En la búsqueda de perpetuidad, vivió en un presente continuo; una mirada al entrevistado que compartía sus secretos sin tono de infidencia
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La conversación –fluida, siempre amable, distendida– avanza en el tono que le daba haber terminado un ensayo en el Central Park y estar en la intimidad de un restaurante veggie en el barrio del Soho neoyorquino. Mediodía de sol, de agua sin gas. Gustavo discurre, reflexiona, profundiza. Teoriza. Sobre los socios juveniles de la banda que lo acompañaba en esa gira, sobre la compañía histórica de Richard Coleman (presente desde que Soda Stereo se llamaba aún Los Estereotipos)... "No tengo edad. No siento como que tenga edad. No es que quiero ser joven todo el tiempo, no me parece que sea así."
Esa extraña quimera, tan alejada de los estereotipos rockeros de Peter Pan (no crecer) o de Bejamin Button (decrecer), pero también esquiva de la cronología inevitable (envejecer), parece haberse cristalizado en sus años de internación, en esa larga, larguísima agonía en la que fue puro presente. Un presente continuo que duró cuatro largos años. Permítanse pensarlo así: fue el mismo tiempo que pasó entre el debut de la banda en Núñez y el fin de la gira latinoamericana de su tercer disco de estudio, Signos.
En toda su carrera, Cerati fue un entrevistado dedicado, afectuoso, generoso. Solidario. Supo convidarnos, a los protagonistas y lectores de Rolling Stone, con la única sesión de fotos del regreso de Soda Stereo, un encuentro de alta intensidad reflejado en el cuero y los chupines. Y el abrazo de tres. Mereció el título elocuente: ¡HISTÓRICO!
Además de su talento, Gustavo sabía compartir sus secretos –estaba entrenado en eso– sin estridencias ni tono de infidencia. Gracias a él podemos reconstruir el trazo detrás de su trama compositiva. Esa que alguna otra vez, nos detalló al pasar, garabateaba desde la juventud en su "Cuaderno Gustavo": un dispositivo móvil, portable y analógico en el que anotaba sus ideas; un borrador de hits, un cadáver exquisito de retazos, palabras, frases.
Sus letras dejan ver de manera explícita el modo en que abandona las obsesiones iniciales de la estrella juvenil, sus fantasías de bestia pop, tan ochentosas, tan de época, tan esdrújulas (anoten en orden, sus primeras canciones: el jet-set, lo dietético, la sobredosis catódica) para empeñarse en su desarticulada teoría del tiempo, en la cirugía del instante (recurrente en "Persiana americana", "Corazón delator", "Crimen"). De alguna manera, entabló un diálogo con la obra de Luis Alberto Spinetta y hasta corrigió con "Siempre es hoy" la idea de "mañana es mejor", del clásico Artaud. Y si ése fue su mantra final, "Ahora es nunca" (compuesto con Cecilia Amenábar para Amor amarillo) es el nirvana del afecto. La búsqueda de perpetuidad, finalmente, expresada de un nuevo modo por el artista del tiempo presente, sin tiempo, sin edad.
Por Ernesto Martelli
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