Christophe Krywonis: "La fama es peligrosa, es de doble filo"

El jurado exigente de Masterchef habló con Personajes.tv sobre su plan de poner un restaurante, su amor por la Argentina, su pasado y confirmó que prefiere el asado uruguayo al local
Christophe dice que no es malo con los participantes del reality  sino exigente
Christophe dice que no es malo con los participantes del reality sino exigente Crédito: Gerardo Viercovich
El jurado exigente de Masterchef habló con Personajes.tv sobre su plan de poner un restaurante, su amor por la Argentina, su pasado y confirmó que prefiere el asado uruguayo al local
Dolores Moreno
(0)
31 de julio de 2015  • 16:08

Christophe Krywonis habla en un español afrancesado, y, a pesar de haber pasado más tiempo en Argentina que en Francia nunca se planteo modificar sus "erres". Es tan grandote como se ve en la televisión y bastante coqueto. Hace años pensó en hacerse en bypass gástrico pero desistió. Cuando el fotógrafo lo guía para hacerle un retrato, él propone el perfil y el fondo. Más tarde pide verlo y queda conforme. La exposición le enseñó la importancia de la imagen y también a tolerar las críticas. Es el jurado brusco de Masterchef y al respecto asegura que no es "malo" sino exigente y que la exigencia es una condición innata del cocinero y mucho más si es francés. Fan de las series, sobre todo de True Detective, y del país que le dio asilo desde fines de los 80, el hombre con apellido polaco que aprendió a cocinar a los 5 años mirando a su abuela se convirtió en una figura pública tanto por su rol de catador de platos como por sus polémicas frases. Hace poco, por ejemplo, dijo que el asado uruguayo era mejor que el argentino. Obviamente, una afirmación que le generó problemas. Pero él es así, habla como piensa y no repara demasiado en las palabras que utiliza.

Sentado en un cálido bistró en Belgrano, el Hagrid -el gigante de Harry Potter- de la gastronomía cuenta su historia de amor con la Argentina. Primero desde la lejanía típica de quien no quiere compartir de más, y más tarde desde la calidez de quien aprendió a ser más latino que europeo y puede mostrar un poco de su mundo. De viajes por islas del Caribe con corsarios y piratas a desafíos como el de Las Leñas, donde trabajó bajo el mando de Francis Mallmann, Chistophe se fue adaptando a las distintos momentos históricos del país y se animó a poner un restaurante homónimo en los 90 que, muchos dicen, marcaría el inicio de lo que hoy se conoce como Palermo Hollywood.

-¿Tenés planes de abrir de vuelta un restaurante propio?

-Christophe cerró a principios del 2009. Me dan ganas de volver. Además con la exposición mediática, la gente va a venir a criticar y eso me va a divertir bastante. No le tengo nada de miedo a eso. Va a ser una comida francesa con toques latinos, de Argentina, de Uruguay, de Colombia. Seguramente haya una connotación de mis pagos pero también de las cosas que viví y aprendí a hacer acá. Una mixtura elegante con un homenaje a la Argentina a mí manera. Va a ser una Brasserie, una confitería con un estilo francés.

-¿Ya tenés elegido el barrio?

-Estoy buscando. Un llamado a la solidaridad: si alguien sabe de algún galpón en la zona de Núñez, barrio de River, Bajo Belgrano. Quiero algo de fácil acceso.

-¿Se acaba el Chistophe televisivo?

-Nunca dejé de ser cocinero, por lo tanto es una ecuación muy sencilla. De qué puedo vivir, ¿de la televisión? Es muy arriesgado para mí porque no soy hombre de televisión. Soy hombre traído a la televisión pero sí sé cocinar. Entonces voy a hacer lo que sé. Yo nunca fui empleado de nadie, desde el 96. Estuve un año con Parque de la Costa, fue la última vez que trabajé en relación de dependencia y estuvo muy bueno. Soy más independiente y emprendedor.

-Muchas veces dijiste que lo que te trababa en meterte de lleno en una propuesta gastronómica era la situación económica de la Argentina, ¿creés que éste es un buen momento?

-Es arriesgado, sí. No te desanima pero te pone en retaguardia de decir a ver... Pero también hay una lógica histórica que me hace pensar que nunca es el momento. Si te guías por lo que está pasando en tal o tal momento, es un momento realmente critico pero quizá es bueno para conseguir buenos alquileres. Hay que saber adaptarse y, en ese sentido, soy bastante rápido.

-¿Nunca pensaste en volver a Francia?

-Me siento mucho más a gusto acá. Es que Argentina da mucho, es un país muy generoso. A la gente que sabe y tiene ganas de quererla, la Argentina se lo devuelve siempre. Pienso yo, tal vez es una forma poética de decirlo, pero es así. Al principio lo pensé porque me costaba, no es que llegué y ya está todo bien. Pagué mi derecho de piso, fue difícil pero no imposible. En el momento estaba cansado anímicamente y dije "bueno, o me juego o me voy pero si me juego me juego en serio". Así fue como en el 94 dije "tengo que poner un restaurante". Tomé tres años para hacerlo, pero lo hice. Mal no me fue y cuando lo cerré, lo cerré porque estaba más de viaje que en el restaurante. Tenía quejas y dije "no, no voy a comerme quejas de gente que dice que no estoy cocinando bien cuando yo no estoy".

El francés llegó a los 25 años al país y se enamoró de los paisajes y las costumbres
El francés llegó a los 25 años al país y se enamoró de los paisajes y las costumbres Crédito: Gerardo Viercovich

-¿Te sentís más argentino que francés?

-Soy un inmigrante del nuevo siglo. Siempre me sentí inmigrante. Como no tengo la nacionalidad argentina, nunca me van a tomar como un argentino. Valoran mucho mi amor por su patria, por su tierra, su cultura. Lo reconocen pero nunca voy a ser tomado como un argentino. Está bien, soy francés después de todo. Enamorado de Argentina, argentino por elección y con ganas de quedarme acá. Es más, no me imagino morirme en otro lugar que no soy Argentina. Sé que soy respetado y hay algunos imbéciles que dicen cosas que no corresponden pero son una aguja en un pajar, no existen.

Después de cerrar su restaurante, el francés se sumergió en el Gourmet de donde se fue porque "no les gustó que ponga la voz para el doblaje de Ratatouille". Empezó de a poco a ser el encargado del menú de algunos restaurantes y ser asesor gastronómico hasta que le llegó una propuesta que lo convirtió en sex symbol: ser jurado de Masterchef. Desde que trabaja en la televisión de aire, le dicen cosas en la calle, se le insinúan tanto mujeres como hombres y es un celebridad en las redes sociales. Además cuenta que se hizo buenos amigos en el set y que tiene un grupo de Whatsapp con sus compañeros que creó Mariano Peluffo -el conductor- y se llama "Dale Ingrid, dale" donde también están los otros dos jurados (Germán Martitegui y Donato De Santis)

-¿Qué diferencias encontraste, más allá de las obvias, entre ser parte del Gourmet y ahora Masterchef?

-Es un programa de cocina contra una reality de cocina. Es diferente, el canal de aire es otro ritmo. En El Gourmet tenía dos cámaras fijas y ahora (en Telefe) son 16. Decís "Wow". Es una mega producción, no hay que verlo como algo barato. Paga mejor. Nos lo merecemos porque ¡con lo que trabajamos! Hay muchas personas que quisieran hacer el programa y les costaría mucho porque es un tema de concentración. Es estar focalizado en lo que hacés durante muchas horas. La cámara te absorbe mucho. El actor lo sabe. No soy actor, lo digo como comparación.

-¿Te molesta que te vean como el "malo" de Masterchef?

-Eso es entre comillas porque más que malo es exigencia. Exigencia pura del cocinero y exigencia del francés cocinero. No veo el trabajo del cocinero como un trabajo donde uno es maltratado ni bien tratado tampoco. Sino que está tratado para que salga un producto adelante. Hay una abstracción de las emociones, que están todas puestas en el plato. No es que no hay emoción en la cocina, pero están puestas en el plato no en el humor de uno. Entonces, el trato es un poco frío a veces en apariencia. Pero es todo lo opuesto porque en realidad es muy caliente, es una adrenalina que fluye en el momento del servicio y después desaparece. Lo de malo es solo un adjetivo mal empleado. La exigencia está mal vista. Entonces si soy malo, bueno.

-Digamos que es "parte del show"...

-El maltrato en apariencia es un maltrato con un fin de educar, donde es más pedagógico que destructivo. Por más que la gente no entienda. Si no saben de cocina no pueden opinar, opinan sin saber. A la hora de cocinar hay una exigencia moral y física muy grande. Ambas son requeridas y si no tenés un rigor, no llegás. Y ese rigor es a veces a través del grito o de la palabra fuerte, de la provocación. Yo lo llevo bien porque no lo veo como una cosa despectiva gratuita. No hay nada gratuito en eso, hay siempre un objetivo.

-¿Recibiste estos tratos en tus inicios?

-Sí, obviamente tiene que ver con eso. Me chocaron mucho la cantidad de horas. Tener 15/16 años y tener que trabajar 16/17 horas por día a veces. Más de 90 horas en una semana. Ahí lo sentí en carne propia, pagué físicamente y moralmente. Me dejó agotado.

-¿Alguna vez hiciste que algún cocinero tire un plato porque no te gustó cómo había quedado?

-Sí, más de una vez. Tirado no, pero no sacarlo. Me pasó una vez de decirle a un cocinero "este plato salió y, cuando salió, lo olí y se fue al salón... Si vuelve, te despido". Volvió el plato porque dijo el cliente que no le gustaba el aroma. Y se fue. A este cocinero lo vi muchos años más tarde y me dijo "te agradezco porque me chocó mucho cuando me echaste y después tuve muchas dudas pero con este exigencia tuya logré ser mejor". Ahora es chef de un restaurante de Palermo.

-¿Cómo te llevás con las redes sociales?

-Nosotros ya terminamos de grabar, o sea que lo que opinan no cambia nada. No influye en mí lo que dicen. No me afecta, me molestan algunas críticas pero he decidido, hace poco tiempo, no responderlas más. O las borro directamente cuando son agresivas o no las respondo. Las dejo pasar. La gente piensa que si porque digo una mala palabra se acabo el mundo en Argentina, significa que no ven muy de cerca lo que está pasando en lo social en su país, la gente que sufre de hambre y de enfermedades que no se pueden curar. Hay cosas más importantes, creo.

-Hace poco hubo muchas personas indignadas con lo que dijiste sobre el asado uruguayo...

- Tengo que cuidar lo que digo. Fue una revolución tanto en Argentina como en Uruguay. Me impresionó. Digo, "¿tan conocido, tan importante soy?" "¿Qué pasa?". Es una opinión, tampoco es una regla, a mí me gusta más el uruguayo. Lo dije entre risas en la radio y fue así nomás. Leí unos comentarios tan violentos que dije "Wow, tan mal estamos". Un amigo me dijo que fue peor que un incidente diplomático lo que generé. Digo, pero, ¿quién soy yo para que tanta gente se ofuscara? Ahí me di cuenta de que sí, que la fama está acá y que tengo que cuidar un poco más lo que digo. No lo pensé ofendiendo a nadie. Me disculpé a través de un comentario que fue bien hecho con todos los que se habían ofendido. Más que eso no iba a hacer tampoco.La disculpa fue sincera porque no imaginaba que iba a dolerle a tanta gente ese comentario. La fama es peligrosa, es de doble filo.

-El año pasado se filtró el nombre de la ganadora [Elba] justo antes de que se emitiera el último capítulo del primer Masterchef, ¿no te da miedo que pase de vuelta? ¿ Te da ansiedad conocer el ganador tanto tiempo antes y no decir nada?

-En la final anterior fue uno de los participantes que no voy a nombrar que tuvo el mal gusto de comentárselo a Crónica y el medio tuvo el mal gusto de publicarlo después. Pero como decía en ese momento, no afectara la final de Masterchef. Y no afectó, hicimos un excelente rating, con un pico de 21 puntos. No tengo ansiedad porque soy el que define quién es el ganador. Mis hijas, mi novia, mis amigos quieren saber. Me preguntan y nos les cuento nada, a nadie. Soy una tumba absoluta. Y es… "bueno, ¿es hombre o es mujer?, ¿la que ganó es ella?". Yo nunca dije que era chica. La gente te busca para que piques siempre. Estamos obligados por contrato y por ética.

-¿Hubo diferencias entre la primera entrega y la segunda del reality ?

-En esta nueva edición vi un poco mayor nivel gastronómico que en la anterior. Sin desprestigiar a los del año pasado, fueron buenos participantes, buenos personajes, pero hay mayor nivel este año. Por más que no se note tanto. Se anotaron personas con más experiencia, capaz.

-¿Cómo resuelven las discrepancias a la hora de evaluar los platos?

-A veces tardamos más en dar nuestra devolución o nos alejamos y nos vamos atrás y nos tomamos más tiempo, porque, obviamente, llegar a un consenso es un trabajo. Lo charlamos entre los 3 y llegamos a un 100%, una decisión común. Una vez me pasó no estar de acuerdo con una decisión. Una persona no se fue por dos votos contra uno. Yo quería que se vaya y no me bajé del caballo, y les dije que no estaba de acuerdo. Les expliqué por qué, pero la ley de la mayoría venció.

-¿Cómo fue la versión para chicos?

-Los niños, criaturas de 9 a 13 años, cocinan bien. No hay que desestimarlos. Los chicos cocinan bien cuando quieren. Además, lo que llevan adentro son las ganas de cocinar. No conocen pero aprenden rápido, y lo saben adaptar a sus platos.

Christophe se acomoda en la silla y palabra a palabra se va sacando la capa de tipo serio para mostrar su costado más sensible. Tiene dos hijas pero desde que es abuelo está repensando el concepto del amor. Promete que, aunque le de pena por sus hijas, quiere más a sus nietos. Hace pocos meses que está de novio, pero no con la Negra Vernaci como se dijo sino con una decoradora de interiores con la que se reencontró en la última feria Masticar y desde entonces que están juntos. No le gusta para nada hacer deporte y no toma mucho alcohol, ni fuma, pero la comida es su debilidad. Las argentinas también lo son y asegura que su acento fue crucial a la hora de conquistar mujeres.

"Lo que no saben los argentinos es que a nosotros nos encanta su tonada cuando hablan en francés, es muy linda también. Nos complementamos bien al fin de cuentas", dice y agrega: "Las mujeres argentinas son hermosas, son muy lindas y muy simpáticas. Tengo un excelente trato con ellas, aunque son un poco complicadas".

-¿Qué hay de cierto en que tuviste una historia de amor con Elizabeth Vernaci?

-Jamás la hubo. Es esta historia increíble, somos tan amigos que nos matamos de risa de esa cosa. Pero nada, es una amiga. Es una fantasía de los medios. Me preguntan si me molestaba y dije que no. Además, en ese momento no tenía novia.

-¿Sos una suerte de latin lover?

-No, para nada. En todo caso, no con mi aprobación. No me tomo esa parte tan en serio. Pero es cuestión de cada uno. Le pasa a toda la gente que trabaja en los medios. No a mí, a todos. A Germán, a Donato...

Este año, el chef planea ponerse un restaurante y editar un libro de recetas
Este año, el chef planea ponerse un restaurante y editar un libro de recetas Crédito: Gerardo Viercovich

Sus inicios

A los cinco años Christophe cocinó con su abuela materna una crema pastelera. Ese fue el primer plato con lo que quedó conforme. Años después ingresó a un colegio de pupilo y, como se portaba mal, a alguien se le ocurrió proponerlo como ayudante de cocina. Fue ahí donde pasaba las horas libres y aprendió que para ser cocinero iba a tener que "parirla". Su abuela se murió cuando él tenía 11 y piensa que su futuro hubiera sido diferente si hubiese vivido más años. A los 15 empezó a trabajar en la gastronomía y cerca de los 20 partió de Francia rumbo a Martinica, el Caribe, en lo que define como una experiencia que la cambió la vida y de la que "algún día va a escribir un libro". Descubrió una sociedad que estaba destruida por el sida, por el alcohol y la corrupción. "Me topé con traficantes, piratas, caficios, prostitutas, gente millonaria, gente pobre, alcoholizada, gente loca. Y me llevé bien con todos", enumera. En 1989 vino a la Argentina. "Llegué a la pampa húmeda. Para mí Buenos Aires, la Quiaca o Ushuaia no existían", recuerda. Y se instaló en Mendoza, su primer jefe local fue Francis Mallmann. De la Argentina le gustó todo: la sierra, la naturaleza la gente, los productos, la idiosincrasia general. Tanto le gustó que se instaló en el país y sólo le quedan por conocer tres provincias (Formosa, San Juan y La Rioja).

-¿Cómo fue trabajar con Francis?

-Debe ser el nombre más importante de la gastronomía argentina. Fue muy lindo trabajar con él. Francis no tiene nada que ver conmigo en la exigencia. Es pacífico, plácido y tranquilo. Me acuerdo que una vez tuvimos un servicio y faltaba carne, el responsable de la carne se había equivocado, eran 250 bifes y había 200. Entonces tuvimos que buscar bifes por todo el valle de Las Leñas. Estábamos con Francis en los fuegos. Cuando se va, me dice: "Muchas gracias Christophe, estuvo todo bien". Digo: "Pero Francis hubo problemas con el tema de la carne, me siento mal por eso". Me dice: "No, no importa. La pasamos bien igual, estuvo lindo. Hubo problemas pero estuvo bueno".

-Se dice que para ser cocinero hay que ser un poco egocéntrico...

-Todos los cocineros somos egocéntricos, eso es cierto. Pero para estar en la televisión un poco narcisista hay que ser.

La charla va llegando a su fin y Christophe ya está del todo cómodo. Hablamos de series, me recomienda algunas. Se ríe de su panza y dice que le gustaría bajar entre 15 y 20 kilos pero que él es así y que no era así cuando llegó a este país. "Es culpa de la vida o mía. No soy de culpar a los demás. Soy también bastante exigente conmigo". Mira el reloj y se da cuenta de que tiene un día largo. "Me quedan tres compromisos más pero antes tengo que ir a terapia". Y es que después del destierro, la separación de la madre de sus hijas y las horas en el set, el cocinero severo se contagió de los argentinos en eso de estar sobre psicoanalizado. "Hago mucha terapia. Me viene bien. Voy y vengo, ahora son dos años pero lo he dejado mucho tiempo antes de volver, dejé 4, antes tuve 5". Es que en eso también es minucioso. "Cuando siento demasiada confianza con el terapeuta me alejo y cambio. La intimidad hace que no te sientas cómodo para contar ciertas cosas ", explica.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Espectaculos

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.