Ricardo Darín habla de 'La odisea de los giles' y cuenta cómo fue trabajar con su hijo

"Este es el proyecto más importante en el que me he involucrado", dice Ricardo Darín
"Este es el proyecto más importante en el que me he involucrado", dice Ricardo Darín Fuente: LA NACION - Crédito: Diego Spivacow-AFV
Pablo Plotkin
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15 de agosto de 2019  • 12:18

En La odisea de los giles, Ricardo Darín encarna a Fermín Perlassi, un ex futbolista de O'Connor, provincia de Buenos Aires, que en 2001 se embarca en un sueño cooperativo aplastado por el corralito bancario. Basada en la novela de Eduardo Sacheri La noche de la usina y dirigida por Sebastián Borensztein, La odisea... es la historia de una revancha épica a cargo de una banda pueblerina ecléctica -idealistas, expulsados, pequeños empresarios, lúmpenes-, un policial con rasgos de drama y comedia que tiene todo dar el golpe en las salas. Se trata del primer tanque de Kenya Films, la productora que impulsó el Chino Darín junto a su padre y Federico Posternak. Para el protagonista de Nueve reinas y El secreto de sus ojos, es el proyecto más importante en el que ha trabajado, por el grado de involucramiento que tuvo durante el proceso. Además, es la primera vez que actúa con su hijo. En el marco de la nota de tapa del Chino en Rolling Stone, Darín habló de su camino en el cine, los lazos familiares y de La odisea de los giles.

La película se diferencia en algunas cuestiones respecto de la novela de Sacheri; los personajes femeninos, por ejemplo, tienen más peso. ¿Cómo fue la adaptación?

Competir contra la literatura es bastante desagradable, básicamente porque tenés todas las de perder. Una novela de 300 páginas, con tu cabeza poblada de imágenes, es algo muy distinto a una película. Mucha gente me preguntaba por Twitter por qué le cambiamos el título, y eso es básicamente por respeto a la novela. La novela es una cosa y la película otra. En la película tomamos un camino polémico, que es revelar el plan. Y la novela nunca revela el plan. La literatura puede hacerlo porque en un capítulo te tira una punta, y en el siguiente te habla de cualquiera otra cosa, y puede esquivar esa responsabilidad. Cinematográficamente no lo podés hacer, básicamente porque es la historia de un grupo de personas que decide ir detrás de la idea de un tipo, tratando de recuperar algo que les pertenece. ¿Cómo siguen a un tipo que no revela un plan?

¿Cómo fue el proceso de preproducción?

Fue largo, no fue una cosa rapidita. Dos años y medio o tres leyendo versiones, discutiendo entre nosotros, tratando de defender las cosas que nos parecían puntales de la novela, cuidándonos de no intoxicar la novela con nuestra maniobra... Pero fue muy rico, muy nutritivo, porque aprendimos a conocernos a nosotros mismos en otros roles. No sé a dónde irá todo esto, ni siquiera sé si tiene una dirección determinada, pero lo pasé muy bien. Lo que pasa es que es un laburo... Estamos todos en todo.

¿Podés compararlo con alguna otra película en la que hayas trabajado?

No. Es lo más importante en lo que me he involucrado. No puedo decir si es "lo mejor", pero es lo más importante por la dimensión, el compromiso y el enfoque permanente que tuve durante más de tres años en el proyecto. Es distinto cuando sos convocado como actor; podés formar parte de algunas discusiones, incluso con algunos amigos directores he estado cerca de lo que es el montaje, pero hasta ahí llego. Esto en cambio no se termina nunca. Después de toda la posproducción, la sensación que tenemos es que esto recién empieza, porque viene la parte de apoyarla, darle visibilidad, defenderla, en fin... Es como parir algo. Hay mucho puesto ahí.

¿Les costó la decisión de trabajar con el Chino?

No mucho. Hemos sido bastante cuidadosos en ocasiones anteriores, pero nos enamoramos tanto de la novela que nos miramos y dijimos "sí, ¿no?". No es fácil trabajar con tu hijo, con tu viejo, con un familiar tan directo. Ni siquiera es fácil trabajar con tu cónyuge. Es difícil que no se note el vínculo real, y puede contaminar el vínculo que estás pretendiendo diseñar. Porque estos son unos tipos distintos a como somos el Chino y yo. Pero nos gustó mucho esa cosa de coraje, de arrojo de decir "sí, es ahora, ¿por qué no lo vamos a hacer ahora?", y a medida que avanzábamos nos íbamos entusiasmando cada vez más. Y empujados por Sebastián, que es un comedor de coco total.

¿Cómo fue el trabajo con el Chino mientras estaba en España?

Skypes, Facetimes, reuniones tripartitas, cuatripartitas... Le tocó esa y por momentos fue una situación bastante fea, pobre, porque el tipo además tiene una claridad para muchas cosas envidiable, aparte del empuje de su edad, obviamente. Es cero conformista, así que no dimos ningún paso sin que todos estuviéramos de acuerdo. Entonces eso lo hizo más engorroso todavía. Tengo mensajes de él en los que me decía "no aguanto más, tengo que estar ahí, no puedo seguir así", y yo lo entiendo, porque nosotros estábamos todo el día metidos en el montaje, en la isla de edición, decidiendo y discutiendo cosas, y a la noche era pasarle el parte a él, a ver qué le gustaba y qué no... Re engorroso, pero se aprendió mucho en el camino.

¿Viste siempre una vena actoral en él?

No. Porque él tiene un grupo de amigos muy férreo, a los que conoce desde tiempo inmemorial, y en la zona de la finalización del secundario estaba influenciado por decisiones que iban a tomar sus amigos más cercanos [se inscribió en Ingeniería, pero nunca empezó la carrera]. Hasta que un día, él tendría 17 años, terminábamos de cenar y nos quedamos mano a mano él y yo, charlando y discutiendo como muchísimas veces, y de golpe el tipo me suelta algo que se ve que le venía rondando en la cabeza, y me lo dice con mucha precaución: "¿Vos qué pensarías si yo te dijera que, eventualmente, me gustaría estudiar teatro?". La verdad es que no lo esperaba. No sé por qué, porque él me acompañó desde muy chiquito a muchos lugares, algo parecido a lo que me había pasado a mí con mis viejos, pero como lo veía despuntar para otros lados, me agarró totalmente desprevenido.

¿Y qué le dijiste?

Para mí lo último que tiene que tener un chico a esa edad es presiones para decidir qué va a hacer el resto de su vida. Tiene que permitirse el atrevimiento de investigarse y buscar lo más difícil de todo: qué es lo que te podría hacer feliz. Le dije que me parecía fantástico, que no tenía ninguna presión de mi parte. "Probá y te vas a ir dando cuenta si te gusta", le dije. Con todo el temor del mundo. Como viejo conocedor de otras experiencias, yo sabía que una cosa es una pretensión y otra descubrir que efectivamente tenés una vocación y caja de herramientas para desarrollarla. Así que fue enfrentar mis propios miedos, también. Traté de ser prudentemente estimulante, y lo primero que hizo fue anotarse en una escuela de teatro, después en la FUC para estudiar cine, paralelamente empezó a tener sus primeras experiencias, y se sentía bien, con todos los cuestionamientos lógicos que un chico se hace. Primero te sentís un perro. Yo me siento un perro aun hoy viendo algo que hice, imaginate alguien que está dando sus primeros pasos. Es inherente a la condición humana.

¿Qué era lo que más te pesaba de que siguiera tus pasos en la profesión?

Lo que más me pesaba era el arrastre del ancla del apellido porque, conociendo el paño, el universo en el que nos movemos, hay gente divina y también hay de la otra, y que no deja pasar la oportunidad de hacer sentir su veneno. Eso sí me tenía preocupado: que le hicieran pagar a él cuentas mías, por ejemplo. O que dijeran "claro, como es el hijo de". Y él afortunadamente es un tipo inteligente, y eligió un camino completamente distinto. Nunca dependió de mí, todo lo contrario: hizo todos los castings y pruebas que había que hacer, fue rebotado de muchos, aceptado en muchos otros, investigó su propia caja de herramientas lenta, prudente y conscientemente, y se hizo un camino propio.

¿Cómo fue para vos, en ese sentido, la experiencia con tus viejos?

Mi viejo no me dio ni cinco de pelota con respecto a la actuación. Nunca. No recuerdo que me haya dicho nada con respecto a ningun laburo, y vio muchos, eh. Mi vieja sí. Su energía era mucho más positiva, más mamele, y entonces era probable que exagerara algunas cosas. Pero, siendo los dos actores, la verdad es que de arranque ellos no querían que yo fuera actor. No sé qué querían que fuera, pero actor no, seguro, y eso tiene una explicación. Ellos eran dos muy buenos actores con suertes muy variadas. De golpe estaban bien porque tenían laburo los dos y de golpe se comían una mishiadura tremenda porque en un año no laburaba ninguno. Entonces es comprensible que no desearan para mí una actividad que para ellos era muy inestable, aunque la amaran y fuera su pasión. Son casos distintos lo que me pasó a mi con mis viejos y lo que le pasó (al Chino) conmigo. Además él ya se crió en un núcleo familiar donde su tía, sus abuelos, son todos actores... Mis dos sobrinos, Fausto y Antonia, también. Somos una especie de circo ambulante. El contexto además es muy distinto que el de hace 40 o 50 años. Yo iba solo a Canal 9, tenía 9 años y me iba con el libreto en el 31, me bajaba en Salguero y Las Heras y caminaba hasta Castex, y en el colectivo pasaba la letra de lo que tenía que hacer. Mis viejos no intervinieron para nada. Mi viejo nunca me dio mucha pelota en nada que tuviera que ver con algo terrenal. Nada. Era muy raro. Él se encargó de romperme la cabeza con otras cosas: un marco de libertad en el pensamiento, no seguir la corriente de nadie, tratar de tener tu propia posición, investigar y no dejarte atropellar por el tsunami. El tipo tenía una obsesión con respecto a mí y a mis hermanas que pasaba mucho más por lo espiritual y psíquico que por lo fáctico, lo palpable, lo material. Era un tipo muy especial. Mi vieja no. Era voladora, como toda actriz, pero era muy terrenal, era la que se ponía la familia al hombro. Mi viejo era demasiado volador. Era piloto, de hecho, instructor de vuelo a vela, paracaidista.

¿Te enseñó algo de eso a vos?

No, volé mucho con él cuando era chico, pero tampoco me influenció en ese sentido; él no te influenciaba en nada, no te bajaba línea. Sí era muy capaz de seguirte y acompañarte, pero no intervenía. Ojala yo fuera así. Yo soy bastante más metido. Muy metido.

¿Y el Chino te para el carro cuando te metés?

Seee. El Chino es tremendo. Tiene mucha claridad, y somos del mismo signo zodiacal. Tenemos 10 de handicap para la discusión permanente. Ahora ya nos reímos de eso, pero tuvimos períodos... La adolescencia ni hablar. Es un discutidor profesional. Y si esta convencido de que tiene razón, olvidate, tomate unas vacaciones... Es tipo doberman. Muerde y hasta que no arranca el pedazo no abre la boca. Su hermana, Clara, también. Y yo también. Es un núcleo familiar bastante discutidor, en el que cuesta mucho imponer tu pensamiento a los demás, lo que nos da una gran gimnasia. Es más divertido, no hay una hegemonía. Como si eso fuera poco, como si lo hubiéramos necesitado tipo vacuna, al tener dentro de la familia un tipo de exposición pública tan elevada como es el caso mío, siempre tratamos de... Siempre tuvimos al personaje muy encadenado a tierra. Como diciendo "vení para acá, ¿quién te creés que sos?". Eso se transformó en una especie de humorada interna permanente de la que me cuesta despegar hoy en dia, porque ahora ya se fueron a la mierda y nada de lo que yo digo sirve para algo, todo es cuestionado. Pero la culpa es mía.

El Chino parece un tipo muy centrado y correcto. Vos a esa edad eras más...

Yo era un tarambana. Yo soy un tarambana, lo que pasa es que ahora estoy viejo. Entonces los médicos te recomiendan: "No sea tan tarambana, señor, es un hombre grande". Pero yo era un... un gil. Tuve una sola cosa balsámica, creo, y es que siempre me tomé las cosas con mucho humor, y nunca me terminé de creer nunca demasiado nada. Cuando estás desde chiquito en un determinado universo conocés los personajes que intervienen, y sabés que el que hoy te dice que sos un fenómeno mañana va a decir que sos un imbécil. Traté de no abrazarme demasiado a nada ni creerme ninguna, y tomármelo todo con humor. Ese humor me ayudó mucho. No es premeditado. Yo soy así, soy un tarambana. Un saltimbanqui. Soy un tarambana que ha sido obligado muchas veces a tomarse las cosas en serio, lo cual es un problema bastante grande.

¿Tuviste que tomarte en serio cuando empezó a rodearte esa capa de... prestigio?

El prestigio es una estupidez. En el mejor de los casos, cuando te acercás a lo que te gusta, a lo que te hace feliz, tenés más posibilidades de que tus capacidades se amplíen. Yo, por ejemplo, antes de empezar a hacer cine con cierta noción de cómo funciona un actor dentro de cierta metodología aplicada al cine, había hecho 30 películas, y no tenía la más puta idea de qué estaban hablando. Era todo así nomás, y hay edades en las que lo único que querés es terminar rápido para ir a encontrarte con amigos, con tu novia o ir a jugar al fútbol. Lo que pasa es que, al no tener una formación académica, a mí me funcionó mucho la cancha, el territorio, es decir, yo trabajé mucho. Siempre mucho. Radio, cine, televisión, publicidad, teatro, salía de un lado y me iba corriendo al otro. Algo bueno me tenía que quedar de tanta payasada que hice, de toda esa gimnasia. Pero la verdad es que no me sentía muuuy feliz con lo que hacía. De hecho hice algunas telenovelas donde me daba vergüenza lo que tenía que decir, y lamentablemente hoy reconozco que eso se nota, por mucho que lo quieras enmascarar. A pesar de haber trabajado con tipos muy serios en ese terreno, como (Alberto) Migré. Migré era un obseso del laburo impresionante, era como para aprender más de él, pero yo era muy pendejo, tenía 16 años, entonces me cagaba de risa de todos, amparado en que todos eran amigos de mis viejos: eh, Ricardito, dejalo... Pero me echaban de todos lados. Migré me debe haber echado quince veces.

¿De verdad?

Sí, sí, me echaba. Y al otro día me llamaban y volvía. Llegaba tarde. Llegar tarde es una desvalorización del otro, y eso enoja, agrede, pero como era un pendejo irreverente, un tarambana, decían "pero es buen pibe". Eso me duró bastante, más allá de los 16, pero un buen día, mágicamente, se me alinearon un poco los planetas, de la mano de algunos amigos que me avivaron. Me dijeron "vení, ves, esta es la cámara, este es el campo, este es el cuadro, esto que está ocurriendo acá adelante es una cosa, lo que ocurre detrás es otra". El primero fue Alberto Lecchi, que me desasnó. Tuvo la generosidad de mostrarme el detrás de cámara. Empecé a entender cosas sobre las que no tenía ni la más ligera sospecha. Empecé a tomar el trabajo mucho más seriamente. Y tuve la gran suerte de que fui invitado a hacer cosas que estaban bien, con buenos libros, buenos personajes. Yo siempre me encontré con gente que confió en mí a pesar de mi estupidez. Así fue.

¿Esa metodología aprendida se la trasladás al Chino?

No, porque con el Chino hay que tener mucho cuidado. Es bastante autodidacta, y como buen autodidacta tiene sus propios estatutos. Yo soy bastante pesado con esas cosas, y con él traté de ser más cuidadoso. En el rodaje (de La odisea de los giles) fue más difícil y él me cortó las patas enseguida, porque se la vio venir. Teníamos varias escenas juntos y... Yo no sé qué opina él de mí. Sé lo que opina de mí como persona, como padre, pero no sé qué piensa él de mí como actor. Teníamos la responsabilidad de hacer de padre e hijo en situaciones ásperas, y creo que me pesó más a mí, por defecto profesional, el trabajar juntos. Yo me ponía en el lugar de él y decía "qué plomo deber ser tener que trabajar con tu viejo, encima todos creen que es un fenómeno y vos sabés que es un rompepelotas". Me hice un poco cargo de eso, pero como suele ocurrir en estas relaciones, donde de pronto te ves siendo exageradamente prudente, de golpe me metía en un par de cositas. Un día me frenó en seco y me dijo: "Eso no está a cargo tuyo. Es mi responsabilidad". Me cortó las patas en el aire. Pero somos así también en la vida real. Y también nos reímos mucho, porque en nuestro núcleo familiar siempre nos hemos reído mucho, y tenemos una capacidad de burla muy grande. Es una fluidez que ayuda, incluso para decirse las cosas más duras, llegado el caso. Somos medio inofendibles.

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