Él era un pibe dulce con un futuro brillante pero nadie se imaginó que estaba sufriendo ni que se transformaría en un monstruo; la historia del culpable del bombardeo a la maratón de Boston
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Por Janet Reitman
Nuestros corazones están con las víctimas del bombardeo a la maratón de Boston y con sus familiares. La nota de tapa de la edición estadounidense se arraiga en la tradición periodística de Rolling Stone, siempre comprometida a cubrir con seriedad y profesionalismo los asuntos políticos y culturales más importantes de nuestro tiempo. El hecho de que Dzhokhar Tsarnaev sea joven y esté en la misma franja de edad que muchos de nuestros lectores nos obliga todavía más a examinar las complejidades de este tema y a tratar de comprender mejor cómo es que sucede una tragedia como ésta. LOS EDITORES
El 19 de abril, Peter Payack se despertó cerca de las 4 de la mañana y vio en la televisión la imagen borrosa de las cámaras de seguridad de un chico saliendo de un supermercado. El chico, identificado como "Sospechoso N°2" en el bombardeo de Boston, le sonaba conocido, pensó Payack, que es entrenador de lucha en la Rindge and Latin School de Cambridge. Por otra parte, hay un millón de chicos flaquitos con rasgos étnicos y buzos grises con capucha en Boston, y probablemente muchos en la ciudad estaban pensando que conocían al sospechoso. Payack, que había estado cerca de la línea de la meta el día del bombardeo y había perdido la mitad de su audición por el estruendo de la explosión, apenas había logrado dormir los últimos cuatro días. Pero estaba demasiado ansioso como para volver a la cama. Más tarde esa mañana, recibió una llamada de su hijo. ¿El chico de la foto? "Papá, es Jahar".
"Sentí como si una bala me hubiera perforado el corazón", recuerda el entrenador. "Pensar que ese chico al que habíamos apoyado y amado como a un hijo era responsable por todas esas muertes. Fue un shock tremendo. Era como estar en una realidad alternativa".
La gente en Cambridge pensaba que Dzhokhar Tsarnaev –"Jahar" para los amigos- era un chico hermoso de 19 años algo despeinado y dulce, con ojos marrones expresivos y una actitud un poco tímida y relajada que lo hacía "el tipo de chico con el que era copado estar", según uno de sus amigos. Había sido el capitán del equipo de lucha de Rindge and Latin durante dos años y un excelente alumno. Además, era "un chico norteamericano común y corriente", según lo describen sus amigos, al que le gustaba el fútbol, el hip-hop, las chicas, que estaba obsesionado con The Walking Dead y Game of Thrones y que fumaba bastante porro.
Payack se quedó mirando fijo el televisor tratando de poner en relación a Dzhokhar, el acusado de un atentado terrorista horroroso, con el adolescente que tenía el nombre "Jahar", su apodo norteamericano, bordado en su ropa deportiva. La había usado todo el tiempo.
Una tarde, Payack habló con la CNN e hizo un llamado directo. "Jahar", dijo, "te habla el entrenador Payack. Ya basta de muerte y destrucción. Por favor, entregate".
En ese preciso momento, al oeste de Cambridge, en el suburbio de Watertown, Jahar Tsarnaev yacía herido en el piso de una lancha a motor estacionada detrás de una casa de listones de madera. Lo habían herido después de la medianoche en un enfrentamiento violento con la policía en que había muerto Tamerlan, su hermano, de 26 años. Durante las próximas 18 horas, se quedaría quieto en la lancha mientras amanecía y miles de oficiales de la policía rastrillaban un área de 20 cuadras a la redonda para dar con él. Lo encontraron justo después de las 6 de la tarde, aunque a los agentes del FBI les llevaría casi tres horas más de negociación convencerlo de que se entregara.
Pensar que ese chico al que habíamos apoyado y amado como a un hijo era responsable por todas esas muertes
La mañana siguiente, Payack recibió un mensaje de uno de los agentes de la Unidad de Crisis y Negociación del FBI. Le habían contado sobre el llamado de Payack por televisión, y le dijo que lo había nombrado mientras hablaba con Jahar. "Me parece que ayudó", dijo el agente. Payack se sintió aliviado. "Tal vez que le dijeran que yo estaba pensando en él lo paró un poco", dice Payack. "Tal vez se imaginaba a sí mismo como un mártir para la causa. Pero de repente, aparece alguien de su pasado, un pasado que le gustaba, en el que encajaba bien, y se quebró".
Cuando los investigadores finalmente pudieron acceder a la lancha, descubrieron una diatriba yihadista garabateada en las paredes. En ella, según la acusación de 30 cargos que se hizo a finales de junio, Jahar aceptaba la responsabilidad del bombardeo, aunque admitía que no le había gustado matar a gente inocente. Pero "el gobierno de los Estados Unidos está matando a civiles inocentes", escribió, refiriéndose probablemente a los musulmanes en Irak y Afganistán. "No puedo aceptar que tanta maldad quede impune… los musulmanes somos un solo cuerpo, si lastiman a uno, nos lastiman a todos", continuaba, haciendo uso de un argumento tantas veces esgrimido por los militantes islámicos que se ha convertido casi en un cliché. Después se salió un poco del guión de siempre y escribió una frase que no dejó lugar a dudas sobre su lealtad: "Que Estados Unidos se vaya a cagar".
En los 12 años que pasaron desde los ataques a las Torres Gemelas y el Pentágono, ha habido más de 25 complots para atentar contra los Estados Unidos ideados por norteamericanos, la mayoría de los cuales estuvieron mal planificados o infiltrados por agentes encubiertos que, en muchos casos, les proveyeron a los blancos armas u otros materiales. Algunos, incluyendo el plan para bombardear el sistema de subtes de Nueva York y el Times Square, fueron legítimos y habrían sido catastróficos si hubiesen sido llevados a cabo. Y sin embargo ninguno lo logró hasta esa tarde brumosa del 15 de abril, cuando dos bombas metidas en ollas a presión explotaron cerca de la línea de la meta en la calle Boyslon, dejando como saldo tres muertos, entre ellos un niño de 8 años. Más de 300 personas resultaron heridas por los fragmentos de la bomba, y muchos perdieron una pierna, un brazo o un ojo; el escenario era de una carnicería tal que recordaba las imágenes de Bagdad, Kabul o Tel Aviv.
El pánico se apoderó de la ciudad de Boston cuando se supo que los hermanos Tsarnaev no estaban, como muchos descontaban, conectados con algún grupo terrorista, sino que habían actuado de manera independiente. Emigrados de Rusia, habían vivido en Estados Unidos durante una década, y en Cambridge, una ciudad tan progresista que tiene su propia "comisión de la paz", que promueve la justicia social y la diversidad. Tamerlan, al que sus amigos llamaban "Tim", era un boxeador talentoso que alguna vez había querido representar a Estados Unidos en las Olimpiadas. Jahar, su hermano menor, se había ganado una beca para estudiar en la Universidad de Massachusetts en Darthmouth, y no sabía si estudiar ingeniería, enfermería u odontología; cambiaba de carrera todo el tiempo. Eran musulmanes, por supuesto, pero también eran norteamericanos, sobre todo Jahar, que se había naturalizado el 11 de septiembre de 2012.
Desde el ataque, los amigos y conocidos de los Tsarnaev, como también el FBI y otros agentes de orden público, han estado tratando de armar la historia de los hermanos, que se enfoca en Tamerlan, de quien ahora se sabe que estuvo en las listas de personas vigiladas de Estados Unidos y Rusia antes del 2013, aunque ni el FBI ni la CIA pudieron encontrar razones para investigarlo un poco más. Jahar, sin embargo, no estaba en ninguna lista. Al contrario, después de varios meses de entrevistar a sus amigos, profesores y entrenadores, que todavía se están reponiendo del shock, la imagen que surge es la de un chico que vivía una vida tranquila, que no demostraba ninguna señal de enojo y menos de ser partidario de una ideología política radical o de creencias religiosas profundas.
Cuando le leyeron los cargos en el palacio de justicia de Boston, el 10 de julio, Jahar sonrió, bostezó y se sentó despreocupadamente en su silla. No parecía estar al tanto de la gravedad de la situación, y se declaró inocente de todos los cargos. Por momentos, casi sonreía con superioridad, aunque los que lo conocen dicen que no es así. "Es una actitud típica de Jahar, como si estuviera pensando: ‘¿Qué mierda está pasando acá?’", dice Payack, que estuvo presente en la audiencia.
Fue su entrenador quien lo ayudó a encontrar su apodo, con el que reemplazó el casi imposible de pronunciar Dzhokhar con una versión más simple y más cool de su nombre. "Si hubiera tenido apenas una pizca radical en su pensamiento, ¿por qué habría aceptado cambiar la ortografía de su nombre para que los chicos norteamericanos en el colegio lo pudieran pronunciar?", se pregunta un viejo amigo, que piensa como el resto de su círculo. "No puedo aceptar que mi amigo, el Jahar que yo conozco, sea un terrorista", añade otro. "Para mí ese Jahar no lo es".
"Hay chicos que tienen grietas, a los que no podés atajar antes de que se caigan, pero este pibe estaba entero, como una bola de billar. No tenía ninguna grieta", dice Payack. Y sin embargo, debajo de esta fachada, había un chico destrozado; un testigo de los esfuerzos de su familia por conseguir una vida mejor y de la tremenda amargura que sintieron cuando esos esfuerzos no sirvieron para nada y los sueños no se concretaron. Con cada pequeña desilusión la familia se debilitó hasta que finalmente se desintegró, y con ella también Jahar: fueron golpes chiquitos pero poderosos. Nadie se dio cuenta. "Yo lo conocía a este pibe, y era un buen pibe", dice Payack con tristeza. "Y por lo visto, también es un monstruo".
A pesar de que Dzhokhar Tsarnaev se crió principalmente en Estados Unidos, sus orígenes se remontan al norte del Cáucaso, una región tumultuosa que ha sufrido siglos de disturbios políticos. Nació el 22 de julio de 1993 y pasó sus primeros siete años en Kirguistán, la república montañosa de Asia central. Allí fue donde Anzor, su padre, se había exiliado de pequeño. Anzor es de Chechenia, la más infame de las repúblicas soviéticas de antaño, cuyo pueblo ha estado en guerra casi perpetua desde el siglo XVIII contra el poder ruso. Zubeidat, la madre de Dzhokhar, es ávara, el grupo étnico musulmán predominante de Daguestán, el vecino de Chechenia al este, que lucha por su propia independencia contra los rusos desde fines del siglo XVIII. Luego de la caída de la Unión Soviética, los nacionalistas chechenos declararon la independencia, lo que causó dos guerras brutales en las que el ejército ruso masacró a decenas de miles de chechenos y destruyó Grozni, su capital. Hacia 1999, la violencia se extendió a lo largo de toda la región, incluyendo Daguestán.
A pesar de que el Islam es la religión predominante en el norte del Cáucaso, ésta no tuvo mucha influencia en la vida de Anzor Tsarnaev, un hombre rudo y fuerte, que se crió en la era soviética, cuando el culto en Kurguistán estaba prácticamente prohibido. En Daguestán, donde el islam tuvo más acogida, muchas mujeres usan hiyabs; Zubeidat, sin embargo, tenía un corte de pelo a lo Pat Benatar. Se conocieron cuando Anzor estaba estudiando derecho y se casaron el 20 de octubre de 1986. Al día siguiente nació Tamerlan, su primer hijo. Nacerían tres hijos más, todos en Kurguistán, donde Anzor había conseguido un trabajo como investigador para un fiscal en Biskek, la capital del país.
Era un puesto prestigioso, especialmente para un checheno, pero Anzor tenía ambiciones más grandes. Quería llevar a su familia a Estados Unidos, donde Ruslan, su hermano, que era abogado, había logrado vivir una vida de clase media alta. Después de que Rusia invadiera Chechenia en 1999, que inauguró la segunda guerra sangrienta de la década, a Anzor lo echaron del trabajo por una purga general de chechenos que realizó el gobierno de Kurguistán. Los Tsarnaev escaparon a Daguestán, tierra natal de Zubeidat, pero la guerra les pisaba los talones. En la primavera de 2002, Anzor, Zubeidat y Jahar, que entonces tenía 8 años, llegaron a Estados Unidos con una visa de turismo y rápidamente pidieron asilo político. Ailina, Bella y Tamerlan, los otros tres hijos de la pareja, se quedaron con sus parientes.
"Yo lo conocía a este pibe, y era un buen pibe", dice Payack con tristeza. "Y por lo visto, también es un monstruo"
Durante sus primeros meses en Estados Unidos, Jahar y sus padres vivieron en Boston, en casa del doctor Khassan Baiev, un médico checheno amigo de la hermana de Anzor, que recuerda que Anzor le contó que lo discriminaban en Kirguistán y a veces "hasta lo habían golpeado". Esta violencia sirvió como argumento para el pedido de asilo de los Tsarnaev, que les fue otorgado un año después. En julio de 2003, el resto de la familia se les unió en Cambridge. Se mudaron a un departamento chico de cuatro ambientes en la calle Norfolk 410; era un edificio poco cuidado con pintura descascarada en un barrio muy aburguesado.
Hay muy pocas familias chechenas en Boston, y los Tsarnaev fueron bien recibidos. "Tenían unos hijos preciosos", recuerda Anna Nikeava, una chechena que se hizo amiga de los Tsarnaev poco después de su llegada. "Los cuatro eran tiernos como gatitos mimosos, siempre se abrazaban y se daban besos". Y el matrimonio también parecía adorarse, a pesar de que Anzor, que hablaba inglés muy mal, trabajaba como mecánico y ganaba sólo 10 dólares por hora. El primer año, los Tsarnaev recibieron ayuda del Estado. Pero nunca se los vio apretados, dice Anna. "Estaban muy enamorados y disfrutaban de la vida. Eran divertidos".
Las familias chechenas son muy tradicionales; Anna, una mujer cálida y parlanchina que tiene alrededor de cuarenta años, me cuenta que en su país "las mujeres no usan pantalones, tienen que usar pollera", y que casarse con alguien de otra cultura es tabú. En ese sentido, los Tsarnaev eran atípicos. Zubeidat era "muy abierta, una mujer moderna", a la que le gustaban los jeans de moda, los tacos altos y las polleras cortas. "Se había hecho el maquillaje permanente, era muy glamorosa", dice Anna. "Y los chicos estaban siempre bien vestidos también".
Zubeidat adoraba a sus hijos, en especial a Tamerlan, un chico alto y musculoso que ella comparaba con Hércules. Jahar, por otro lado, era su bebé, el preferido de su mamá. "Parecía un ángel", dice Anna, y le decían "Jo-Jo" o "Ho".
"Él siempre decía: ‘Sí, mami, sí’, incluso cuando su mamá lo retaba", dice Baudy Mazaev, el hijo de Anna, que tiene un año y medio menos que Jahar. "Era un chico bueno, tranquilo, obediente. Mi mamá siempre me decía: ‘¿Por qué no me hablás como le habla Dzhokhar a su madre?’"
Había cinco o seis varones chechenos de la misma edad en el círculo, pero Baudy y Jahar se hicieron muy amigos. Baudy, que ahora está estudiando en la Universidad de Boston, recuerda las reuniones familiares en el departamento decrépito del último piso de los Tsarnaev, donde Jahar y Tamerlan compartían un dormitorio pequeño con camas cucheta; en un cuarto todavía más chico, las hermanas compartían un colchón. Nunca había lugar suficiente para todos en la diminuta mesa de la cocina, así que los varones jugaban a las escondidas o a los videojuegos en el televisor gigante del living mientras sus padres cenaban y charlaban. Anzor era famoso por su risa estridente, que Jahar heredó: "Era muy fuerte, cuando se reía se enteraba todo el mundo", dice Baudy.
Jahar idolatraba a Tamerlan, su hermano mayor, como el resto de los hermanos, y cuando era chico quiso seguir los pasos de él y aprender a boxear. Pero pronto se inclinó por la lucha, deporte que compartió con Baudy, un chico fuerte que competía en una categoría de peso más alta que Jahar, que pesaba 59 kilos. "Es típico de chechenos", dice Baudy. "Cuando fui a Chechenia a visitar a mis primos, lo primero que me preguntaron fue: ‘¿Querés luchar?’"
Baudy está muy orgulloso de su herencia, y Jahar, que comparte su nombre de pila con Dzhokhar Dudayev, el primer presidente de Chechenia (y el héroe de Anzor), también se sentía orgulloso de ser checheno. Adoptó el lobo, símbolo nacional de los chechenos; aprendió los bailes tradicionales, y podía hablar checheno igual de bien que ruso. Incluso se imaginaba casándose con una chechena. "Siempre decía que las chechenas eran lindas", dice Baudy, aunque piensa que Jahar nunca conoció a ninguna, salvo las hermanas de algunos amigos.
Había muchos Jahar en Cambridge; hijos de inmigrantes que apenas tenían una noción muy vaga e idealizada de su tierra natal. Además de ser una de las ciudades más liberales, intelectuales y sofisticadas de Estados Unidos, Cambridge es también una de las más diversas en términos económicos y étnicos. En Cambridge Rindge and Latin, la secundaria estatal de la ciudad, hay representadas más de 50 nacionalidades, y su lema, que está escrito en las paredes, murales y catálogos de la escuela, y proclamado por los altavoces, es "Oportunidad, Diversidad, Respeto". Casi el 45 por ciento de los alumnos vive en viviendas públicas o subsidiadas por el Estado, en los barrios densamente poblados de clase trabajadora de la ciudad. Hay zonas más ricas, y en ellas viven los hijos de los profesores de las Universidades de Harvard y MIT, que también van a Rindge, "pero no hay tantos", dice el Dr. Jeffrey M. Young, supervisor de las escuelas de Cambridge. "Lo que sí tenemos son familias que están muy comprometidas con la actividad política", como las de Matt Damon y Ben Affleck, dos exalumnos famosos de la escuela. "Y después están los callados, a los que alentamos a que encuentren su voz".
Todos los hijos de los Tsarnaev fueron a Rindge, como le dicen al colegio, pero Jahar fue el que mejor se adaptó. Aunque no hablaba casi nada de inglés cuando llegó a Estados Unidos, ya en la secundaria lo dominaba con fluidez, con apenas un resto de acento, como también el dialecto local. (Entre sus palabras preferidas, dicen sus amigos, estaba "sherm", que en la jerga de Cambridge significa "vago"). Jahar, o "Jizz" para los amigos, usaba zapatillas Puma, jugaba bien al básquet y fumaba bastante marihuana, cosa que según varios adolescentes de Cambridge está bastante aceptado en esta comunidad permisiva, en que podés conseguir porro en el baño del colegio o fumar por la calle sin problemas. Era buen alumno y estuvo nominado por la Sociedad de Honor Nacional en segundo año, cuando además se unió al equipo de lucha. "Era uno de esos chicos con talento natural", dice Payack, su entrenador, que recuerda que Jahar era un compañero solidario que soportaba entrenamientos duros sin quejarse. En su primer año, el equipo lo nombró capitán. Para ese momento, todos lo conocían como "Jahar", nombre que sus compañeros de equipo gritaban en las peleas para asegurarse de que los referís no lo pronunciaran mal.
"Nunca pude entender bien su nombre -¿Dokar?¿Jokar?", dice Larry Aaronson, un profesor de historia de Rindge jubilado (dice que en un momento Jahar le pidió que le dijera "Joe"). Aaronson, que es amigo de Howard Zinn, el historiador fallecido, también vive en la calle Norfolk, en la esquina de la casa de los Tsarnaev. "Una vez le pregunté de dónde era, y me contestó que de Chechenia. Y yo le dije: ‘¿Chechenia? ¿Me estás jodiendo?’", dice Aaronson. "Le dije: ‘¿Cómo hiciste para soportar el estrés?’, y me contestó: ‘¡Larry, por eso vinimos a Estados Unidos, y mirá qué buena suerte que tuvimos, que vinimos a parar a un lugar increíble como Cambridge!’ Le encantaba esta ciudad, el colegio, la cultura del lugar, y lo aprovechó bien. Eso es lo que me enternecía de él: era el típico chico de un país en guerra, que aprovechó todo lo que le podíamos dar para reconstruir su vida. Y era encantador", añade.
Los amigos de Jahar conformaban un grupo heterogéneo de chicos de zonas ricas y pobres de Cambridge: negros, blancos, judíos, católicos, puertorriqueños, bengalíes, caboverdianos. Eran, según me dijo uno de los padres de familia de Cambridge, "los chicos buenos": campeones de debate, deportistas de primer nivel, presidentes de su clase, en fin, un puñado de cerebritos que estudiarían en las universidades de élite de Nueva Inglaterra. Como estudiante esforzado que era, Jahar decía que iba a estudiar en Brandeis o en Tufts, recuerda uno de los amigos de su círculo íntimo a quien llamaremos Sam, que accedió a hablar en exclusiva para Rolling Stone usando un pseudónimo. "Era uno de los chabones más auténticos que yo conocí en mi vida", dice Sam, que pasó casi toda su adolescencia con Jahar jugando al básquet o de fiesta en una zona del río Charles conocida como el "Riv". Pasara lo que pasara, "era la primera persona a la que yo llamaba si necesitaba que me llevara a algún lado, o si le quería pedir un favor. Él contestaba: ‘Ya voy, amigo’, incluso si lo llamabas completamente borracho a las dos o tres de la mañana".
"Era un pibe muy copado", dice Will, otro amigo, que recuerda que en un año nuevo Jahar llevó a 8 o 9 personas, incluyendo uno en el baúl, en su Honda Civic verde. Por supuesto que la policía los paró, pero Jahar no se inmutó. "Incluso cuando lo agarraban tomando", dice su amigo Jackson, "era un chico tranquilo, que siempre sabía cómo había que hablar con la policía".
Todos concuerdan en que tenía sus principios. "Nunca se la agarraba con nadie", dice Sam, y añade que al igual que su hermano, Jahar era muy buen boxeador. "Era mejor boxeador que luchador, era una bestia". Y aunque podía noquear a quien quisiera, nunca lo hacía. "No era violento, eso es lo loco. Nunca reaccionaba de manera violenta", dice Sam.
"Era muy tranquilo", dice su amiga Alyssa, que tiene un año menos que Jahar. Las chicas estaban locas por él, aunque sus amigos dicen que si bien se enamoraba, nunca se aprovechaba de esto. "Siempre decía: ‘Relajá, pasémosla bien’", dice Sam, recordando que Jahar tenía una aversión casi física a que le prestaran atención. "Era muy humilde, creo que ésa es la mejor manera de describirlo".
Cara, una rubia linda y vivaracha de la que muchos sospechan que Jahar estaba secretamente enamorado, insiste en que eran sólo amigos. "Era muy dulce. Demasiado dulce", dice con tristeza. Los dos aprendieron a manejar juntos, así que se veían mucho y fumaban porro juntos. Jahar, dice ella, tenía la habilidad de moverse por diferentes grupos sociales y siempre se ponía en el lugar de los demás cuando alguien tenía algún problema. "Es una persona de oro, un chico genuino y bueno, que no tenía problemas con nadie", dice. "Es difícil explicarlo. Era un chico de Cambridge".
Los chicos de Cambridge, concuerdan todos, tienen una actitud más relajada con respecto a algunos temas que a otras personas podrían ponerlos nerviosos. Hace un par de años, por ejemplo, uno de sus amigos decidió convertirse al islam, cosa que muchos vieron como algo copado, como Cara, y otros los dejó indiferentes. "Pero así es la escuela a la que fuimos", dice Jackson. "Es el tipo de colegio en el que alguien puede decir ‘Me convertí al islam’ y vos le contestás ‘Ok, qué copado’". Y de hecho, varios chicos se convirtieron, añade. "Estuvo un poco de moda durante un tiempo".
Jahar nunca negó que fuera musulmán, aunque a veces lo disimulaba un poco. Ayunaba durante Ramadán, lo que significaba también dejar el porro, que para él era un acto de inmenso autocontrol, dicen sus amigos. "Pero lo más religioso que alguna vez dijo fue ‘No pronuncies el nombre de Dios en vano’", dice Alyssa, que es judía. "Sí", dice Jackson, "tal vez era religioso, pero si él no te lo decía, no te dabas cuenta".
Hace un par de años, otro musulmán, integrante del equipo de lucha de Rindge, participó de un grupo informal de rezo en la escuela a la hora del almuerzo, donde vio a Jahar. "No sabía que era musulmán hasta que lo vi en el grupo de rezo de los viernes", dice. "No era un tema del que habláramos".
Su amigo Theo, que también luchaba con Jahar, no está completamente de acuerdo. "Yo creo que él tenía reverencia por el islam", dice. Hubo una ocasión en particular, hace un par de años, en la que Jahar se puso muy incómodo cuando James, el amigo que se había convertido, empezó a hablar de la religión. "No se enojó, pero medio que lo calló", recuerda Theo. "Y me pareció que él se tomaba su religión muy en serio. No era algo pasajero para él".
Sin embargo, "nunca hubo ninguna advertencia de esto", dice una de sus profesoras de historia, que, como muchos otros, pidió permanecer en el anonimato dada la sensibilidad del caso. En su clase, la preferida por muchos de los alumnos de Rindge, se debate sobre temas de política contemporánea como la globalización y la crisis en Medio Oriente, pero Jahar, dice ella, nunca demostró tener una posición política propia, "ni siquiera cuando se le pedía que opinara". Alyssa, a la que le encantaba esta clase, está de acuerdo: "Una de las preguntas que nos hacemos es ‘¿Qué es el terrorismo? ¿Cómo podemos, en calidad de norteamericanos, definirlo culturalmente? ¿Cuáles son sus causas? ¿Podemos justificarlas?’ Y estoy segura de que Jahar nunca nos dijo que estuviera a favor del terrorismo, jamás".
Excepto una vez.
"Una vez me dijo que los actos terroristas estaban justificados", dice Will. Fue en primer año; los chicos habían estado comiendo en un bar llamado Izzy´s y hablaban sobre religión. Con algunos amigos como Will y Sam Jahar hablaba del Islam y les había confesado que odiaba a la gente que por ignorancia igualaba el Islam con el terrorismo; además, había defendido el Islam argumentando que era una religión pacífica y diciendo que la yihad era sólo un esfuerzo personal, nada más. Esta vez, recuerda Will, "me acuerdo de que le dije que algunos aspectos de la religión eran dañinos, y mencioné los ataques del 11 de septiembre".
En ese momento, dice Will, Jahar no quiso seguir hablando. Will le preguntó por qué. "’Porque no te va a gustar lo que pienso’, dijo él. Así que le insistí un poco, y me dijo que le parecía que esos actos estaban justificados por lo que Estados Unidos hace en otros países tan frecuentemente, como tirar bombas todo el tiempo".
Para ser justos con Jahar, reconocen Will y los demás, sus opiniones sobre la política exterior de Estados Unidos no eran tan distintas de las que sostenía mucha gente que ellos conocían. "En términos de política, yo diría que él es tan anti-norteamericano como cualquier pibe en Cambridge", dice Theo. Sin embargo, Will pensó que era mejor no seguir discutiendo. "Yo pensaba: ‘Wow. ¿Este pibe piensa así de verdad? No puedo seguir hablando de esto’". Nunca más se habló del tema.
En retrospectiva, el comentario de Jahar sobre el 11 de septiembre podría ser considerado dentro del contexto de lo que los criminólogos llaman "un derrame": una pequeña grieta en una fachada construida con cuidado que, si es reconocida (y por lo general no lo es), brinda pistas sobre el mundo interior de la persona. "En los casos que a mí me tocó entrevistar, es clave pasar por alto su fachada exterior y concentrarse en el interior de la persona, que es muy difícil", dice Tom Neer, un agente retirado de la Unidad de Análisis de Comportamiento del FBI y socio fundador del grupo Soufan, consultor del gobierno en temas relacionados al antiterrorismo. "Mucha gente tiene una personalidad pública y una privada; pero muchos tienen además un lado secreto. Y ese lado secreto es algo que protegen con mucho cuidado".
Me pareció que él se tomaba su religión muy en serio. No era algo pasajero para él
Había muchas cosas sobre Jahar que sus amigos y profesores no conocían, cosa que no es demasiado rara para los inmigrantes, que viven vidas altamente bifurcadas, alternando sus personalidades étnicas y norteamericanas constantemente. "Nunca vi a sus padres, y ni siquiera sabía que tenía un hermano", dice Payack, que se preguntaba por qué la familia de Jahar nunca lo iba a ver a las competencias, como al resto de sus compañeros. "Si sos el hermano mayor y querés a tu hermano, ¿por qué no lo vas a ver cuando pelea?"
Theo también se lo preguntaba. "Una vez le pregunté por qué no iban, y me dijo que cuando boxeaba de chico, nunca había perdido ninguna pelea, y entonces no quería que su padre lo viera perder". Sonaba creíble: Jahar era muy habilidoso como luchador, pero nunca le dedicó el tiempo suficiente como para volverse el mejor. "No era una de sus prioridades", dice Theo. Por otra parte, tampoco le importaba mucho perder. "Otros chicos, cuando pierden, se enojan muchísimo: piensan que el referí los perjudicó, a veces tiran una silla. O lloran, se quedan de malhumor", dice Payack. Jahar se retiraba de la colchoneta con indiferencia. "Ponía cara de ‘Bueh, qué vamos a hacer, lo intenté’".
Cuando llega el último partido de la temporada, todos los luchadores de quinto año de Rindge llevan a sus padres o a algún pariente para que los acompañen al gimnasio, les den una flor y se saquen una foto juntos. Jahar no llevó a nadie. "Uno de los entrenadores lo acompañó a recibir su flor", dice Payack. Esto tampoco pareció molestarle a Jahar, y si le molestó, nunca lo dijo. "No tenés que contarle todos tus secretos a tus amigos para ser íntimos", dice Jackson.
La familia de Jahar existía en una esfera completamente separada del resto de su vida. Jackson, que vivía cerca, a veces veía a Anzor arreglando un auto; otros conocían a sus hermanas a través de sus propios hermanos más grandes. Y siempre circulaban historias sobre Tamerlan, que había sido dos veces campeón de boxeo amateur. Pero nadie conocía a Tamerlan en persona, y casi nadie del colegio había ido a la casa de los Tsarnaev. "Nunca, ni una sola vez", dice Jackson. Uno de los amigos de Bella, la hermana mayor de Jahar, dice que el departamento de la calle Norfolk "daba la sensación de que las visitas no eran muy frecuentes".
Algunos indicios demuestran que los problemas de la familia Tsarnaev iban más allá de la adaptación a la vida norteamericana. Anzor, que sufría de artritis crónica, dolores de cabeza y de estómago, tenía mal carácter, tal vez producto de los abusos que había sufrido en Kirguistán. A un vecino de la calle Norfolk le parecía "un tipo infeliz", que les ladraba a los vecinos porque estacionaban mal y hasta les sacaba las palas de las manos cuando le parecía que no estaban limpiando las calles nevadas de manera correcta. A pesar de su conducta, trabajaba muchísimo. "Me acuerdo de sus manos", dice Baudy. "A veces había estado arreglando autos al aire libre, con el frío que hace en Boston, sin guantes, y tenía unos nudos gruesos en los nudillos por la artritis. Pero le encantaba. Para él su rol consistía en darle de comer a su familia".
Zubeidat era una mujer emprendedora y trabajó como asistente de salud a domicilio, aunque después cambió a cosmetóloga; hacía limpiezas de cutis en la peluquería del barrio y más adelante abrió un negocio en su casa. "Nunca se comprometía", dice Baudy, al que le caía bien la madre de Jahar, si bien la veía como la típica luchadora. "Quería hacerse rica rápido. Decía cosas como: ‘Estoy tardando demasiado con esto. Mejor voy a probar otra cosa".
Pero el dinero nunca llegó. En 2009, la salud de Anzor se deterioró, y ese agosto los Tsarnaev, que hacía cinco años que ya no recibían ayuda del Estado, empezaron a recibir subsidios otra vez en forma de estampillas para comprar comida y dinero en efectivo. Esta incapacidad para mantener a su familia puede haber contribuido a esa debilidad como padre que algunos que conocen a Anzor le atribuyen, a diferencia de Zubeidat, que era muy controladora.
Ella era una madre dedicada y "nunca aceptaba ningún consejo sobre sus hijos", dice Anna. "Pensaba que eran los chicos más inteligentes y hermosos del mundo". En especial Tamerlan. "Era el preferido en la familia. En cierto sentido, era como el padre. Tenían que hacer lo que él dijera".
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