King Crimson: una clase magistral de rock de camisa y corbata

La banda liderada por Robert Fripp volvió a demostrar su excelencia ante el público porteño
La banda liderada por Robert Fripp volvió a demostrar su excelencia ante el público porteño
Mauro Apicella
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8 de octubre de 2019  • 20:00

La escena se torna surrealista cuando el público corea como si estuviera en la cancha un cantito dedicado a un "equipo" de músicos sesentones y setentones vestidos de camisas y corbatas. Pero esa demostración exacerbada no es más que un sentimiento que tiene décadas de vigencia. Siempre se consideró rock a lo que esa banda hizo sobre el escenario. King Crimson es rock de saco y corbata, pero rock al fin.

Quien comanda esta cuestión desde hace nada menos que cinco décadas es el anti divo del rock Robert Fripp (lo que le permite, de cierta manera, ejercer una especie de divismo muy especial). Es el hombre que viste siempre de traje y que toca una guitarra personalizada de diseño Les Paul. Es el que se sienta en posición tres cuartos de perfil respecto a la audiencia y nunca mira directamente al público, como si fuera un músico de orquesta detrás de un atril que apenas levanta la mirada para observar a un director imaginario (que en realidad es él mismo). Como si King Crimson fuera un alter ego. De hecho, más allá de álbumes en solitario y de diversos proyectos generados por este atildado inglés, como el Guitar Craft, la columna vertebral, su alter ego o, mejor, la proyección en modo plural de una creatividad singular, es King Crimson. No se trata de una democracia sino de la manera como un rey entiende una democracia. Incluso a su parlamento, que desde el regreso de la banda a los escenarios --su vida artística se ha caracterizado por la intermitencia--, en 2014, alista a Robert Fripp (guitarra), Mel Collins (saxo y flauta), Toni Levin (bajo, stick y sintetizadores), Jakko Jakszyk (voz) y tres bateristas que se ubican en el proscenio: Pat Mastelotto, Gavin Harrison y Jeremy Stacey (éste último también tecladista, a falta de Bill Rieflin, otro de los miembros de la actual era Crimson).

En el reparto de cargos y funciones está la estrategia del Rey. Por eso un concierto como éste. Por eso un programa en el que se autohomenajea, que revisita su trayectoria discográfica desde aquel iniciático In the Court of the Crimson King (1969) y obras más recientes, incluso de otros miembros de la banda.

King Crimson viene realizando un tour en el que, además de actuar en escenarios inesperados (recientemente participó en el Rock in Rio), revisita su historia con canciones como "Moonchild", "The Court of the Crimson King", y "21st Century Schizoid Man".

Claro que no tiene un link demasiado evidente con la esquizofrenia del siglo XXI ni con las tendencias de la música actual. Suena a rock progresivo, que es lo que el público vino a escuchar, junto con otros condimentos de una canción pop occidental, porque Crimson atravesó distintos períodos discográficos y sus músicos, aunque ninguno de ellos está desde el comienzo del grupo, hacen aportes que corresponden a personajes de una misma generación. De ahí la empatía entre ellos y con el público.

La advertencia de no tomar fotografías ni grabar predispone al público a disfrutar el momento. Si bien el Luna Park no es el lugar ideal para escuchar música en vivo, menos con tres bateristas ubicados en el proscenio, la presión acústica del grupo no resulta dañina. Las tres baterías suenan con absoluta precisión y coordinación y los teclados y el saxo de Mel Collins construyen una textura independiente que se apoya en el sonido de los parches y el bajo, el contrabajo y el stick de Tony Levin. El cantante Jakko Jakszyk trae de los rincones de la nostalgia temas como "Epitaph" y Robert Fripp, con grandes auriculares en sus orejas, comanda el proyecto que va, durante casi tres horas, de un discreto melodismo a un virtuoso "caos" controlado. (Porque las tres baterías podrían ser una verdadera locura juntas pero en este trabajo suenan muy bien). La polimetría de "Drumzilla" es el sueño de cualquier aprendiz de baterista.

Dentro de todo este gesto casi deportivo --por el desgaste físico que requiere--, especialmente de los bateristas, Fripp pasa de ser el DT de esos momentos de riffs poderoso a aquellos sonidos de su exploración tecnológica que son una mezcla de ondas martenot y theremín. Además, se proyectan a un futuro que siempre está en los márgenes de las corrientes musicales. Si bien es cierto que inauguró el rock progresivo a finales de los sesenta, con el paso de las décadas se ubicó en una dimensión paralela al rumbo marcado por las tendencias de cada época.

En un concierto como el del Luna Park, temas del estilo de "Larks tongues in aspic IV" son la mejor representación de Crimson, y los interludios de "Easy Money" resultan los territorios de expansión para el desarrollo rítmico y tímbrico del grupo, siempre con la obsesión por la perfección por delante. Claro que la rigurosidad de Fripp no sólo queda circunscripta al lenguaje estrictamente musical. El derecho de propiedad intelectual, en todas sus formas, es una de sus históricas batallas (conocidos son sus litigios con compañías discográficas). Antes del comienzo del concierto, sobre el escenario había dos carteles montados sobre atriles que aclaraban o, en realidad, advertían: "Buenas noches damas y caballeros. Bienvenidos al show. Ahora que se encuentran en el teatro por favor absténganse de tomar fotografías con sus cámaras y celulares hasta el final del show, o se les invitará a abandonar el teatro. Gracias..."

Sin embargo hay indicaciones de momentos precisos para las fotos. "Cuando Tony [Levin] levante su cámara para tomarles una foto a todos ustedes, en ese momento también podrán tomarle fotografías a los músicos". Ese momento, anunciado para el intervalo, recién llega al final del concierto. Y no sólo Levin levanta su cámara. Incluso el imperturbable Fripp toma la suya para grabar a la fervorosa hinchada futbolera que lo alienta, minutos después de la soberbia versión de "21st Century Schzoid Man" que deja al público extasiado.

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