En el Teatro de Colegiales, el director serbio volvió con la No Smoking Orchestra para encarar una gira nacional y someternos al desenfreno de su imaginario delirante; repite el 5 de abril
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Una señora bien exige que le devuelvan el valor de la entrada porque intuye que lo que está a punto de pasar no se corresponde con ninguno de sus principios. Reclama, se altera, y lo logra; camino a su casa, sin haber podido ni constatar ni disfrutar, imagina cómo sería experimentar desde adentro la liturgia desenfrenada de una masa de lunáticos sometiéndose a los poderes curativos de la banda de sonido del delirio saludable y la forzada alegría. Tiembla. Se convence de haber tomado la mejor decisión. Pero se arrepentirá por no quedarse para verificar que su posible descripción aplica efectivamente arriba y abajo del escenario del reestrenado Teatro Vorterix (léase Teatro de Colegiales): como yonquis imposibles que se dan duro pero comparten, sobre las tablas, Emir Kusturica y su No Smoking Orchestra nuevamente inyectan y se inyectan el veneno necesario para transformar toda la mierda de la vida cotidiana en una incisión insignificante en la articulación del brazo derecho. Directo en las venas. Debajo, los miles reciben y responden ante cada pinchazo musical con la imitación de los movimientos exagerados de los que llevan aquel sonido en su ADN: la música de los Balcanes se baila como se baila en los Balcanes o no se baila, ese punk gitano exige pogo, sudor y dolor, contorsión de cuerpos sobre cuerpos. Y piden más: el regreso del director y productor serbio, después de dos años de su última visita, no sólo implicará una verdadera gira por el interior del país (lo tendrán ahí Neuquén, Mendoza, Córdoba, Santa Fe) sino el agregado de una nueva función en el mismo lugar, el 5 de abril. Y si a su visita le sumamos el hecho de que Gogol Bordello se presentará en apenas días (el 1 de abril en Groove), esa sospecha de que la semilla de la adicción al sonido de la Europa del Este fue plantada hace años y sigue germinando adquiere un nuevo argumento, más fuerte que la mera continuidad palermitana de las fiestas Bubamara (si no, ver lo que tiene para decir el mismísimo Eugene Hutz al respecto).
Desde su desganada simpleza –jeans, remera con la cara encasquetada de Yuri Gagarin-, Kusturica sigue ostentando esa facha de los privilegiados que se tornan más facheros con los años. Aparece después de que los actuales seis miembros de la No Smoking Orchestra (el The Gypsies are Back Tour los trajo sin su cantante, Nele Karajlic), empezarán solos con "Drang Nach Osten" del Unza Unza Time: con su toga, el violinista sacado Dejan Sparavalo, le da a su instrumento como si tocara una Fender Stratocaster imaginaria en un pasillo del Borda; las voces ahora las agrega el bandoneonista Zoran Miloševic pero irán rotando a lo largo de la noche; la ausencia de la expresividad histriónica de Nele se siente con la siguiente, la que da nombre a aquel disco de 2000. Y comienza el tiempo de gitanos. Con intermitentes arrebatos de frenetismo y diagnosticada esquizofrenia (pogo asesino en "Pitbull Terrier"; danza aletargada en "Djindji Rindji Bubamara", una adaptación de la tarantela, para ir a los movimientos seguros), el eterno retorno al tema de la Pantera Rosa como separador, las chicas osadas sumándose al ritual de la adrenalina (selección de la "Miss Argentina" en "Was Romeo Really a Jerk" incluida), violinistas en vestidos de mujer (!) y la fuerte bajada de línea que en esos momentos a todos les chupa un huevo salvo cuando hay que desacelerar para pelar pulmón y garganta, gritar Fuck You MTV! y demostrar algo así como un compromiso con la causa.
Porque desde todas y cada una de las piezas que colaboran en la definición oscura del imaginario creado y regado desde la imparable cabeza de Kusturica se traza esa invisible línea descendente. Un imaginario que en este caso también es visual y que paradójicamente no deja mucho lugar a la imaginación. La postal deprimente y grotesca de un fotograma cualquiera de Underground, la lisergia de un pescado volador o la cara de un joven Johnny Depp en Arizona Dream (los graves de Iggy Pop sonando de fondo), la insanía de las bodas y funerales de Gato negro, gato blanco hasta un perfil del Diego: Kusturica es demiurgo de miles de escenas y su música (junto con la de su colaborador, el también acá bien recibido, Goran Bregovic), la banda de sonido no sólo de aquellos films sino de la propia miseria, la guerra y la posguerra, la exclusión, el hambre y la capacidad de una sociedad de exorcizar la acumulación de sus males, de sublimarlos en exceso y algarabía. Eso mismo que irreflexivamente sucedió en Colegiales durante casi dos horas de olvido terapéutico. Mientras tanto, en algún punto seguro de la Ciudad, la señora bien se tomaba medio Rivotril.
Por Yamila Trautman
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