Del britpop a la reinvención de Blur, la vida extra del melancólico que vio el futuro
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Por Pablo Plotkin
A las 9 de la mañana, después de comer su porridge y entrenar en el parque, Damon Albarn camina hasta esta calle tranquila y algo desolada de West London y se pone a trabajar. Es un barrio donde predominan las construcciones de ladrillos rojos encastradas en secuencias perfectas, con los canteros saturados de flores del fin del verano, el olor a comida india que sale de un par de ventanas, el ritmo mecánico de los obreros en los galpones y el zumbido estático del tránsito de la autopista Westway. Ubicado frente a una iglesia evangélica chiquita y pintoresca, el estudio de Albarn podría pasar por una fábrica de repuestos para autos, con un portón de hierro color óxido y un viejo cartel publicitario heredado de los antiguos explotadores de la propiedad. No hay ninguna pista en esta fachada que indique que estamos en el laboratorio de uno de los músicos más prolíficos e innovadores de las últimas décadas, el ideólogo del Britpop que en los 2000 se reinventó como artista todoterreno, capaz de escribir una ópera sobre el alquimista de la reina Isabel, grabar un álbum en su iPad por las rutas de Estados Unidos, componer un musical psicodélico o lanzar uno de los grandes discos de 2015, alumbrado junto a sus tres viejos amigos durante cinco días de encierro en Hong Kong.
Quince minutos después de las diez de la mañana, Albarn se acerca con su expresión soñolienta habitual, la síntesis justa del desdén y el encanto, una dosis de complicidad distante y otra de who gives a fuck típicamente británica. Usa una camisa celeste, jeans y un par de All Star rosas tan gastadas que parecen blancas. Tiene una barba de varios días y cuando sonríe le brilla el diente de oro en el medio de la boca, dándole un aire de tapa de revista Mad o de personaje de Dickens. Después de saludar, se echa en un sillón angosto cubierto de almohadones con tapizados hindúes, al lado de una mesa ratona fabricada con un cartel de la Metropolitan Line del subte de Londres. En la entrada hay un carrusel en miniatura que parece una reliquia y, a la derecha, una foto enmarcada del prócer del soul Bobby Womack tomándose un descanso en este mismo lugar. Frente a nosotros, un viejo mapa físico del Congo belga recorta el rojo ketchup de las paredes. Todo tiene esa estética inglesa tocada por tesoros exóticos de los confines del mundo, algo que podría trasladarse a la obra del líder de Blur y Gorillaz, un conquistador romántico buscando expandir sus fronteras como el héroe de una novela de aventuras del siglo XIX.
El 24 de abril pasado, Blur lanzó su primer disco de canciones nuevas en doce años, The Magic Whip, hijo de cuarenta horas de grabación en Hong Kong, donde la banda quedó varada en 2013 luego de la suspensión del festival Tokyo Rocks. El álbum redefine la química musical de Blur como banda del siglo XXI y proyecta la visión de un mundo que cae lentamente al vacío. Pero Albarn, de 47 años, no sería capaz de detenerse a contemplar el desastre, y mucho menos a ver cómo todos sus planes sucumben ante el calendario de gira de su banda de rock de la juventud, así que esta mañana de comienzos de septiembre está poniendo a punto la segunda versión de su comedia musical, wonder.land, una adaptación de la obra de Lewis Carroll en la que una Alicia contemporánea se fuga a un universo virtual. Después de debutar en julio en el Festival Internacional de Manchester con críticas regulares, Albarn corrige el score para el lanzamiento grande, que será en noviembre en el National Theatre. "El tema es que cuando lanzás una obra para un festival tenés un deadline riguroso, y terminás haciendo todo un poco a las apuradas", dice Damon como excusándose. "En este caso detecté algunos errores que había cometido. Lindos errores, de todas formas, errores positivos."
¿Cómo define él un error positivo? "Traté de combinar el sonido electrónico con el acústico y, bueno, a veces funciona y a veces no. Pero es un proceso complejo esto de intentar hacer algo que sea cool y a la vez... populista. No es un maridaje sencillo. Es fácil hacer algo que tenga un impacto popular inmediato, y que no se sostenga porque no está bueno, y también es fácil hacer algo que sea simplemente cool y que no tenga pretensiones comerciales. La combinación más difícil es hacer algo que sea a la vez cool y popular. Este relanzamiento tiene que ser necesariamente mejor, porque está programado para 90 funciones. No puede ser mediocre."
Esa comunión entre lo cool y lo popular parece ser un principio ordenador de la carrera de Albarn. Mientras afronta con Blur la última parte de la gira de The Magic Whip, que este mes lo trae a Córdoba (el 10, tocan en la Plaza de la Música) y Buenos Aires (el 11, en Tecnópolis), el cantante empieza a grabar el nuevo álbum de Gorillaz, la banda virtual con la que conquistó por segunda vez el mundo. Si el primer gran golpe de Damon consistió en devolverle la autoestima al rock inglés con una relectura fresca de la tradición musical y estética del Reino Unido, el segundo fue la invisibilización de su persona en la galaxia animada de Gorillaz, la plataforma que diseñó con el dibujante Jamie Hewlett y que inauguró el pop inteligente del nuevo milenio. "Me tengo que meter en eso ya", dice mientras se frota los ojos azules en una especie de despertar cíclico. "Estoy empezando a bocetar algunas cosas, pero primero necesito terminar los arreglos del musical."
Cuando entramos en la zona de trabajo propiamente dicha, donde destacan un arpa, una docena de teclados, instrumentos africanos, una escultura de cerámica blanca de Mao con un búho adosado y un ingeniero de sonido de guardia, Damon explica su dinámica creativa. "Escribo música solo. En el caso de wonder.land, lo voy componiendo en el piano. Gorillaz es diferente, porque es algo más ecléctico, netamente de estudio. Va a ser un disco de confección rápida. Armo el álbum entero, escribo las canciones y después llamo a los invitados y lo pongo a punto."
Albarn elige trabajar de esto todos los días. Mientras está en Londres, cumple prácticamente un horario de oficina. Es metódico, ambicioso y perfeccionista, y podría ser definido como un adicto al trabajo, pero es capaz de cortar lo que sea que esté haciendo cuando se cumple la jornada laboral. "Lo mío es de 9 a 5, cinco días a la semana", dice mientras recorremos las instalaciones.
En los dos pisos superiores hay más salas de ensayo y estudios de alquiler. Desembocamos en una terraza desde la que se ve la autopista inmortalizada en el clásico de Blur de 1993 "For Tomorrow" y en el melancólico single de 2012 "Under the Westway". Las vías de la Circle Line también sobrevuelan los techos bajos de la zona de Latimer Road. Acá los artistas hacen estrenos íntimos del material que acaban de grabar. Hay un enorme mural con retratos en stencil de todos los que pasaron por el lugar: Sam Smith, Lily Allen, De La Soul, Snoop Dogg, Bobby Womack, The Horrors, Disclosure, Erykah Badu y hasta Noel Gallagher, su antiguo archienemigo durante la guerra sucia del Britpop. "Me gusta venir a trabajar y saber que en los distintos ambientes hay gente haciendo música hermosa", dice Damon. "Es estimulante."
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Dos días después, Blur cierra la segunda de las tres jornadas de Electric Picnic, un magnífico festival irlandés que se celebra desde 2004 en el condado de Laois (se pronuncia lish), a unos cien kilómetros de Dublín. Todavía estamos en verano en el hemisferio norte, pero la noche acá es bastante fría. En el cierre del show, a la una y cuarto de la mañana, Damon trepa el leitmotiv orquestal de "The Universal", el himno de The Great Escape que habla sobre un futuro que fue vendido y satélites que monitorean las casas. En este confín rural, ante unas 40 mil personas –adolescentes, veinteañeros y treintañeros que se conectan de maneras distintas con las canciones; algunos no habían nacido cuando explotó Blur, para otros fue el soundtrack de sus glory days–, Albarn proyecta el aura triunfal de la vigencia: una estrella de rock de los 90 que logró trascender su época y sus propias debilidades.
El show había comenzado casi dos horas antes, con el escenario vacío y el sonido mecánico y nostálgico de la caja de música de un antiguo vendedor de helados: melodías clásicas como la de "O sole mio" se sucedían mientras dos cucuruchos se iluminaban y cambiaban de color en el telón de fondo, a la vez que tres bolas de espejos enmarcadas en diseños orientales giraban en el centro de la escena. Finalmente, las notas de "Ice Cream Man", en un tintineo elemental y sugestivo, dieron paso a la banda, que conectó sus dos décadas y media de vida (interrupciones incluidas) con "Go Out", uno de los momentos más energéticos de The Magic Whip, y "There’s No Other Way", el primer gran hit de Blur, cuando todavía sonaban como aprendices sureños de la escena Madchester. Leisure, el disco debut de 1991 que contenía esa canción, fue producto de un contrato exprés que firmaron cuando todavía eran cachorros del Goldsmiths College. "Gracias a Dios en esa época podías hacer un disco no muy bueno y que no te descartaran de inmediato", diría Albarn años después.
Pero hay un par de canciones de Leisure que todavía suenan bien, en especial en las versiones preliminares de los ensayos, algunas de ellas filtradas en Internet, de 1988 o 1989, cuando todavía se llamaban Seymour por el personaje de J.D. Salinger. A todo el mundo le gustan las historias de amistad conflictiva con final feliz, y eso es lo que proyectan hoy los miembros de Blur, fundamentalmente Albarn y el guitarrista Graham Coxon, protagonistas de un viaje que empezó el día de 1980 en que un Damon de 12 años se acercó al tímido Graham en una escuela de Colchester, le señaló despectivamente sus botitas mod y le dijo: "Tus zapatos son una mierda, hermano; mirá los míos, los míos son los correctos".
La historia de Blur es la historia de esa fricción romántica, y también la de una banda de cuatro caracteres definidos y respetables. No hay uno que sea el tonto del grupo. La base rítmica es una de las más sólidas y personales que dio el rock británico de esta época: el baterista Dave Rowntree, que hace una década experimentó una suerte de "crisis de los 30 al revés" y se dedicó a ejercer como abogado penal y a militar en el Partido Laborista. El bajista Alex James, el smoking man fiestero que después de la primera gran crisis de Blur empezó a criar hijos en serie (tiene cinco) y a producir quesos en su granja. Coxon, el nerd que se volvió alcohólico en los años de fama, el que no pudo con el circo del rock ni con el liderazgo despótico de Albarn, el que dejó la banda para grabar discos lo-fi. Cada uno tuvo su vida fuera de Blur, y lo que aparece en el escenario cuando se reúnen es la combustión madura de cuatro personalidades autónomas.
"Qué banda de genios locos, eclécticos y únicos son los Blur", publicó The Irish Times en su reseña del show en Laois. "Tienen sonidos para ser varias bandas diferentes, todas viables. Nunca se trató en verdad de Blur vs. Oasis: siempre fue Blur vs. Blur."
* * *

La historia cuenta que Damon Albarn "inventó" el Britpop mientras giraba por Estados Unidos en 1992, un tour demencial que buscaba cubrir la deuda de 60 mil libras esterlinas que pesaba sobre la banda. Era la explosión del grunge, Seattle se había convertido en el centro del mundo y todo parecía sonar y lucir absolutamente americano. Albarn ideó una alternativa: retomar el manual de estilo de los Kinks y presentar una revisión cínica del imaginario estético y social del Reino Unido. Ese plan derivó en tres discos clásicos lanzados entre el 93 y el 95 (Modern Life Is Rubbish, Parklife y The Great Escape) y en el ascenso de una escena dominada por el contrapunto entre Blur, los chicos universitarios de Londres, y Oasis, los hijos de la clase trabajadora de Manchester. La disputa mediática, que tuvo a Albarn y a Noel Gallagher como principales ideólogos, hizo cumbre el día de 1995 en que los dos lanzaron sus nuevos singles en simultáneo, para ver quién vendía más y se quedaba con la corona. "Country House" de Blur se impuso sobre "Roll With It" por unas 50 mil copias, pero a la larga sería una victoria pírrica. Por esos días, la afectación altisonante de Albarn, su visión satírica y a la vez posesiva de la cultura inglesa empezó a caer ante el populismo melódico y la simpleza emocional de los Gallagher. Como cuenta Damon, no importaba por qué calle de Londres caminara, siempre alguien abría una ventana y le ponía un tema de Oasis a todo volumen. "Pasamos de ser la banda más cool de Inglaterra a la más uncool en un solo single", dice Alex James en el documental No Distance Left to Run (2010).
De esa manera, el padre del Britpop se convirtió en su primera gran víctima, pero fue una crisis personal que impulsó la reinvención del grupo. A partir de ahí vendrían dos discos diferentes, irregulares y sustanciosos (Blur y 13) que capturaban una caída múltiple: el desmoronamiento del grupo, los ataques de pánico del frontman y finalmente su separación de Justine Frischmann, la cantante de Elastica con la que habían formado la pareja real del nuevo rock.
En ese contexto ocurrió el primer desembarco de Blur en Argentina, los dos Luna Park de noviembre de 1999. Coxon todavía estaba en la banda ("En esa época yo estaba muy loco", diría después) y su influencia creativa se había hecho evidente en el corrimiento hacia cierto sonido noise y también en el éxito de un tema escrito y cantado por él, "Coffee and TV". Pero básicamente ya no se soportaban. En mayo del 99 entrevisté a Coxon para Página/12. Me hablaba desde un celular primera generación mientras intentaba encontrar su auto por las calles de Londres (no se acordaba dónde lo había estacionado). Cuando le pregunté por Damon, me respondió: "El problema con él es que parece afrontar una lucha muy grande para que su música no fracase. Creo que tal vez se esfuerza demasiado por eso, cuando hacer música debería ser algo más natural. Esa es nuestra principal diferencia: él se esfuerza demasiado".
Pese a todo lo que había conseguido, uno podía percibir la insatisfacción de Albarn, la impresión física de que había sido derrotado y que el lugar que ocupaba en la industria de la música le quedaba chico. En la mañana posterior al primero de los dos shows en Buenos Aires, en el lobby del Sheraton de Retiro, Damon parecía agotado mientras recibía a la prensa. Tenía 32 años y ya no quería saber nada con varios de los viejos hits de Blur, los que lo habían llevado a ese éxito frágil, pero a la vez era un profesional ambicioso y necesitaba que sus shows fueran efectivos. Estaba claro que era el final de algo. Al año siguiente haría su primer viaje iniciático a África y dos años después lanzaría el disco debut de Gorillaz, que de la mano de "Clint Eastwood" vendería millones de copias en todo el mundo.
Coxon, en tanto, se fue alejando de Blur y renunció en noviembre de 2001 para rehabilitarse. No volvería a tener una conversación real con Albarn hasta 2008, cuando hicieron las paces y pactaron el regreso para una serie de shows excepcionales (Hyde Park, Glastonbury) que inauguró esta nueva era del grupo como la empresa de cuatro hombres capaces de disfrutar de la compañía eventual del otro, siempre y cuando cada cual pueda seguir adelante con sus cosas, ya sea la política partidaria, la elaboración de quesos o la conquista mundial del pop.
A eso podría haberse limitado el business de Blur: salir cada tanto a tocar los hits y destinar la energía creativa a sus proyectos adultos. Pero Graham Coxon, que en 2003 vio cómo los otros tres grababan un disco en Marrakech (Think Tank, que dejó la magnífica balada espacial "Out of Time"), sentía que el grupo tenía algo nuevo para decir en esta era. No quería hacer un disco retro, o de guitarras, ni siquiera un disco de rock. Tenía que ser "un álbum moderno", en el que "las melodías respiraran en diferentes atmósferas".
En noviembre de 2014, el guitarrista le dijo a Damon, jefe de Blur, que quería organizar el material de Hong Kong con la ayuda de Stephen Street, productor de la etapa imperial de la banda (93-97). En la rutina de Albarn, una secuencia infinita de deadlines, viajes y proyectos, esa grabación asiática era parte de un pasado irrecuperable. Sin embargo, le dio vía libre a su viejo amigo, que así se convirtió en el Dr. Frankenstein de The Magic Whip ("Una metáfora del control", en palabras de Albarn, que sacó el título de una caja de fuegos artificiales comprada en Islandia para el último Año Nuevo; "whip" significa "látigo" y también alude a la crema helada de la tapa).
"El hecho de que Graham tomara las riendas fue fundamental, de otra forma este disco no habría existido", dice Damon ahora. "Yo no me habría permitido el tiempo. Hay tantas cosas que quiero hacer, que siempre la idea de volver atrás me resulta..."
¿Sentís que Blur es una forma de volver atrás?
Es una sensación que a veces me viene cuando estoy en el escenario. En algún momento me surge la pregunta: ¿Es esto lo que quiero realmente? ¿Estoy posando, haciendo lo que los demás esperan de mí o estoy viviendo el momento? Pero se da esa especie de felicidad en los shows de Blur, esa conexión entre la banda y el público, que supongo que es lo que me empuja a seguir. Esa comunión con la gente es una parte importante de todo esto.
¿Cuánto de The Magic Whip ya estaba definido en Hong Kong?
Bastante, la verdad. Las melodías estaban prácticamente terminadas, así que eso no cambió demasiado. Lo que hizo Graham fue organizar el material. Y una vez que decidimos que el disco iba a tratar sobre Hong Kong, al menos de un modo extraño, escribir las letras no fue algo que me tomó demasiado tiempo.
Pero para eso hiciste un segundo viaje.
Sí, volví a Asia, esta vez con la música y las melodías.
¿Y cómo fue?
Muy interesante. Fue como volver a algo que ya había experimentado pero teniendo un soundtrack para acompañarlo, y el desafío era encontrar la forma de articular todo eso, el sentimiento que transmitía la música y las sensaciones al volver.
Hay un halo de ciencia ficción en muchas de las canciones del disco, en temas como "Pyongyang" o "Thought I Was a Spaceman". ¿Sos lector del género?
No mucho. Cuando era muy joven, algunos libros de Bradbury me provocaron un gran impacto, pero no soy un hombre de ciencia ficción. Veo alguna película del género, no mucho más que eso. De todas maneras, creo que Bradbury sí fue una influencia importante. En cuanto a la lectura en general, vengo viviendo en un mundo de no ficción durante un buen tiempo. Lo que pasa es que a veces tiene que ver con el trabajo. Cuando hice la ópera Dr Dee (2012), por ejemplo, me embarqué en un estudio sobre historia oriental, la reina Isabel, varias horas al día leyendo sobre esas cosas... Pero ahora quiero empezar a leer un poco más de ficción. Tal vez sea momento de empezar a vivir en un mundo más ficticio.
¿Solés tomar apuntes mientras viajás, para después volcarlos en las letras?
Escribo letras todo el tiempo, así que cuando tengo que hacer algo rebusco en cosas que simplemente me estaban dando vueltas en la cabeza, y las expando. Es un proceso muy fluido.
¿The Magic Whip fue una manera de cerrar el círculo de tu amistad con Graham?
Sí, creo que fue un elemento importante del proceso, la posibilidad de reconciliarnos, de entendernos, de disfrutar otra vez de la compañía del otro. Entre 2000 y 2009 hubo un espacio vacío, un agujero negro respecto de lo que realmente éramos, y de lo que significaba el uno para el otro. De algún modo grabar este disco, y la manera en que fue hecho, fue una suerte de respuesta a eso.
¿Cómo era ser Blur sin él, en tiempos de Think Tank?
No sé. En ese disco quedaron algunas cosas horribles. Si tuviera la oportunidad de grabarlo de nuevo, le sacaría toda la mierda. Más allá de eso, fue un proceso diferente pero a la vez disfrutable. Eso con respecto a la grabación. Tocar en vivo sin Graham fue otra cosa: realmente la banda había perdido sustancia. No sé… Graham es un gran músico, me gusta mucho lo que hace.
¿"My Terracotta Heart" es para él?
No es que sea directamente para él, pero creo que aparece ahí de algún modo, la relación entre dos adultos que se quieren y se reencuentran. Lo escribí a partir del sentimiento que tuve cuando dejamos Hong Kong.
Alex contó que hay un casete del primer ensayo de ustedes, y que a pesar de lo caótico que suena ya se puede identificar el sonido de Blur.
Sí, es "She’s So High", de hecho. En ese primer ensayo hicimos "She’s So High" y "Sing".
¿Cómo definirías esa energía musical que hay entre los cuatro?
Difícil de definir, la verdad. Es una especie de oposición de fuerzas. En esta última grabación Graham ha sido el manejo consciente del sonido, de alguna manera el que tomó el control. Alex hizo prácticamente lo opuesto. Dave mantuvo su estabilidad histórica. Y entre todos le dieron forma a mi sensibilidad como compositor, que en estos años ha ido progresando. No digo que sea mejor, sólo es producto de una evolución.
* * *
Albarn compró la propiedad en la que montó su base de operaciones en 2006, en la misma época en la que armó el supergrupo The Good The Bad and The Queen junto a Paul Simonon, Simon Tong y Tony Allen. "Este es mi lugar en la ciudad", dice sobre West London. "No me mudaría de esta zona."
Hasta los 9 años vivió en una casa victoriana en Leytonstone, un barrio de inmigrantes bien al este de Londres. Después sus padres se mudaron con él y su hermana Jessica a Aldham, un pueblito apacible de las afueras, donde pasó su adolescencia contenida y desarrolló su personalidad carismática, altanera y fácil para el bullying (alguna vez Damon dijo que, en los 90, Noel y Liam Gallagher le recordaban a los matones del secundario). Sus padres eran, como dice Albarn, "un producto de los años 60". La madre había sido una escenógrafa que dejó la actividad artística cuando Damon nació en 1968 y su padre, Keith Albarn, fue un gestor teatral de vanguardia (impulsor de los llamados Fun Palaces), además de mánager de la banda de jazz-rock Soft Machine y autor del libro The Language of Pattern, un estudio sobre diseño islámico. "Pero para cuando yo nací", dice Damon, "la etapa más bohemia de sus vidas había pasado, y estaban centrados en formar una familia."
¿Qué música se escuchaba en tu casa?
Jazz, blues... Mi papá escuchaba jazz viejo, de las primeras orquestas. Después para mí vino la etapa que vive todo chico, la música que te entra por la televisión y la radio. Pero la primera canción que tuvo un efecto profundo en mí fue el tema de Jacques Brel "Seasons in the Sun" ("Le moribond"), cantado por Terry Jacks. Tuvo un impacto gigante en mi vida. [Casualmente, fue el primer vinilo de 45 que se compró Kurt Cobain, nacido un año antes que Albarn, y Nirvana grabó una versión casera de este hit radial de 1974.]
El abuelo de Damon, Edward Albarn, fue un pacifista que se negó a ir al frente en la Segunda Guerra Mundial, alegando objeción de conciencia. "Eso lo convirtió en alguien increíblemente impopular, e hizo que las cosas fueran muy difíciles para él, llevándolo a un confinamiento de 20 años", dice Damon sobre su abuelo, que murió en 2002 durante una huelga de hambre. "Creo que fue su manera de dejarse morir", dice el cantante. "Había sido un tipo muy activo en la recepción de inmigrantes y refugiados, y eso me hace pensar en que todos deberíamos ser más activos en ayudar a la gente que está desesperada escapando de sus países." Esta mañana, la foto del cadáver de Aylan Kurdi, el chico sirio de 3 años que apareció ahogado en la costa de Turquía, se multiplica en la tapa de todos los diarios. "Aun cuando siempre hay un componente de sensacionalismo en las noticias, creo que es justo decir que lo que estamos viendo es un crimen humanitario que se originó en 2003, cuando Estados Unidos e Inglaterra decidieron invadir Irak. Tenemos nuestra buena responsabilidad en esto."
¿Cuál es tu mirada sobre la política británica actual?
Bueno, estoy fascinado por el crecimiento de [el candidato laborista] Jeremy Corbyn. No sé si es un modernista o un fabricante de nostalgia, no lo sé, pero parece haber salido directamente de un manifiesto laborista de 1983. Me recuerda a tipos como Michael Foot y Tony Benn, por quienes tengo un enorme aprecio, especialmente por Tony Benn, que murió el año pasado. En definitiva, yo no soy conservador, y no me gusta vivir en un país gobernado por el lado conservador de la sociedad, como ocurre en este momento.
Hace poco dijiste que siempre serías considerado un artista más bien de izquierda, porque tus canciones hablan de temas políticos o de la situación del mundo, y decías que nunca podrías escribir un hit como "Happy".
Si lo hubiera escrito yo, se llamaría "Unhappy" [sonríe]. No sé si sería un hit tan grande, ¿no?
Tu primer disco importante se llamó Modern Life Is Rubbish. Venís hablando de estas cosas desde hace bastante tiempo.
Sí, en ese disco, por ejemplo, hay varias referencias al consumo excesivo de azúcar, que no era un tópico muy sexy que digamos allá por 1993. A nadie le importaba un carajo, ¿no te parece? Pero ahora sí importa. Esa es la ventaja y desventaja de escribir sobre cosas que quizá son un poco deprimentes, aunque contienen un momentum, un impulso, porque estás hablando del futuro en cierta forma. En general yo canto sobre el futuro cercano, canto sobre cómo me imagino que se pueden dar las cosas. Así que hay una suerte de elemento distópico en mi melancolía.
¿De dónde creés que viene esa melancolía?
¿¡De dónde viene!? Bueno, tendrías que pasarte un par de semanas acá y te darías cuenta. Viene de la desolación, la lobreguez de este país, una secuencia intercalada con ratos festivos de un cielo azul brillante, pero la mayor parte del tiempo esto es una puta tristeza. Esa sería la respuesta.
Pero a la vez hay algo muy romántico en tus canciones.
¡Sí! Bueno, es lo que me salva de no ser más que un fuckin’ desdichado. Me encanta la música del siglo XIX, por ejemplo, amo a Chopin. Soy un alma romántica, y eso es lo que me mueve a hacer cosas.
* * *
En 2014, Damon Albarn publicó por primera vez un disco a su nombre. Elegido Album del Año por Rolling Stone Argentina, Everyday Robots puede verse como la tercera pieza de una tetralogía no declarada de esta etapa de su carrera, iniciada con Plastic Beach y The Fall de Gorillaz (2010/2011) y completada este año con The Magic Whip de Blur. Son discos que hablan de alienación tecnológica, contaminación, totalitarismo, rascacielos y mundos perdidos. La voz de Albarn suena por lo general intimista entre orquestaciones acústicas y electrónicas que dibujan el paisaje de un colapso global en tiempo presente.
Damon escribió Everyday Robots después de pasar unas navidades en casa de su madre, jugando casi todo el día al videogame Dark Knight con Missy, la hija adolescente que tiene con la artista Suzi Winstanley. El álbum contiene el trip autobiográfico "Hollow Ponds", en el que Albarn pasa diapositivas borrosas de su vida, y también un tema súper luminoso como "Mr. Tembo", la serenata a un elefante huérfano que conoció en un viaje por Tanzania. Para Damon la canción era un chiste grabado en su teléfono, cosas que le servían para cantar en cumpleaños infantiles, pero cuando el productor Richard Russell escuchó la grabación de entre los 60 tracks que competían por entrar al álbum, le insistió para que probara una versión de estudio.
Dos días antes de vernos en Londres, se filtró en la web un video de él en África cantándole "Mr. Tembo" al elefante en cuestión. Damon toca una guitarra acústica y el elefante lo acaricia con la trompa. El registro se viralizó y generó reacciones que fueron de la declaración de amor eterno al sarcasmo ante semejante shock glucémico. "Fue hace apenas algunas semanas. Estaba de viaje con mi hija y ella filmó una partecita con el celular. No me dijo que lo iba a subir a Instagram, pero bueno, así es como terminó dando la vuelta al mundo", dice Damon con un gesto de ligera resignación.
No la culpes, es muy tierno.
Sí, fue un momento increíblemente encantador. Y lo que no se ve en ese video es cómo él apareció de la nada. O sea, estaba comiendo detrás de la vegetación, yo empecé a cantar y de repente salió de la fronda y se acercó. Estoy seguro de que conoce la canción. La sabe.
¿Cuántos años tiene?
Tres ahora.
Parece chico.
Eso decís vos. Pongámoslo así: no va a ser chico cuando crezca.
¿Con qué frecuencia viajás a África?
Todo lo que puedo. Espero ir a Mali en enero, para dar un concierto. Y calculo que voy a hacer un disco en Soweto. O sea, voy a lugares diferentes, zonas que no conozco, porque es una experiencia increíblemente interesante, y cada vez que voy vuelvo con la cabeza volada, es enriquecedor por donde lo mires.
¿Qué efecto tuvieron esos viajes a la hora de escribir música?
Creo que tuvieron un efecto enorme. No necesariamente cuando estoy componiendo, pero sí en un montón de situaciones de la vida. Después de más de diez años de haber estado metido en una banda de rock convencional, me vi de repente tocando la melódica durante horas en un club perdido de Bamako. Fue todo un aprendizaje.
¿Y cómo te resulta ahora, después de todas esas experiencias, volver a ser el frontman de Blur?
La verdad es que ser frontman mucho no me gusta... Bueno, no es justo decir que no me gusta ser frontman. Sí que me gusta, pero es un poco extraño para mí no tocar ningún instrumento, porque en todo lo demás que hago toco instrumentos todo el tiempo. Así que hay algo raro en eso, pero está bien. Y definitivamente me mantiene en forma, porque no podría cantar canciones que escribí hace 25 años si no estuviera realmente entrenado.
¿Empezaste a entrenar más desde que reuniste a Blur?
Sí, empecé a tomarme el entrenamiento en serio hace unos siete u ocho años. Y ahora se convirtió en una cosa bastante integral. Incluso hago yoga.
¿A la mañana?
Sí, hago todo a la mañana. No le veo el sentido a hacer ejercicios a la noche. Me despierta demasiado. Me gusta dormir de noche. Así que empiezo el día con algo de yoga, boxeo, running... Y el resto del día básicamente es hacer música, cocinar, un poco de televisión, toda la lectura que le pueda exigir a mi cerebro.
¿Te acordás de tu primera visita a Argentina, en 1999?
Sí.
Era un momento completamente distinto de tu carrera. Blur se estaba desmoronando.
Sí, es una buena forma de decirlo.
Es increíble cómo se transformó tu carrera en esta década y media.
Bueno, todavía creo que podría haber hecho un montón de cosas más. Estoy considerablemente insatisfecho con mi progreso.
¿Por qué?
No sé, siempre creo que lo podría haberlo hecho mejor. Cuando sacás un disco ya está, es lo que es, no podés mejorarlo. Nunca tuve la sensación de haber hecho un disco perfecto.
¿Cuál es tu favorito?
Probablemente The Fall, de Gorillaz, que lo grabé en mi iPad. Tal vez simplemente porque me encanta la disciplina de haber grabado una canción por día, sin cambiarla después. Es un disco inacabado en muchos aspectos, que cuenta historias a través de un viaje por Estados Unidos. Desde mi punto de vista es el más inacabado de mis discos supuestamente acabados, y me gusta por esa misma razón.
¿Y qué hay de los discos clásicos de Blur?
Es difícil describirlos, la verdad. Porque hay una distancia tan grande entre aquel 1999 y este 2015.
Pero en ese 1999 ya odiabas algunas canciones de Blur.
Bueno, "odiar" es una palabra un poco fuerte.
"Country House", por ejemplo.
Digamos que me habían hinchado las pelotas. Ahora nos juntamos a ensayar y vamos probando diferentes canciones, cosas que no tocábamos hacía mucho tiempo, y la mayoría están buenísimas y es muy lindo tocarlas. Pero cuando estás haciendo un show grande, ¿realmente podés elegir esas canciones que casi nadie recuerda por sobre otras que generan semejante estado de comunión? Está bueno tener un disco nuevo porque esas canciones funcionan bajo sus propias reglas, no entran en una competencia directa con los clásicos. Pero creo que si uno sólo va a tocar lados B o canciones para entendidos, de alguna manera tiene que avisar antes y que la gente se prepare y decida pagar por eso. Es como que yo diga que voy a cantar todo el show haciendo la vertical, tocando un pequeño Casio. Bueno, el público se prepara para eso. Pero nosotros estamos haciendo shows grandes. Hay una especie de deal. Y la parte que nos toca es lograr que el espectador sienta que acaba de vivir una experiencia catártica, emocional, y que salga de ahí lleno de felicidad.
* * *
Blur cumple su parte del deal en la noche del sábado en Electric Picnic, con un Damon Albarn que alterna raptos de euforia, gestos dramáticos y pasos de comedia. La gente se dispersa hacia las pistas electrónicas y las zonas de acampe. Un rato antes, el cantante dijo sobre el escenario algo sobre lo que habíamos hablado en Londres: "¡Soy 11% irlandés!". Al proclamarlo en escena, los jóvenes de la República estallaron de fervor soberano, y Albarn levantó los brazos como un campeón de box. Sus compañeros de banda se miraron y rieron. Sus gestos parecían decir: "Es el mismo de siempre".
"Me hice un ADN", había dicho en su estudio. "Soy 11% irlandés, 14% francés, 30% escandinavo, 56% británico." La cuenta da un raro 101%, pero a quién le importa. "Y por otra parte", agregó Damon, expandiendo todo lo posible el alcance de su sangre, "sé que Albarn viene de España: de Alban. Como sea, evidentemente soy europeo, pero...". Sonrió y se golpeó los muslos, señal inequívoca de que era hora de volver a trabajar. "Nunca vamos a saber nada. Estamos perdidos", concluyó con su barítono de entrecasa, la voz perfecta para cantar sobre ese estado de "desolación intercalado con ratos de un cielo azul brillante", una frase que se podría cortar y pegar como definición insuperable para las canciones de Blur.
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