La noche que vino Linkin Park

La banda se presentó en el Estadio Vélez Sarsfield; crónica y fotos del show.
La banda se presentó en el Estadio Vélez Sarsfield; crónica y fotos del show.
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8 de octubre de 2010  • 13:47

Linkin Park pareció haber esperado la oportunidad justa para tener su estreno porteño. Sin tener que menguar su prestigio en carteleras ajenas (como Deftones, warmupeando números mayores en 2001) ni quemando los cartuchos en gimnasios cerrados (en breve, Limp Bizkit en el Luna Park). Diez años de demora generaron la expectativa suficiente como para poder desembarcar en un Vélez que, si bien nunca colmado, congregó a más gente que, por ejemplo, la última visita de Korn.

Un día reivindicatorio para la segunda ola nümetalera. Sin embargo, Linkin Park tomó al pie de la letra el motivo de su visita: la presentación en vivo de A Thousand Suns, su flamantísimo disco (lleva menos de un mes en la calle) en el que, curiosamente, le escapan a la marca del rapcore melódico electroindustrial de consumo masivo y abren un horizonte de experimentos con texturas e influencias de las más diversas que trascienden a horas más agresivas.

Sus propósitos quedaron en claros de entrada. Pisando las 21.30, y mientras de fondo sonaba un discurso del físico Julius Oppenheimer (conocido como "el padre de la bomba atómica"), el polifuncional MC Mike Shinoda tomó se adelantó en su teclado (¡y ese peinado emo!) antes de que sus cinco compañeros se le plegaran para, tal como sucede en su reciente disco, comenzar con "The Requiem" y "The Radiance". En efecto, más que la condensación de la carrera que finalmente los trajo a Argentina, este show se delineó con un rigor de oficinista: casi la mitad del repertorio estuvo copado por canciones de A Thousand Suns. Con críticos déficits de audio y un frío inquietante, la primera sacudida llegó de la mano de "Papercut", uno de los pocos repasos de Hybrid Theory. Claro que hubo escalas obligatorias en "Crawling", "In The End" y, por caso, "Faint" y "Numb" (de Meteora), pero el crédito de Los Ángeles pareció estar más preocupado por mostrar aquello que, por cierto, tocaron anoche por vez primera desde la salida del disco.

Cuando el cantante Chester Bennington se le plantó de cueros a la noche más fría de nuestra primavera, la banda parecía arder en fuego vivo sobre tablas. Pero la conexión se cortaba pasando el vallado: "¡Subí el volumen, la p*** que te parió!" fue, en forma de cantito, un reclamo constante. La lista, es cierto, apostó más a mover el mercurio que a reventar el termómetro. A buscar el color sobre el calor. Más que una noche de reivindicación nümetalera, fue otra la foto que se sacó en Vélez.

La banda buscó pelar a su manera y se encontró con el binomio Bennington-Shinoda yendo a la carga con una complementariedad asombrosa. Así, mientras el MC le mete carbón a la máquina rapeando, cantando, metiendo uña en teclados o sosteniendo al guitarrista Brad Delson; el cantante principal prende fósforo recorriendo tarimas y escaleras hasta aburrirse del escenario mismo y largarse a cantar entre el medio del público, tal como sucedió con "What I´ve Done", highlight de Minutes to Midnight (2007) que fue soundtrack de Transformers y operó como bis final para una noche que, en verdad, nunca terminó de sacudir el barómetro.

Tal vez, cuando vuelvan, dentro de diez años, la historia sea diferente. Hoy, a una década de su comienzo, Linkin Park cumplió con su feligresía local. Y en esa definición, por el momento, parecen agotarse todos los argumentos.

Por Juan Ignacio Provéndola

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