La californiana se presentó por segunda vez en Buenos Aires como parte de su Prismatic World Tour
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"¿Boludo? What does ‘boludo’ mean?", pregunta Katy Perry en voz alta y el público estalla en gritos y carcajadas. Juan, el chico elegido al promediar el show para subir al escenario, se ríe nervioso tras haberle enseñado algo non sancto a la californiana. "¿Es una mala palabra?", se pregunta ella y subraya, cómplice: "oh, no, no se dice bo-lu-do". A una semana del episodio con la fan brasileña que dio la vuelta el mundo, la cantante vuelve a toparse con una situación "extraña". Y, una vez más, la convierte a su favor.
Cuatro años después de su debut en escenarios porteños (justo enfrente, en GEBA), Katy vuelve a estructurar su show en base a una imaginería compleja, dinámica y fragmentada, llena de referencias pop y guiños adolescentes. A lo largo de una hora y media de recital hay cinco cambios de ropa, lasers, glitter, un caballo gigante controlado por bailarines, emojis de WhatsApp flotando en el aire, sampleos varios (de "Vogue", de Madonna a "Gin And Juice", de Snoop Dogg) y hasta visuales con gatitos viviendo la buena vida de Beverly Hills: Rodeo Drive, vos y yo, all the night.
En medio de esa puesta contundente y veloz, los hits se suceden uno tras otro. "Roar" rompe el hielo del Hipódromo, seguido inmediatamente por "Part of Me" y "Wide Awake". Sin mucha demora se suman "E.T." -la canción que comparte con Kanye West-, una versión relajada de "Hot ‘N Cold" y el clásico "I Kissed A Girl", con tintes rockeros y bailarinas con falsas siliconas XXL. La superabundancia de éxitos radiales es tal que Katy se permite reducir "Last Friday Night" a solo segundos sin generar falsas expectativas en el público.
A diferencia de aquella primera visita, esta vez sí hubo tiempo para un bloque íntimo, con canciones como "By The Grace Of God" -inspirada, según ella, por el tour sudamericano de 2011- y "The One That Got Away", con contrabajo incluido. Minutos después, un megamix de éxitos tecno de los 80 rompe con la ternura del momento: los lentos son parte del show, sí, pero a su justa medida.
El bis, con "Firework", fue la ocasión para jugar con los anteojos que se repartían en los ingresos del estadio improvisado. La imagen psicodélica que devolvían las gafas (una referencia al título de su último disco, PRISM), parecía ir a contramano de la estructura light de las canciones de la californiana. Es, en algún punto, el mismo recurso con el que juega en "I Kissed A Girl", el hit que la catapultó al éxito mundial: la osadía ATP, la insinuación sin salirse del carril. Porque lo non sancto está mal... pero nos gusta.
Por Ignacio Guebara
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