Francisco Bochatón
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Un poco de distorsión a cambio de melancolía
Cuando los cantautores sensibles se hartan de contemplar su eterno otoño a través del vidrio mojado de la añoranza, y entonces descubren ese líquido rojo que les baña las entrañas, hacen discos como La tranquilidad después de la paliza. Grisáceo, pero a la vez pujante y hasta corrosivo, Francisco Bochatón comprueba en su tercer álbum como solista que hay varios canales de expresión para el existencialismo y el romanticismo agridulce. Y los aprovecha casi todos.
El trovador platense superpone imágenes de nostalgia urbana ("la calle se envuelve/ de cosas vacías", "todas las ventanas/ quieren que te extrañe", etcétera), sin subrayar un personaje marchito que, ante la emotividad de sus palabras, resultaría redundante. En lugar de eso, se amiga con la distorsión y, haciendo uso de su nueva paleta de colores, se permite –más allá de sus características baladas bohemias– canciones sutilmente vibrantes (como "Todas las ventanas" o "Lenguas") y algún que otro déjà vu peligrosamente gorrión (como el esquizoide "Gusano").
En sus pasajes de sosiego, Bochatón flota entre islas emocionales, y se expresa, alternativamente encantador o descarnado, pero siempre confesional. En sus exabruptos nos hace ver que la melancolía a 220 se parece bastante al enojo. Y en ambas facetas, la redondez de su poesía logra un efecto no muy frecuente en el rock nacional: cada frase nos deja esperando ansiosos por la siguiente.
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