vas incorporando nuevos elementos y modos de hacer.
-¿Y cómo será el próximo álbum de Blonde Redhead?
-Estamos trabajando en eso, por supuesto. Pero no sé si puedo contarles demasiado... No porque no quiera, sino porque empezamos hace poco y, a decir verdad, creo que va a cambiar considerablemente hasta que esté listo. Queremos probar cosas nuevas en la grabación, algo que no hayamos hecho antes. Por lo pronto, me atrae la libertad que presentan las nuevas composiciones. No es que sean experimentales, pero sí son más abiertas, tienen más posibilidades. Lo que sigue ahora es lo más complicado: la difícil tarea de elucidar este material; adónde queremos llevarlo y cuál será la mejor forma de materializarlo. Pero insisto: aún es muy temprano para hablar de algo que recién empieza. Es sólo una parte del proceso. Además, en general, nos cuesta saber cómo va a ser el disco hasta no tenerlo mezclado.
-Ya que mencionás lo de la mezcla... En sus últimos discos, 23 y Penny Sparkle, trabajaron con Alan Moulder, reconocido por mezclar y producir grandes discos de los 90 (de My Bloody Valentine a Smashing Pumpkins). ¿Cómo llegaron a él?
-Obviamente conocíamos su obra. Pero no quisimos precipitarnos. Primero le pasamos un par de canciones para que las mezcle. Nos encantó el resultado, y entonces quisimos volver a trabajar con él. Fue así que, para Penny Sparkle, decidimos que mezclara todo el álbum. No fue un proceso fácil, porque la primera parte de la producción estuvo a cargo de Van Rivers and the Subliminal Kid, un dúo sueco que trabajó con Fever Ray. Con ellos grabamos las canciones. Y luego se las pasamos a Alan. Algunos criticaron este disco, pero para mí fue un paso fundamental: es parte de nuestra historia, de lo que somos y lo que hemos hecho. Estoy orgulloso de haberlo hecho, y sobre todo de haberlo hecho con Alan.
-Bastante antes, para la época de In an Expression of the Inexpressible (1998), solicitaron los servicios de Guy Picciotto, de Fugazi...
-Esa es otra historia. Nos encanta Fugazi, y lo de trabajar con Guy Picciotto no fue mera casualidad. De hecho, antes de todo eso, tocamos muchas veces juntos. Fuimos teloneros de varios conciertos suyos en los Estados Unidos. No tardamos mucho en hacernos amigos, por supuesto, porque ellos son personas realmente geniales. Poco después, al momento de encarar nuestro cuarto disco, decidimos llamar a Guy. Sabíamos que él era el indicado para darnos una mano. Y así fue que terminó produciéndonos y participando en varias grabaciones de ese período.
- A lo largo de casi dos décadas de carrera, echaron anclas en varios sellos independientes de renombre: Smells Like Records, Touch and Go y 4AD. ¿Cómo vivieron, desde ese lugar, las transformaciones de la industria discográfica?
-¡Cambiaron tantas cosas! No sólo la forma en que se graban los discos, sino también cómo se consumen y transportan. El espacio es todo un tema: lo que antes ocupaba una gran caja, ahora se guarda en un disco rígido. En cuanto a los sellos independientes, me parece que es algo triste lo que fue pasando... Deseo que las cosas se hubiesen desarrollado de una manera diferente. Tal vez no había otra vía. O tal vez sí. No sé. Ahora sólo espero que mejore la calidad de las cosas, y que esa mejoría no signifique que los pequeños sellos deban desaparecer. Aún quedan algunos sellos independientes en pie, como 4AD. Pero otros, como Touch and Go, ya no editan más discos. Es algo irritante... Porque, si bien sabemos que los cambios son parte del desarrollo de la historia, ninguno de nosotros quería que las cosas vayan por este camino. Habrá que ver qué sigue.
-Varias veces intentaron sumar a un bajista, sobre todo para la puesta en vivo, pero al final, tarde o temprano, terminaban volviendo al formato de trío. ¿Cómo es hoy su show?
-Ahora, a diferencia de nuestros comienzos, usamos teclados y cajas de ritmo; nos valemos de loops y programaciones. Intentamos sumar a otras personas para el show en vivo, pero siempre termina siendo un desastre (risas). Así que, al final, decidimos que lo mejor era conformarnos con nosotros y no arriesgarnos más... Supongo que es química. No sé. Sólo sé que nos acostumbramos a tocar así: todo se reduce a nosotros tres. ¿Cómo seleccionamos el repertorio? Tocamos lo que mejor nos sale en ese momento. Y ahí entra un poco de todo: un repaso por diversos tramos de nuestra discografía.
-Es su primera vez en Argentina. ¿Hay expectativas?
- Estamos muy entusiasmados con esta gira, porque nunca tocamos allá. En mi caso, sé algunas cosas de la Argentina, porque he visto fotos. Y también vi algunos documentales sobre... ¿cómo se llaman los cowboys de allá? ¡Los gauchos! Siento curiosidad por saber bien cómo son esos lugares que, hasta ahora, sólo pude imaginarme. Y por eso estoy contemplando la posibilidad de hacer mi viaje un poco más largo. Quiero conocer mejor la ciudad, y tal vez viajar a La Patagonia. No sé cuándo volveremos a tener la chance de regresar allá, así que da para pensarlo...
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