Björk y Foo Fighters cerraron las dos extensas jornadas del la edición chilena del festival creado por Perry Farrell; postales sueltas de un evento inabarcable
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Después de una jornada de azul celestial y sol radiante, la noche se vuelve un bálsamo. La luna brilla en el cielo de Santiago, y el show de Björk, que cierra esta maratónica seguidilla de emociones rockeras que Perry Farrell craneó hace dos décadas bajo el nombre de Lollapalooza, se impone como un evento trascendental. Con el riesgo como brújula, la pequeña cantante islandesa proyecta su voz enorme con un imponente coro, el Graduale Nobili, como leiv motiv de un concierto de otro planeta. Lo que embruja es el riesgo, el hilo conceptual de Biophilia (2011) aplicado a un repaso por buena parte de su carrera.
Con espíritu avant-garde y una puesta que abreva en raíces corales (del teatro griego a la murga uruguaya), la islandesa se monta sobre un coro Gospel intergaláctico y nos lleva a dar una vuelta por el universo. El órgano valvular y el híbrido gamelán-celeste manejados a la distancia por una computadora funcionan como una analogía perfecta de ese cruce de vanguardia y tradición, o el escenario como un manto sagrado donde la naturaleza, en su sencillez y complejidad, parece reducirse a sus formas mínimas (las células, los virus, el fuego como motor del mundo) y multiplicarse luego en un hechizo inquietante, que puede ser bailable en un ejercicio de hip-hop celestial o místico en una batucada montada sobre una marcha marcial. Hacia el final, como bis, "Army of Me" le pone clima de festival a un espectáculo inédito de proyección galáctica, irreal, insuperable.
El show de Foo Fighters también es, a su modo, conceptual. Vale la pena citar aquella frase célebre de Pappo: "Si no se parece a AC/DC, no es rock". Foo Fighters no sólo se parece a la banda de los hermanos Young, sino que nos entrega todo lo que podemos esperar de un show de rock and roll: desde la épica y la emoción (de los fans y de la banda) por la primera visita al país hasta esa infinidad de clichés que a pesar de parecer salidos de Spinal Tap siguen siendo efectivos.
El bajo volumen les jugó en contra a los riffs más poderosos que sonaron en las dos jornadas. Es, por lejos, el más convocante de los conciertos y hay más de cincuenta mil cabezas que se mueven al ritmo de "All My Life" cuando irrumpen en escena. En una perfecta conjunción de rock clásico, melodías pegadizas y energía punk, la performance de Foo Fighters se acrecienta en la figura de Grohl, un frontman carismático que explica la política de la banda: nunca hacen shows cortos, pero como esta es su primera vez en Chile va a ser especial, con sorpresas y dos horas y media de duración. Grohl, monumental, también se para solo en una pasarela montada entre el público, y entre punteos y riffs levanta un brazo de arenga y todo el parque lanza un grito que es un puño cerrado. Un rockstar de manual que encuentra una respuesta del público también de manual. (También regaló una guitarra, subió una niña a cococho, y saludó al final del show con una bandera chilena.)
Pero más allá de la demagogia, la sinergia del sexteto es asombrosa: concentrada especialmente en el diálogo y las paredes que sostienen las tres guitarras, montadas sobre la batería precisa y poderosa de Taylor Hawkins, que también se lució como cantante en algunos pasajes. Hawkins es un reloj que marca el pulso del grupo, que atrapa con su sonrisa y que cautiva cuando canta "In The Flesh?", una versión homenaje a Pink Floyd.
Hay un paso de comedia, cuando Grohl desde una cámara en su camerino, arenga al público a pedir bises. La promesa llega a cinco canciones añadidas y Joan Jett sube como invitada especial, para una versión de su clásico "Bad Reputation", que resalta la impronta punk de la banda. Son dos leyendas arriba del escenario, con el rock como lenguaje, como religión, como código genético. Como una gran estafa, como una épica indestructible, como todo eso que esperábamos de un show de rock and roll. Menos la sangre saliendo de nuestros oídos.
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Es fundamental entender al Lollapalooza como una experiencia que trasciende a los shows. En la segunda edición chilena, las calles del Parque O’Higgins son pasarelas para un público que asume al festival como un acontecimiento arty. Vestimentas coloridas como dress-code espontáneo, máscaras de lucha mexicana se cruzan con ingeniosos recursos para combatir el calor, como una gorra con ventilador incorporado, un clima de celebración trendy domina la escena.
El espíritu del festival va más allá de una simultaneidad de shows. La experiencia es completa porque hay tantos Lollapaloozas posibles como espectadores que se pasean dentro de las 70 hectáreas de este parque hermoso y prolijo, con las montaña como imponente telón de fondo natural y una oferta que trasciende los seis escenarios y que incluye a decenas de marcas que ofrecen sus productos a cambio de algún papelón: hay mucha gente dispuesta a hacer cola para subirse a un toro mecánico para llevarse una remera, a hacer equilibrio sobre un skate mecánico para ganarse un chocolate, o a gritar desaforadamente para concursar por un auto. Pero, también, a jugarse unos fichines adentro de una caja de zapatillas gigante. Tirarse a escuchar de lejos un show con los pies en el césped es otro modo, también válido, de disfrutar la experiencia.
En el marco de la campaña Rock & Recycle, Lollapalooza se propone ser "un festival limpio". El objetivo es reciclar el 50 % de los residuos que se generen en las dos jornadas, y eso incorpora al paisaje un ejército de mil voluntarios que recogen y separan la basura, y conviven con promotoras y carabineros. También hay talleres de reciclado, cargadores ecológicos (funcionan con una bicicleta), comida vegetariana y stands de diversas oenegés. Un arco iris delimita la frontera con el Kidzapalooza, un espacio que reproduce la lógica del festival para los niños. Hay talleres de percusión y danza, un stand con bloquecitos de colores y muñecos gigantes construidos con bloquecitos de colores donde los chicos y sus padres se sacan fotos y un muro de escalada donde el mismísimo Perry Farrell invitaba a subir a sus agasajados. El escenario del Kidzapalloza auspició a uno de los fenómenos del festival. El único grupo que participó de las dos jornadas fue 31 minutos, un conjunto de títeres protagonistas de uno de los programas más populares de la televisión chilena que es la cara visible de una banda integrada por los músicos de Chancho en Piedra y los creadores de la serie. Con Rubén Albarrán como invitado en la primera de sus presentaciones, hicieron un récord en convocatoria y popularidad. El fenómeno, más allá de lo musical, tal vez sirva para entender al Lollapalooza como la versión adulta del Kidzapalooza: un parque de atracciones musical, rockero, cultural.
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La primera convocatoria masiva del sábado fue la de Gustavo Cordera, para un show caliente que terminó con un desnudo frontal del ex frontman de la Bersuit, mientras sonaba "La bomba loca", el hit que eyectó a su segundo opus solista a ser Disco de Oro en la Argentina. En contra del G-20 y con la frase "No hay nada más revolucionario que el amor", Cordera mostró el pito en solidaridad con el reclamo que el pueblo mapuche hace en contra de la ley anti-terrorista y también, según explicó después, para mostrar su propia fragilidad. Sería inexacto definir al hecho como "escandaloso", al menos en el ámbito del festival. Ni uno de los abundantes carabineros que recorren el predio, ni nadie más pareció escandalizarse. Sin embargo, las imágenes se viralizaron al instante y la noticia, recién ahí, en la web, adquirió ribetes polémicos.
Al frente de una banda con Juanito el Cantor (Doña María) como cabeza musical, Cordera repasó algunos éxitos de Bersuit ("Un pacto", "La soledad") y construyó un repertorio propio con la cumbia y otros ritmos latinoamericanos montados sobre ritmos electrónicos, que se alzó como uno de los sets más intensos de la primera jornada.
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La oferta es tanta y tan variada, que una opción es rebotar entre los escenarios como si fueras la bolita de un pin-ball. Y mientras el alemán Gentleman encanta a los fans chilenos del reggae con un flow poderoso y melodías pegadizas, Hoppo! irrumpe en el escenario alternativo con el talento incomparable de su frontman, el Tacuba Rubén Albarrán, para revisitar clásicos latinoamericanos. Empiezan con un canto indígena ceremonial, y luego Rubén anuncia "una flechita directo al corazón, dedicada a los jóvenes cronológicos y a los que nos aferramos a la juventud": lo que sigue es una versión de "Volver a los 17" que en la tierra de Violeta Parra adquiere una dimensión emotiva superior (lo mismo pasa con la versión de "Te recuerdo Amanda", de Víctor Jara). Entre versiones de "Dale tu mano al indio" y guiños al movimiento estudiantil chileno, Hoppo! intercala canciones propias del flamante Ollin Rollin, con una impronta regional. Hay una guitarra criolla que, tocada en vivo, parece loopeada, y hay un bombo (legüero) en negras. Igual que ocurre con Café Tacuba, cada presentación de Hoppo! parece tener la satisfacción garantizada.
Liderados por la impronta cinematográfica de Eugene Hutz, Gogol Bordello monta un carnaval de punk volcánico, mientras Los Tetas, que estrenaron un tema aún sin título, provocan el éxodo al escenario alternativo. Thievery Corporation suma una impronta política a su cruza de electrónica y dub y lo que sigue es emotivo y de un nivel superlativo: Los Jaivas repasan sus éxitos, con guiños a las Alturas del Macchu Picchu y el clásico "Todos juntos". (Su legendaria cruza de folk rock y psicodelia fascinó a Perry Farrell, que anunció sus intenciones a la edición norteamericana del festival, que se realiza en Chicago a principios de agosto).
El show de Arctic Monkeys fue atractivo por el repertorio y la impronta del grupo en escena, pero menos intenso de lo esperable por un sonido deficiente y por un malestar estomacal de Alex Turner, que hizo que el grupo acortara su set, que incluyó incursiones filo stoner, sin perder esa impronta de brit-rock. Y aunque poco más pueda importar después de escuchar "I Bet That You Look Good On The Dancefloor", hit absoluto y clásico contemporáneo, es probable que el set porteño en el marco del Quilmes Rock sea superador de una performance que no estuvo entre las mejores del grupo.
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La jornada es extremadamente calurosa, y mientras algunos circulan con abanicos plásticos, otros buscan refugio en el Movistar Arena, donde está montado el escenario Perry’s y donde ahora, a las tres y media de la tarde, los Surtek Collective (integrado por Atom -Señor Coconut- y por Vicente Sanfuentes -Original Hamster / Hermanos Brothers-) montan una fiesta en un estadio que es refugio, paraíso artificial al estilo Las Vegas, con latintrónica fiestera, una exploración de nuevas formas bailables, un juego colorido y luminoso desde las visuales, y un estadio semi-vació que cuando se termina el show y comienza a vaciarse tiene una cuota de melancolía. Es un momento Lost in Traslation, con las butacas del pullman combinadas como si fuera una pared gigante de venecitas de colores.
Más tarde, cuando Calvin Harris cerró en ese escenario, y al día siguiente con las presentaciones de Tinnie Tempah y Skrillex el lleno era absoluto, y una fila de carabineros impedía el acceso.
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La jornada del domingo empezó con una de las revelaciones del festival. En consonancia con lo que ocurre con el género creado por el benemérito Fela Kuti, Newen Afrobeat armó una fiesta tribal de melodías hipnóticas. La estructura recuerda a la banda del artista nigeriano: una base rítmica poderosa, una sección de vientos ajustada y unas coristas/percusionistas/bailarinas que le dan marco a la performance de Newen, un predicador de la obra de Fela, que sostiene que la música es el arma para transformar el mundo, a través de un mensaje poderoso, estridente y bailable.
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¿Es Foster The People la banda (nueva) del momento? Eso parece indicar esa multitud adolescente que salta y baila, grita y celebra la performance del grupo de Mark Foster que no sólo revela su talento como compositor de melodías pegadizas (su pasado como compositor de jingles le juega, en este caso, a su favor), sino también un talento para el manejo del escenario, en un set bailable al extremo, generador de endorfinas adolescentes, que quedaron flotando en el aire del Parque.
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Poderoso, estridente y bailable fue, también, el set de los colombianos de Systema Solar, que en plan soundsystem celebran el electro-cumbé: la música del pacífico y el caribe revisitada desde una óptica bailable e hipnótica, sabrosa y futurista.
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"Mi papá está en una expedición al Klama Hama", dice Dante Spinetta. Y es imposible que no se escapen algunas lágrimas. La canción de los Kuryaki multiplica su misticismo y lo que ronda en el aire es magia. El reencuentro de Horvilleur y Spinetta es una celebración de funk y flow, que sirve para dimensionar, en este show de grandes éxitos, el legado y la vigencia de los hits que construyó el grupo en la segunda mitad de los 90. Esta seguidilla imparable de "Chaco", "Jaguar House", "Jugo", "Coolo", "Remisero" y "Jennifer del Estero", entre otras, dimensiona el aporte del grupo al cancionero del continente.
La presentación en el escenario alternativo provocó un éxodo de más de cinco mil personas, que bailaron sin parar con esta máquina de funk ardiente que encontró en Matías Rada con su look afro en su rol de gurú psicodélico, un motor guitarrístico para una de las bandas con más groove del continente. Con la base ajustada de Sergio Verdinelli (batería) y Mariano Domínguez (bajo), y las teclas del productor Rafael Arcaute, los Kuryaki suenan con una fidelidad que alcanzan pocos grupos argentinos. La colaboración final con C-Funk, de Los Tetas, en "Abarajame" sirve para entender, también, el legado y el respeto que se ganaron en Chile y en toda la región.
Fue uno de los puntos más altos de una jornada que también entregó shows memorables de Peaches, TV On the Radio y la legendaria Joan Jett junto a los Blackhearts.
Por Humphrey Inzillo
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