El cantante se presentó en el Gran Rex y brindó un show con su inconfundible sello: virtuosismo vocal extremo y la intensa participación del público, con momentos inolvidables
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Ayer, en el teatro Gran Rex se vivió una verdadera fiesta que se prolongó por casi dos horas. Apenas Bobby McFerrin salió al escenario la ovación fue inmensa. Con una botella de agua, una silla y un micrófono le alcanzó para armar una verdadera celebración de la voz humana, en la que el público, como suele ser en sus shows, fue casi el único partenaire del artista, salvo por un invitado especial que sorprendió a todos.
Mil clichés podrán escribirse sobre McFerrin y todos ellos serán ciertos. Que cabe en todo su cuerpo la orquesta entera de la Filarmónica de Viena. Que cuando entra al escenario, su espiritualidad inunda cada rincón del teatro. Que mejor que nadie sabe llevar al público y exprimirlo al máximo. Que despliega su humor en el momento justo en que lo sacro asoma, rompe con la etiqueta, y se muestra como "uno más" ante el público. Que la mezcla de la música culta (su padre fue el primer cantante afroamericano que ingresó en el Metropolitan Opera) con la popular hizo de este muchacho de 60 años (aunque parece de 20 menos) una pieza artística única.
Cuando interpretó "Drive", desplegó el beatboxing que lo acompaña siempre, su virtuosismo vocal, y la capacidad de jugar como un chico imitando el ruido de motor del auto y hasta ensayando rebajes…
Melodía, armonía, percusión, bajos. Todo cabe en la infinita capacidad de McFerrin. Entonces, el cantante empezó a jugar con el público, que sabía la cita que le esperaba y se vino preparado para la ocasión. Primero fue una conversación cantada, en la que Bobby interpretaba una parte y el público, previo adoctrinamiento del artista, respondía con el repertorio recientemente enseñado. En el Ave María, donde McFerrin hace el Preludio y Fuga de Bach, buena parte del público se animó acompañarlo con la obra de Franz Schubert.
Otro de los puntos cúlmine de la noche fue cuando el cantante invitó a quienes bailen "jazz, danza moderna o tango" al escenario. Cuatro mujeres y dos bailarines fueron los valientes. El amigo Bobby improvisaba y cada uno fue haciendo su número. Como si fuera su maestro y coreógrafo, los guió con la melodía y pareció exprimir lo mejor de ellos. Terminó con una ovación absoluta y aprovechando el histrionismo del último corajudo que arrancó las risas de todo el Gran Rex.
Luego de interpretar "Blackbird", Mc Ferrin bajó del escenario, e invitó al público a que cantara con él, en lo que fueron verdaderas mini sesiones de jazz. "Can I have 16 singers?", preguntó. Ni había terminado y ya tenía 40 coristas en el escenario. "No more, no more", decía y los plateístas seguían subiendo… Ordenó el coro según los registros, le indicó a cada uno su parte, e hizo cantar al improvisado coro una bella melodía de tinte sudafricana.
Después, jugó a que tocaba un piano con sus pies. Y de acuerdo si se dirigía a los graves o a los agudos, el público respondía con la entonación. Fue otro gran momento de la noche. Hasta que irrumpió un invitado inesperado: el Chango Spasiuk, con quien McFerrin se animó a una improvisación chamamecera y hasta tarareó "Kilómetro 11", luego de que el anfitrión le dijera "Tocá cualquier cosa, lo que quieras".
Hubo tiempo para un bis, y el segundo bonus track fue ni más ni menos que una entrevista del propio público. "¿Alguna pregunta?", dijo. "¿Qué cómo es vivir en mi planeta? Ja. Es genial". "¿Si quería hacer ópera como mis padres? No", respondió entre risas.
"¿Qué te parece la música de ahora?", lo interrogaron.
"Uff. Precisa una gran respuesta –dijo-. Estoy interesado en la música que redime y que es positiva. La música tiene un enorme poder y hay tanta negatividad en el mundo que espero que en estos 90 minutos la hayan pasado bien. Son extraordinarios. Les encanta cantar. Voy a volver".
Dale, te esperamos.
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