Aunque la cantante lo escribió antes de Éramos unos niños, se edita por primera vez en el país este compilado de poemas que reflejan, también, la intensidad de su vínculo con Robert Mapplethorpe; bajate un extracto
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"¿Adónde conduce todo? ¿En qué nos convertiremos? Aquellas eran nuestras preguntas de juventud, y el tiempo nos reveló las respuestas.
Conduce al otro. Nos convertiremos en nosotros"
Es válido citar a Patti Smith para hablar de Patti Smith; recurrir, para trazar el mapa de su infinita experiencia, a sus propias palabras, a su música, su literatura y su arte. Su capacidad de expresarse, su victoria perfecta en la difícil empresa de transformar sentimientos acaso inefables en efectivas sucesiones de notas, letras y versos, la profunda sabiduría destilada por cada uno de sus movimientos, su obra, complica la tarea de definirla a través de nuestros ojos: cómo atrevernos. Con Éramos unos niños, el libro que editó durante 2010 narrando principalmente la historia de su relación con Robert Mapplethorpe, pero también capturando el zeitgeist de la Nueva York de los 70 y el desarrollo de sus respectivas carreras artísticas, Patti convierte ese silencio forzado por el respeto a su figura en la muda adoración de los que creen en un Dios. Era obvio, la tinta divina con la que dio nacimiento a las piezas literarias que luego musicalizó y continúa musicalizando (escuchar sino, el reciente Banga, su álbum número once) no perdería sus atributos mágicos en la prosa; pero además, la novela, indiscutible éxito en el círculo literario internacional (fue premiada con el National Book Award), cumple con intensidad superior uno de los objetivos primordiales de la lectura: emociona hasta las lágrimas. Y es su motivación sincera, el verdadero amor hacia su compañero del alma y su pérdida física, la que permite que esa intención –triste, quizás, pero también esperanzadora- atraviese las páginas y nos demuela por dentro. La misma motivación pura que la llevó a escribir, casi quince años antes, El mar de Coral (1996), libro que Lumen acaba de recuperar y editar en nuestro país. El amor eterno por Robert, la transmisión de un mensaje tan sencillo (o naif, para los incrédulos, los falsos estoicos) como necesario: nada podrá quebrantar el lazo invisible que une a dos predestinados que se aman con locura, con franqueza, con perdón y con dolor, con la más indestructible de las pasiones, ni siquiera la muerte.
Robert murió de SIDA en 1989. En la despedida final, Patti hizo la promesa que la llevaría luego, cuando reuniera las fuerzas necesarias, a escribir Éramos unos niños: entregaría al mundo los detalles de su biografía juntos. En el medio, este pequeño compilado de poemas en prosa sirvió como primer despoje; encriptadas bajo el manto de las licencias del género, compiló las impresiones frescas de los años vividos junto al fotógrafo y artista plástico, no como el trasgresor público sino como el niño eterno, inquieto y cautivante que ella conoció como nadie. Sus páginas, dice en la introducción, reflejan "Todo lo que sabía de él cifrado en una breve serie de poemas que tratan de su amor por el arte, de su mecenas Sam Wagstaff y del cariño que me tenía. Pero, sobre todo, hablan de su férrea voluntad de vivir, que era irrefrenable, incluso en la muerte". El simbolismo, en el viaje final de M (como llamó al protagonista), surcando los océanos en pos de conocer la Cruz del Sur, no es imposible y refleja –mediante, también, numerosas referencias mitológicas, religiosas, históricas y literarias: es Patti- las influencias solemnes de su idolatría hacia inmortales como Arthur Rimbaud y William Blake. "Su destino era estar enfermo, y una parte de él lo sabía. Pero no quería afrontarlo, no en ese momento. De modo que huyó a las entrañas del tedio disfrazado de aventura".
Con la elección precisa de imágenes, inyecta sentido poético, ilumina la más oscura de las certezas; la degradación implacable que avanza sobre un cuerpo alado, alado e inmaculado pero frágil, a punto de desplegarse, de abrir o cerrar los ojos por última vez. Contraria a la de Éramos unos niños, la lectura de El mar de Coral no desea ser demorada eternamente; acá no hay anécdotas maravillosas de valor histórico y humano, el racconto de esas peripecias adolescentes y fundamentales en la comprensión de la naturaleza del vínculo -y del arte y la música de fines del siglo XX- que se devoran solas y deben ser frenadas para poder saborearse, para dilatar el placer de su compañía. Éramos unos niños debería durar para siempre. Éste, dura lo que dura el deguste estético de sus versos (quizás por eso debería intentarse buscar su musicalidad auténtica, en el idioma original), sin vorágine ni recreos posibles; la línea argumental existe pero no define el recorrido. Quizás sea por eso que al terminar, el impulso sea el de volver a empezar, por el principio o por cualquiera de los poemas elegido al azar, y acercarse un poco más a la comprensión de una incondicionalidad máxima, esa que tal vez sólo podamos experimentar a través del relato ajeno. Con Patti Smith como medio y el dictamen definitorio de su relación con Mapplethorpe, trascendiendo los tiempos y la carne: "Ninguno iba a dejar al otro. (...) Era el artista de mi vida".
Por Yamila Trautman
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