Con The Black Dahlia Murder y Suicide Silence como soportes, la banda más extrema de la historia le habla al asesino serial en todos nosotros para la cita metálica de 2011
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Alex Webster, bajista, explica cómo se hace: "Si tocás algo lento, es inevitable que puedas tocarlo rápido. Así que tomás una escala con tu metrónomo a, por ejemplo, 75 beats por minuto. Y luego lo duplicás. Así se practica el death metal". OK, esto suena como una pavada. Sin embargo, el score final enceguece. Sobre un Teatro Flores sold-out, Cannibal Corpse, la última línea de defensa moral del metal extremo, o la primera banda del género en vender un millón de copias, triunfa sobre la extremidad misma en un furor de velocidad para reírse del tabú definitivo de la cultura occidental: bebés muertos. No es nuevo. El hit que comanda es "Gutted", de su disco Butchered at Birth, de 1991, con su tapa megaobscena de esqueletos zombies abortando un cadáver a punta de cuchillo a cargo de Vincent Locke –artista regular de la banda–. George Corpsegrinder Fisher invoca todo el poder de su cuello corto y gordo para anunciar el desenlace a tres semanas del caso Tomás Santillán: "El torsito destripado, listo para cocinar". El blast-beat, o el formato rítmico más atroz en la historia de la música, sigue de inmediato, comandado por la batería de Paul Mazurkiewicz. Allá abajo en el pit la gente ya evidencia sangre en la nariz, pero nadie para ni quiere parar.
Delante de él, Webster mismo, Pat O’Brien y Rob Barrett en guitarras BC Rich afinadas a sombra y bends de cuerda anormales, pantalones de combate y borceguíes a más de treinta grados Celsius. El headbanging es metronómico también. Peor aún: todos casi sin dormir. Su vuelo llegó a la madrugada de ayer, con fiesta para la hora del desayuno. Cuatro horas después del show, de nuevo a Ezeiza y hacia Chile. Es la sexta vez de Cannibal Corpse en Buenos Aires, desde su debut porteño en 1994 en el ya mítico Roadrunner Festival en Obras. Y el plan es el mismo de siempre: presentar último disco, Evisceration Plague, y patear culos de todas las edades. Es decir, aquí hay teens como tipos que miran sus relojes porque mañana hay que trabajar, pero la fantasía de muerte no vence con la edad. Quizá se pone peor.
Minutos antes de su set, Brian Eschbach, guitarra y compositor principal de The Black Dahlia Murder, quiere porro. Lo encuentra en la esquina del Teatro: unos fans fumones le obsequian un finito de su propia cosecha para sellar el nexo entre la cultura cannábica y el metal más pesado de todos. Pero la respuesta en escena no es un trip por Jamaica, sino la muerte misma. Black Dahlia Murder, con escasos siete años de ruta mundial y un nuevo disco, Ritual, implicó una renovación para el death metal: no tan obsceno, no menos técnico, mucho más dinámico y agresivo, influenciado por el sonido sueco de bandas como At The Gates y con una mano amiga tendida hacia el hardcore también. De la cultura deathcore que resulta, esta es la banda que va, la que escribe las reglas. Y el alarde de violencia en escena va sobre los pies de Shannon Lucas, baterista y el héroe en este lío con su doble bombo amplificado a trigger que humilla las paredes de la sala más una exactitud en fills y blast-beats a muñeca quebrada que dejan claro que este género no es para cualquiera.
Y este género, en Buenos Aires, vive más que nunca, a través de bandas como Anomalía, Before The Infection, Sobre Tus Cenizas o Dead Warrior, unidos bajo el lema autogestivo de Sons of Chaos cada jueves en Speed King. Entre los soportes locales, el death metal tortuoso y asfixiante de Divine Intervention –que soportó una voladura de cabezal de guitarra– abrió con honor y la voz de Facundo Gómez a las 17 del martes, el horario más inverosímil del planeta. Todo esto, en realidad, es el eco micro de situaciones a diez mil kilómetros de distancia como el Hellfest en Francia o el Wacken Open Air en Alemania, megafestivales donde tocan todos desde Iron Maiden para abajo y que congregan a cientos de miles de personas. Son una aseveración potente: hace tiempo que el metal no corteja al mainstream y forjó su propio universo donde los pavos que se ríen o no entienden miran de lejos. En Buenos Aires y esta noche también, el metal habla como movimiento. Black Dahlia Murder –con nuevo bajista demasiado hábil para la ocasión, Max Lavelle, ex Despised Icon– en temas como "Miasma" o "I Will Return" más la agitación intempestiva de Trevor Strnad en voz, no deja dudas tanto en viejos como en pendejos.
En rigor, el ala teen es la que llega primero. Los fans de Suicide Silence, directo desde California con un show en el Asbury de Rivadavia en 2010 como as de presentación, fueron los pioneros en agolpar la valla con remera al cinto. Su cantante Mitch Lucken no le cae bien a los veteranos, que ven el show con la nuca: sus tatuajes hasta la garganta y su ex corte de pelo emo convertido hoy en media americana gustan poco y nada. Su metal poco ortodoxo no es sencillo: puede dialogar tanto con Deftones como con Cannibal Corpse mismo. Su voz tampoco está en su mejor forma, pero su carisma y comando para chicos que le rinden tributo con movimientos ninja es total. Pero en las guitarras Schecter de siete cuerdas de Chris Garza y Mark Heylmun, en selecciones de su último disco, The Black Crown, va el poder: hay un terror en el tono y un delirio en técnica que llena el aire. Esto pide respeto.
Cannibal Corpse en su plan de vivir contra todo y contra todos, sobrevivió a todo en cierta forma: a las decenas de cambios en el género al cual ayudaron inventar, a nuevas bandas más rápidas y más extremas todavía, a deserciones de miembros y a la mayor censura posible sobre un grupo de rock en la historia registrada. En los 90, el sticker de Parental Advisory les quedaba chico. Senadores republicanos como Bob Dole los señalaban como la escoria de la tierra musical y sus portadas originales eran casi inconseguibles en su país de origen. Por ejemplo, The Bleeding de 1994, una orgía de cuerpos pútridos, llegó a Buenos Aires como un gran cuadrado blanco. No era para menos: si Ice-T cantaba sobre salir a matar a la yuta, Cannibal Corpse lo hacía sobre ancianos que se fifan el cuerpo muerto de un menor. Eso es el pasado. Hoy, Cannibal representa en su música no sólo la repugnancia más abyecta, sino la emoción pura de partirle el estómago a alguien. "The Time To Kill Is Now", o "Death Walking Terror" o "Sentenced To Burn" iniciales en el set y de su catálogo más reciente van por ese lado, entre un ritmo casi abstracto y un groove enfermizo. Hay más retro: "I Cum Blood" y "Fucked With a Knife", que hablan sobre eyacular sangre y, de nuevo, eyacular en pleno homicidio. No hay apología aparente: es la base animal del cerebro humano. No hay misoginia implícita, tampoco, sino el mismo grado de fantasía mental que lleva a jugar a Calabozos y Dragones, por ejemplo. Todos necesitamos un lugar a dónde ir. "Unleashing The Bloodthirsty" es un punto altísimo, una de las obras maestras de la banda con su intermezzo en donde O’Brien y Barrett se traban en un tremolo gigante. El cierre vale decirlo en español: "Desnudada, Violada y Estrangulada".
Por Lucas Barbera
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