Contaminación, caos de transito, sedentarismo, escasez de petróleo. ¿Hay alguna forma de combatir todo eso? Cada dia, el silencioso ejército de ciclistas sale a la ca lle y propone una forma distinta de entender la ciudad y el tiempo.
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Con los tres rodados como armas evidentes y una secreta en la mochila de Miguel, alimos a buscar ciclistas con su amigo Santiago desde Villa Crespo. Es una tarde algo fresca, signada por violentas ráfagas de viento, y pese a algunos chaparrones, las ruedas encuentran los adoquines de la calle Darwin secos, lavados, brillantes. "El agua se escurre entre sus grietas y el viento ayuda a que se sequen, sentí cómo levanta olor a árboles mojados", dice Santiago pedaleando su playera amarilla.
Miguel cumplió 30 años hace poco y la novia le regaló una remera estampada en tela con el dibujo de una antigua y hermosa bicicleta de paseo, en reconocimiento no sólo a los dieciséis años que lleva usando la bici como medio de transporte cotidiano, sino al énfasis de identidad ciclística plasmado en el arma secreta que fabricó el año pasado y lleva en la mochila mientras conversa con Santiago (docente y periodista, 36 años y cinco de ciclista urbano). Fluyen por Darwin con tal continuidad y elegancia que dan la impresión de que la calle estuviera inclinada, pero las piernas acusan el esfuerzo. Miguel, que pedalea con las manos juntas en posición como de rezo, deslizándose erguido con una paz monástica, aminora la velocidad para ponerse junto a mí, sin mostrar mayor atención al tránsito. Pero aclara que "en bici aprendés a sostener una concentración sin centro". "A mí –dice– creo que lo que más me gusta es que al ir por el exterior del espacio público, siento una mayor convivencia en la calle. En el auto ni ves quién va; la bici no se puede polarizar." Un ventarrón sacude las copas de los árboles y lo salpican de gotas relucientes, pero él ni se mosquea. El arma va bien guardada en la mochila.
"En Buenos Aires se hacen en bici alrededor de 100 mil viajes por día, o sea, sin contar los usos deportivos y recreativos", calcula Pablo Failde, legislador porteño (Frente para la Victoria) autor del proyecto de Ley de Uso de la Bicicleta como transporte público, un sistema similar al que se impuso en muchas ciudades europeas y que hoy está en proceso de reglamentación por el Ejecutivo machista.
Detrás de la figura semi canónica de nuestros campeones olímpicos Pérez / Curuchet, el ciclismo tiene evidentes argumentos ecológicos, cardíacos y espaciales, además de su casi nula posibilidad de matar. En una ciudad sobrepasada de autos, de humo, de bocinazos que liman el ánimo colectivo, donde los cuerpos humanos suelen padecer un sedentarismo letal, transportarse en bicicleta es sano desde cualquier punto de vista. Sentido común. Pero el ciclismo, muestran muchos como Miguel Burkart y Santiago García, no sólo responde a una serie de virtudes preexistentes: produce un pensamiento propio sobre uno mismo y sobre la ciudad, un pensamiento que no es discurso sino hallazgo del cuerpo al calor de la tracción a sangre.
Esa perspectiva urbana propia del ciclismo es la que, el año pasado, Burkart, psicólogo infantil de profesión, decidió aprovechar. Se compró un casco, pero no por seguridad: lo llevó a un mecánico y le pidió que lo reformara armándole un dispositivo para encajar una cámara de video que se había comprado especialmente para que filmara, en igual sentido y a diez centímetros de distancia, lo mismo que veían sus ojos mientras iba en bici. "Estoy haciendo un documental sobre los flujos urbanos vistos desde la bicicleta", cuenta, y hoy salimos a registrar a sus pares en el heroico pedaleo por la jungla de cemento.
"Uno de aquellos días en que Buenos Aires estuvo llena de humo [por la quema de pastizales en el Delta], salí a la mañana con el casco por la avenida Corrientes, desde Juan B. Justo hasta Medrano. Llevé un cartel en la mano donde había escrito de un lado ‘¿Ciudad en llamas?’ y del otro ‘¿Dónde está el asadito?’. Algunos se cagaban de risa en medio del humo, otros tenían una cara de resignación tremenda; el mejor fue el chofer de un camión con doble acoplado, que sacó medio cuerpo por la ventana y gritó: ‘¡Mirá, hay uno que está más loco que yo!’. Otra vez me puse a hablar con un piruja por la zona de las ex bodegas Giol. Vivía en la calle hacía casi quince años, yo le caí con el casco filmando y empezó a contarme el proceso por el cual todos los barrios van queriendo parecerse a Palermo, porque, decía, la capital de Argentina ya no es Buenos Aires, es Palermo."
Ahora llegamos a Scalabrini Ortiz y la tomamos justamente en dirección a Palermo, entre el ruido constante de motores. Santiago, contemplativo como si sus pupilas fueran agujeros negros, señala que ahora huele a humo y que el asfalto todavía está mojado por acá. Miguel dice que vayamos hasta Córdoba para pelar el casco; hacemos estas cuadras en subida sin hablar. Veo que el gesto de ambos se torna más adusto. "Prefiero toda la vida sufrir el humo –dice luego Santiago–, pero poder sentir tranquilo la gente, las casas, el viento, el cielo; el auto es un microclima cerrado." Es decir que la cara de sufrimiento que suele verse en los ciclistas es la cara del roce con lo real, y si la dicha no se nota es porque –como dice Solari– no siempre es una cosa alegre.
El casco de ciclista es de por sí vistoso y con la cámara llama bastante la atención. Parados en la esquina de Córdoba se lo pone, y ahora la inclinación a favor nos lleva sola. "En bici te das cuenta de que la ciudad es mucho menos plana de lo que se piensa –dice Migue–: te hacés un mapa en tres dimensiones." Claro: la nafta nos insensibiliza frente a las inclinaciones del suelo urbano. En bicicleta el cuerpo vuelve a ser la medida de las cosas. Miguel gira la cabeza como faro cuando por enfrente van ciclistas en sentido opuesto; también nos pasan varios en nuestro mismo sentido. Recién cuando el semáforo nos frena en Soler (nuevamente cuesta arriba), quedamos junto a un tipo flaco, de baja estatura, que espera con una mountain bike azul entre las piernas y un bolso de mensajero que sobresale bajo el impermeable negro. Usa un casco plateado y mira el de Miguel con una cara de no poder creerlo: "¿Vos estás filmando?".
"Estamos registrando el ciclismo urbano..."
"¡Uh, qué bueno! Nosotros somos los que menos daño hacemos y los que más riesgo corremos. Yo hace poco trabajo con la bici, pero la uso para andar desde hace un montón", dice José María, de 40 años, mensajero desde que hace seis meses su mujer, cesanteada, lo reemplazó en el kiosco que tienen en el frente de su casa en Villa Luro. "Es mía la bici. Algunas mensajerías la ponen ellos, pero es muy escaso, casi siempre es del trabajador. Son seis horas, me gusta la calle, voy tranquilo, puedo pensar, es una extensión del cuerpo la bicicleta. Tengo una hija de 4 años, Sofía, y cuido mi seguridad", cuenta. Acepta gustoso que lo acompañemos en su recorrido, tiene que volver al centro así que doblamos en Paraguay a la derecha. Voy a la par de Miguel, que filma a Santiago conversarndo con José María, quien trabaja con parsimonia mientras le pasan finito los bondis y autos calcinantes a los que luego, cuando se detienen en masa por el semáforo, los ciclistas traspasan escabulléndose por los huecos, ágiles saetas orgánicas.
"Y fuera del uso laboral, ¿qué es lo que más te gusta de la bici?", pregunta Burkart. "Me gusta andar, tomar aire, ahorro plata y aparte te hace bien el ejercicio, te lava la cabeza por dentro. Tendrían que apoyarla, para mí pone a la gente en otra sintonía." Miguel asiente con su aire robocopesco. Paraguay y Callao. Santiago, el más transpirado de los cuatro, nos propone a Miguel y a mí volver en dirección opuesta al centro. Son casi las cinco y está por arreciar el tránsito. José María nos desea suerte y estrecha la diestra uno por uno, todos con las bicis entre las piernas parados sobre el asfalto mojado. Sigo a Miguel y Santiago que retoman por Marcelo T. de Alvear junto al cordón izquierdo, la mano rápida, tal vez porque la prefieren a la constancia de los colectivos en la derecha. Los veo como hormigas ligeras entre toneladas de fierros mecanizados que vuelan y luego se atascan. El semáforo nos detiene en la esquina de Uriburu, donde de pronto oímos: "¡Qué grosso!", y veo que una pareja se acerca a Miguel con sonrisas de cara entera. "¿Es una cámara eso? ¡Quiero ver lo que sale de ahí!", exclama el pibe.
Se llaman Martín y Flavia, y nos dicen que justo iban a buscar sus bicis, y se entusiasman mucho cuando Miguel les cuenta que salió a filmar especialmente ciclistas: Martín declaró ser "fanático ciclista", y momentos después no es él sino Flavio quien grita: "¡Hola, Flaca hermosa!". Se dirige a su bicicleta de paseo, inglesa y antigua. La adora especialmente porque, cuenta, su hermano mayor la encontró en la calle y se la regaló. "La Flaca es lo más, si estoy bien salgo con la Flaca de paseo, si estoy mal salgo con la Flaca a cambiar la energía, es lo más", dice esta estudiante de Sociología de 24 años que vive con Martín –ya licenciado y aspirante a becario–, de 27, en Florida, zona norte. Es Santiago quien más se entusiasma con acompañarlos en el tren: "El furgón –sentencia– es el lugar más propio de los ciclistas en la ciudad".
El grupo espera en el andén de estación Carranza cuando el sol de la tarde empieza a despedirse. El tren llega bastante lleno y "hay que buscar rápido el furgón". Las puertas se abren amplias y entramos los cinco tras otro ciclista que esperaba. Adentro ya hay cinco personas e igual cantidad de bicicletas apoyadas sin que se pueda distinguir cuál es de quién. Agregamos las nuestras una a una al pilón mayor, nos acomodamos en la caja metálica que nos mece con su vaivén de traca traca. Nadie habla, varios miran el exterior: atravesamos la ciudad como tiro. Una chica alta, de pie junto a la puerta opuesta, es la primera de los que ya estaban en quedarse colgada en el artefacto que cubre la cabeza burkartiana. Tiene pelo corto con varios dreadlocks largos desde la nuca, lleva un casco bajo el brazo. Sonríe, y Martín le cuenta de la cámara, de nuestra "misión" y lo felicita por el casco: "Nosotros deberíamos usar también", dice por él y Flavia, quien dice que sí, pero que "es incómodo". La chica dice: "Te acostumbrás y después vas más tranquila. Los autos ven el casco y se rescatan un toque, es como que se acuerdan que te pueden hacer mierda. Genera una onda el casco; yo varias veces pasé fumando porrito delante de policías sin que se dieran cuenta, está el casco y ya no te vigilan", cuenta esta chica con espontánea confianza y todos reímos mientras, afuera, el cielo ennegrece y la luz eléctrica se multiplica.
"¿Cuánto miedo tienen?", pregunto a todos; Martín se adelanta:
"Yo sé que me puede matar un colectivo cualquier día –el resto asiente acompañando–. La otra vez un 39 me arrinconó contra la derecha, para llegar rápido a la parada, y caí contra unas vallas de madera que había. No me pasó nada pero no lo podía creer, me le acerqué en el semáforo y le pregunté si lo había hecho a propósito, si no se daba cuenta de que podía matar a alguien. El hijo de puta me discutía y me calenté hasta que una pasajera saltó a defenderme; con eso me fui tranquilo, no te podés montar a la locura de los locos, algunos es como que necesitan contagiar, compartir su locura. Igual, así como algunos manejando te ven como un estorbo, están los que te dejan pasar, esperan para doblar, te ven y bajan un cambio", asegura Martín.
En países donde la cultura ciclística está más asentada, los datos arrojados desmienten la idea de que la bicicleta es un medio de transporte más peligroso. Un estudio realizado en Dinamarca indica que las personas que van a trabajar pedaleando corren un 35 por ciento menos de riesgo de morir en el trayecto que las que utilizan cualquier otro medio de transporte. Los ciclistas, es cierto, introducen otra velocidad en el tránsito urbano. Puede vérselos como estorbo o como ofrecimiento: ir en bici es una propuesta pública de tiempo. Para los ciclistas, esa temporalidad montada en bicicleta ya es una abstención activa, una sustracción íntima al tiempo digital promocionado, a esa manía de estar siempre en otro lado. Es una resistencia al parámetro temporal mercantil. Una resistencia trabajada con sudor y riesgo de sangre. En la calle, por ahora, los ciclistas valen menos que la ilusión de velocidad, pero ellos se empecinan en vivir como quieren que sea el mundo aunque el mundo dificulte ese modo de vivir, en una especie de militancia que le hace el aguante –en el campo de las representaciones de lo posible– a un modo alternativo de sentir el tiempo, la distancia, la vida en la ciudad.
La ley de bicing
El "bicing" es ley porteña desde diciembre de 2007 y su implementación depende del Ejecutivo. Inspirado en los modelos parisino, londinense, sobre todo barcelonés, es un sistema de bicicletas públicas que el usuario toma en una "base" y deja en otra. "Funciona con un registro de abonados que retiran y dejan las bicis en las bases con una tarjeta magnética que los identifica", cuenta el autor del proyecto, el diputado Pablo Failde, quien va diariamente a la Legislatura en bici. El GCBA recibió una donación de 500 mil dólares del BID para las investigaciones previas para el buen diseño de las medidas, informa el director general de Transporte de la Ciudad, Guillermo Krantzer. No sabe cuándo, pero sí que "la primera fase tendrá unas cuatrocientas bicicletas y unas veinticinco bases entre Plaza Italia y Plaza de Mayo, pasando por Retiro y por Puerto Madero, porque aunque el objetivo es el uso público masivo, los turistas, muchos de culturas más habituadas al ciclismo, pueden apalancarlo. Veremos qué pasa y luego cómo seguir. Apostamos a reducir a mediano plazo la cantidad de autos en el tránsito".
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