
John Oliver, un inglés suelto en la televisión norteamericana
Conduce uno de los ciclos cómicos y periodísticos más influyentes de la pantalla chica, que esta noche estrena tercera temporada en HBO
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NUEVA YORK.- John Oliver está enamorado de Estados Unidos. Le encanta vivir en Nueva York, en el país que él eligió, que lo trajo desde Inglaterra y lo adoptó. Dice que no se quiere ir. "Nadie pertenece aquí, eso es lo mejor", justifica. Siente que puede tener una mirada única: la de un inmigrante que se siente en su casa. Al punto de que, cuando se refiere a Estados Unidos, usa "ustedes", pero también "nosotros".
"Creo que la mayoría de los inmigrantes sienten las dos cosas. En última instancia, es «nosotros», pero cuando estamos enojados son «ustedes»", bromea.
El día que dejó The Daily Show, Oliver lloró y abrazó a su amigo, mentor y entonces conductor del programa, Jon Stewart. Fue hace dos años, cuando comenzó a conducir su propio programa, Last Week Tonight, por HBO, cuya tercera temporada comienza hoy, a las 23.30. Oliver cree que ser extranjero, un outsider, es una ventaja en el mundo de la comedia. Supo aprovecharla: le tomó poco tiempo convertirse en una de las voces más incisivas, inteligentes e influyentes de la televisión norteamericana.
Pero Oliver rehúye de esa influencia. Dice, incluso, que el impacto que se le da al programa en la opinión pública "es exagerado".
"No creo que tengamos mucha influencia, y sin duda no nos importa cuánta influencia tengamos. Simplemente estamos preocupados en tratar de hacer un programa cómico cada semana que no sea terrible. Ése es el principal reto que nos imponemos", señala en una mesa redonda en la sede de HBO de Manhattan, con periodistas extranjeros, como él, de la que participó LA NACION.
Tampoco parece importarle demasiado que algunos de sus segmentos se repliquen luego en blogs de The Washington Post o en medios nuevos como Vox.com como una voz contundente -a veces, la sentencia final- del debate o el evento político del momento. "Ignoramos todo eso", confiesa, al hablar por él y su equipo de escritores e investigadores.
"Lo único que controlamos es el próximo programa, y después de eso estamos preocupados por el siguiente. Apenas terminamos una emisión, estamos aterrados por la próxima. Todos esos efectos dominó no tienen nada que ver con nosotros", se aleja.
Oliver no quiere saber nada con la idea de que hace periodismo. Es un cómico de raza y no parece querer salirse de ese lugar, en el que se muestra cómodo y, sobre todo, se siente libre. Vive en un país con libertad de expresión y trabaja para una cadena que no tiene restricciones, explica.
"No creo que haya un límite sobre lo que se puede bromear -define. Mientras más duro sea el material con el que estás trabajando, más seguro tenés que estar en tus intenciones con la broma. Es difícil. Y no hay manera de estar seguro de cómo va a ser recibido. Al final del día, tenés que simplemente confiar en tus instintos y estar seguro de poder defender tus propias intenciones, incluso si a la gente no le gusta lo que hiciste", agrega.
¿Cómo encontrás bromas en una historia deprimente?
Es el desafío más interesante. Hicimos una serie de bromas después de los ataques de París. No hay nada muy divertido en los ataques terroristas de París, pero hay algo gracioso en la inutilidad de las intenciones de los atacantes. Así que, ya sabés, es difícil, porque al principio uno está pensando "todo el mundo está triste, todo el mundo está horrorizado, ¿cómo diablos sacamos una risa de esta historia?". Lo que decidimos fue que podíamos señalar que nada iba a funcionar, porque si uno se mete en una guerra cultural con Francia, buena suerte. Es la nación nuclear de la cultura. Así que encontramos chistes de esa manera, diciendo "éste es el país que tiene a Jean Paul Sartre, los cigarrillos Gauloises y un postre delirante que es como una torre de profiteroles". Uno puede llevar a la gente de la mano a una broma realmente tonta en la que estás defendiendo y burlándote de Francia al mismo tiempo. Si uno puede tomar algo que no es ni remotamente divertido y encontrar algo gracioso, es lo más satisfactorio.
Oliver tiene un amplio equipo tras de sí. Es importante, dice, que cualquier broma sea "estructuralmente sólida", para lo cual hay investigadores que revisan documentos e información y evalúan todas las historias que el equipo propone. Oliver no le huye a nada: ha hablado de terrorismo, refugiados, la violencia armada, la discriminación a las minorías en Estados Unidos y los escándalos de la FIFA. En 2014, incluso le dedicó un amplio segmento al "default técnico" de la Argentina y su pelea con los fondos buitres.
En un año electoral atípico, Estados Unidos ha dado figuras como Donald Trump, Bernie Sanders, Hillary Clinton y Jeb Bush, carnada fácil para los comediantes. Pero Oliver dice que le interesa más el proceso electoral que las figuras y sugiere incluso que enfocarse en Trump es hasta demasiado obvio.
"Es tentador hacer 20 minutos sobre Donald Trump, pero con 60 segundos probablemente sea suficiente. Estamos mucho más interesados este año en mirar el proceso político, en lugar de mirar a la gente", define, aunque su ida y vuelta con el precandidato republicano haya divertido a sus seguidores la temporada anterior.
Oliver cree que cualquier extranjero tiene que conocer del proceso democrático de Estados Unidos y detalla los motivos de su interés en un breve monólogo. "Es espectacular. Estados Unidos está muy cerca de tener un ciclo electoral de tres años. Ya se habla ahora sobre quién va a estar en campaña para un cargo dentro de cinco años. El hecho de que ahora cuesta mil millones de dólares perder las elecciones, que cuesta mil millones de dólares no vivir en la Casa Blanca, hay tales problemas sísmicos con el proceso político que no tienen nada que ver con las personas que compiten y más que ver con toda la mecánica de la forma en la que compiten. Eso es mucho más interesante y divertido para mí", afirma.
Como inmigrante, Oliver confiesa sentirse frustrado cuando Estados Unidos "no se pone a la altura de sus propios ideales". No tiene miedo de enojar a nadie, dice, porque no cree que tenga derecho a tenerlo en un país donde existe libertad de expresión. No recibe agresiones o persecuciones de gobiernos, asegura, a menos que sea el presidente de Ecuador, Rafael Correa, "que me tuitea insultos de manera esporádica".
Oliver se despide con un deseo que nada tiene que ver con la política: ver en vivo al Barcelona de Messi, al que compara con una sinfonía. Y una mirada sobre Nueva York, el hogar que eligió: "Una de mis cosas favoritas es que hay tanta gente diferente que podés comer todos los distintos tipos de comida. Y es como caminar por un set de filmación. Cuando llegué, pensé que iba a ser como caminar por una película de Woody Allen o el estudio de Friends, y no me decepcionó. Fue exactamente así".
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