El creador de El viaje de Chihiro vuelve con otra maravilla
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No es que sea la mejor invención del subconsciente –o el motivo para un carraspeado, admirativo y fumeta ¡guauuu!–, ni un hallazgo, la idea de que un castillo de hojalata camine como un coloso errante sobre laderas de reinos imaginarios y esconda en su interior una puerta mágica y misteriosa que conduce a cualquiera de los confines de nuestra fantasía. De todos modos: a) ¿a qué clase de idiota se le ocurriría pedirle semejante empresa intelectual –"la mejor idea de todas"– a un artista (a cualquier artista) como Hayao Miyasaki el director de La princesa Mononoke (1997) y El viaje de Chihiro (2001)?; y b) sospecho que nunca tendremos la oportunidad de ser testigos de la infamia, porque cada detalle en cada película del legendario animador japonés constituye, si no la mejor idea en sí misma, al menos una gran ocurrencia. Y cuando las ocurrencias empiezan a multiplicarse como conejos, somos arrollados por el síndrome de Stendhal. Luego, arrullados por un placer directamente extático. Por último, olvidamos todo lo que sabíamos de cine antes de entrar en la sala.
Pero volvamos a los castillos.
Los castillos son inmensas moles de piedra hechas para defender territorios enclavados. Ergo, son gigantes inmóviles por definición. No caminan. ¡No deben caminar! Pero en El increíble castillo vagabundo un castillo camina. Y camina por las montañas como si éstas fueran pequeños hormigueros, chapotea sobre ríos como charcos y atraviesa bosques como pasto crecido, marcando el paso con la suspensión neumática de sus enormes garras de metal, como las que tendría un pollito cibernético irracionalmente king size que no acaba de romper su cascarón de huevo enchapado y sólo atina a asomar sus patas y darle a la caminata como un émulo galliforme de Kwai Chang Caine, igualmente descalzo.
¿Por qué una sola de las piezas que forma este puzzle de la imaginación animada ocupa casi toda esta reseña? No es porque sea el verdadero protagonista de la película: simbólicamente da lo mismo hablar del castillo vagabundo que del sufrido Calcifer, el demonio del fuego que ruega por leña para no extinguir su flama, del espantapájaros mudo y servicial que salta como resorte, del enigmático Hauru, deidad plumífera y glamorosa, o, sin ir más lejos, del inicio mismo de la película: una chica de 18 años se enamora de un mago, y una bruja, celosa del affaire contranatural, la hechiza hasta dejarla convertida en una viejita de 90.
Todo es parte de la configuración mental sabiamente afiebrada de Hayao Miyasaki, maestro Yoda del arte animado. Y qué placentero es saber que padece el estigma de los clásicos vivientes: ningún defecto será capaz ya de borrar la inmensa calidad de sus películas.
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