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Escuadrón suicida: por qué sí y por qué no

Te contamos lo mejor y lo peor de esta nueva película basada en personajes de DC Comics
Martín Fernández Cruz
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18 de agosto de 2016  • 00:40

Lo mejor

Margot Robbie y Viola Davis. En buena medida, la película Escuadrón suicida es Margot Robbie . La actriz, que saltó a la fama con El lobo de Wall Street, hizo algo similar a Ben Affleck en Batman vs Superman : ponerse el proyecto al hombro sabiendo que su Harley Quinn tenía potencial para ser el gran atractivo de la historia. En un film con varios personajes desdibujados y de poco trasfondo, ella tiene la presión de sostenerla aunque eso no evite continuos traspiés. Robbie le imprime a su actuación esa locura e impredecibilidad que tuvo la villana en los dibujos animados (cuna del personaje) y le da una energía que solo una buena actriz es capaz de brindar. Quizá su gran mérito sea componer a una malvada absolutamente simpática y desbordada, que no por eso deja de tener sus miserias, debilidades y tristezas.

En otro plano, el personaje de Amanda Waller (Viola Davis) es el otro gran hallazgo de Escuadrón suicida. Construida con un enorme respeto por su equivalente en el cómic, Waller es una mujer sinónimo de autoridad, capaz de manipular a quién sea con tal de conseguir su objetivo y decidida a no dejarse intimidar ni por el más peligroso de los delincuentes (ni el más autoritario de los políticos). Si bien está del lado de los buenos, ella utiliza recursos que parecieran acercarla más a los villanos (y quizá por eso los sepa manejar con tanta eficacia). Con seguridad, el gran punto que DC se anota con esta película -y entrando en la tediosa comparación con Marvel- sea el de presentar un puñado de mujeres fuertes, capaces de tomar de decisiones y de tener igual o incluso más fortaleza y determinación que sus pares masculinos.

Una historia a la medida. Como una suerte de relectura de Los doce del patíbulo, Escuadrón suicida retoma el planteo de un grupo de parias que debe sumergirse en una misión imposible, en este caso, la de derrotar a una amenaza sobrenatural. No es que se trate de nada nuevo, pero es un esquema efectivo para las distintas características de los integrantes de este escuadrón. La vuelta de tuerca que le encuentra el director David Ayer es poner en evidencia cómo el gobierno de los Estados Unidos, a través de Rick Flag y Amanda Waller, intenta manipular a villanos no solo absolutamente temperamentales, sino también totalmente impredecibles. La idea de presentar varias versiones de un mismo hecho, de desnudar los planes gubernamentales como si fueran mamushkas y de buscar la armonía dentro de un equipo altamente volátil (algo que remite a otra película, pero ya nos ocuparemos de eso), son fórmulas que la película sabe cómo explotar. Casi como una versión reciclada de una épica del Oeste, el Escuadrón Suicida debe colonizar un terreno ocupado para reclamarlo como propio. Es un planteo sencillo que ya se vio mil veces, pero que bien ejecutado, sigue dando buenos resultados.

Lo peor

La polémica con David Ayer... Las películas de DC están buscando su identidad. Marvel hace rato consolidó la suya (una hábil mezcla de humor, colores plenos, dramas sutiles pero efectivos y un voraz apetito por la aventura). A los golpes, DC por su parte - y luego del terrible tropezón que tuvo con Batman vs Superman- comprendió que la época de héroes oscuros habían terminado con la trilogía de Christopher Nolan. Con la llegada del Escuadrón Suicida, se dice, Warner obligó al director David Ayer a filmar nuevas escenas que incluyeran más chistes, con el objetivo de aflojar las tensiones de una película protagonizada por asesinos y dementes. Sea como fuere, lo cierto es que este largometraje pareciera salir a buscar el tono de una película terriblemente exitosa como lo fue Guardianes de la Galaxia. Pero la fórmula que en el film de Marvel fuera de lo más atractiva, aquí parece un postre mal preparado, como se hace notar en la cantidad de canciones populares amontonadas de forma desprolija en la secuencia de presentación de personajes.

Entre los rumores de la industria, se dice que a Escuadrón suicida le quedaron afuera unas veinte escenas (una cantidad digna de Apocalypse Now), algo que bien refleja la bipolaridad del estudio en cuanto a qué tono buscaba darle al film. Ese combate puertas adentro, entre lo que quería Ayer y lo que imponían los productores, dio como resultado un film indeciso en su registro, con un director que buscó una película de acción y un estudio que pretendió, sin éxito, clonar un éxito ajeno [y todo esto sin mencionar a Jared Leto y su Joker, digna medalla de cartulina en los Juegos Olímpicos para mejor interpretación del icónico villano]. Lamentablemente, el Escuadrón suicida de Ayer no pudo convertirse en La pandilla salvaje de Peckinpah.

Personajes desdibujados y la peligrosa historia de Diablo. Otro de los errores en Escuadrón suicida es el amontonamiento innecesario de personajes. Con el objetivo de armar un elenco variado, la película presentó un grupo de villanos a los que no logra construir de manera sólida. Más allá de algunos intérpretes cuya falta de carisma es alarmante (Cara Delevigne y su actuación digna del culebrón más acartonado que se les ocurra), el guión muchas veces no sabe desarrollar ni a los héroes ni a la heroínas... bah, ni a casi nadie. Excepto por Harley Quinn, Amanda Waller y Deadshot, lo que sabemos del resto es poco y nada y eso que puede parecer un detalle, pero se convierte en el punto más débil de la película. ¿Por qué? Simplemente porque desconocer la historia de los personajes hace que al espectador no le importe en absoluto su destino. Si la película mata a alguien con quien no empatizamos... ¿nos importa? Claro que no. En Guardianes de la Galaxia [y perdón por seguir con la comparación] bastó un plano de la espalda de Rocket Raccoon para saber que ese personaje escondía un pasado amargo del que prefería no hablar y, por ende, no se trata de machacar con las miserias de los protagonistas sino en saber cómo acercarlos para generar el vínculo.

Por último, imposible no mencionar la polémica historia personal de Diablo. La película se toma con tanta ligereza el nivel de violencia de ese personaje [quien en un ataque de furia mata a su familia], que en el momento de su confesión, Harley Quinn se convierte en la única que dimensiona verdaderamente el imperdonable acto del villano.

Ni fu ni fa

El universo DC, en la mira. En cada nueva película de esta factoría pareciera haber más preocupación por expandir el universo que por contar una historia sólida. En Batman vs Superman los innecesarios cameos de los otros miembros de la Liga de la justicia no sirvieron más que para perder tiempo. Y en Escuadrón Suicida pasa algo similar con las participaciones de Batman, el insulso cameo de Flash e incluso la aparición del mismísimo Joker, que no sirve para aportar absolutamente nada. Procurando seguir -con torpeza- los pasos de Marvel, DC en el cine no sabe cómo introducir pequeñas apariciones de personajes nuevos, dejándolos huérfanos de razón de ser. De esta forma, el universo cinematográfico de Batman y compañía pareciera hundirse bajo un panteón de cameos estériles que a la larga solo sirven para sumar personajes vacíos.

Lo que verdaderamente no se comprende es por qué DC insiste en ningunear las versiones en papel de sus personajes reinterpretándolos para el cine de una forma que siempre traiciona a sus equivalentes en las viñetas. En los ochenta, el guionista John Ostrander escribió durante seis años una serie dedicada al Escuadrón suicida, en la que dio a luz a una enorme cantidad de historias apasionantes, componiendo personajes atractivos que el film se encargó de malograr.

De yapa: un mejor escuadrón

Para ver al Escuadrón en todo su esplendor por favor de dirigirse al film animado Batman: ataque a Arkham, una propuesta mucho más interesante en donde podrán ver una versión más aceitada de estos grandes villanos.

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