¿Qué había antes de los baldes gigantescos y los nachos? Un repaso a través de las golosinas del pasado
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Comienza el invierno. Y en los cines ofrecen pochoclos y nachos para comer. Y también en otoño. Y en primavera. Y en verano. El menú del cine, de cines que en general están a varios pasillos y metros de la calle y que se parecen mucho entre sí, se ha vuelto homogéneo. Y no solo en las estaciones, también en el consumo: "No se puede entrar con alimentos no comprados en el Candy Bar". ¿O el cartelito dice "adquiridos"? Puf. "Candy Bar". Más bien un mostrador con el 0,5% de la gracia de un kiosco bien puesto. Y con las pocas golosinas disponibles metidas en unos tristes estantes de vidrio. Sepan los más jóvenes que en los setenta y los ochenta, incluso hasta entrados los noventa, comer algo en el cine no era sinónimo del pochoclo. A lo sumo alguno compraba una bolsa de tamaño civilizado –no estas monstruosidades contemporáneas– de pochoclo Josecito, con opción de "sabor frutilla", o sea con un color rojo-fucsia estridente que todavía ni se llamaba flúo. Pero las estrellas de la comida en el cine eran otras: en invierno los reyes eran los chocolates. Este era famoso, y venía en varios colores (variedades): a ver si lo recuerdan.
Las decisiones sobre los chocolates eran más apasionantes que la duda entre "balde o tanque australiano de pochoclo". Se podía comer chocolate tradicional o también "aireado". Da la sensación de que el aireado fue perdiendo fans con las décadas. Y también de que el chocolate era mucho más el rey de las golosinas del kiosco que lo que es ahora. Bah, antes hacía más frío y por más meses, incluso en el cine. En invierno, en los cines de pueblo, había que estar abrigado como se estaba afuera, o sentarse cerca de las estufas, pantallas calientes que hacían ruido (hsssss), aunque menos que los ventiladores en verano.
Sentarse dentro del campo de acción del ventilador podía generar en verano el efecto no deseado de derretimiento veloz del helado, porque se vendía helado en el cine (digamos que ahora se sabe que hay gente que trafica en mochilas cuartos de helado bien cerrados para comer durante la película). De hecho, el helado se vendía adentro de la sala. El "caramerelo" –que en general manejaba precios mucho más altos que los de los kioscos– venía con una bandeja de madera en la que se distribuían en perfecto orden y filas los caramelos, los confites, los rollos de pastillas, los chocolates, los bocaditos con chocolate y otras cosas, y podía incluir un pequeño rectángulo de telgopor que tenía en general alguna opción de helado de agua con palito y sobre todo "bombón helado". El bombón helado, sin palito, de forma perfectamente regular (lo más parecido que hay hoy es el bombón de Águila) permitía aprovechar mejor el poco espacio disponible en la pequeña heladera apoyada en la bandeja de madera. Al grito de "chocolate caramelo palito bombón helado" los carameleros proveían mayor variedad y mayor felicidad dulce que los "Candy Bar". Y con muchos menos metros cuadrados de almacenaje.
Por Javier Porta Fouz
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