El líder de Los Pericos se compró una viola que lo protege de las emociones fuertes
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Hace más de quince años Juanchi Baleirón estaba en Nueva York grabando con Pericos y aprovechó para comprarse una guitarra en un local mítico de la ciudad. Ocho años más tarde esa misma viola era el escudo que lo protegía de la emoción que significaba su primer show grande como cantante de la banda. En el medio, el hombre y su instrumento fueron cimentando una relación que se volvió casi humana. Hoy Juanchi confiesa: "Me divierte adjudicarle caprichos a la guitarra".
¿Cuál es tu instrumento favorito?
Una guitarra Gibson 355 que compré en el año 96 en Nueva York, en un lugar increíble. Es un local relativamente pequeño que se llama Matt Umanov Guitars. El tipo tiene una selección de guitarras antiguas impresionante, y arriba hay como un tallercito de reparación. Todos los músicos van ahí. Yo llegué por recomendación de amigos, porque no está en la parte típica de negocios de instrumentos del Midtown, sino en el West Village, que es un barrio muy lindo.
¿Cómo la mandaste a Buenos Aires?
Volvió con nosotros. En esa época estábamos con Pericos grabando Yerba Buena allá, así que me la llevé puestísima.
¿Fuiste a buscar esa guitarra en particular?
No, para nada. O sea, tenía ganas de comprarme una guitarra de caja, eso sí, pero no había pensado en esta particularmente. Cuando la encontré, pensé: "Esta es la mía". Y la verdad es que no me falló: sigue siendo una viola increíble, que la he usado para grabar de todo. De hecho me la piden mucho para grabar, porque es un cañón.
¿A quién se la prestaste?
El tordo de Massacre la usó mucho.
¿La devolvió bien?
¿El tordo? Sí, ni hablar. ¡Hasta me la calibró! La tengo mimada. Pero bueno, por eso se la presto. Está implícito que toda persona que pasa a la categoría de "merecedor de la guitarra" es porque la va a cuidar como yo. Si es alguien de mucha confianza, alguien a quien yo quiera y respete, no tengo drama: se la presto.
¿Y si te la quieren comprar?
No, ni en pedo. Esta me la quedo toda la vida. Además yo en general las guitarras no las vendo: ahora tengo como veinticuatro. Por suerte en casa tengo espacio. Igual, más que el espacio, el verdadero problema aparece a la hora de elegir cuál usar. Yo suelo ser más de Gibson que de Fender...

¿Para componer la usás?
No, y en vivo mucho tampoco. La llevo a algunos shows, pero no a las giras. Siempre la tengo a mano, pero más que nada para grabar algo o para tocar yo en casa. Lo que pasa es que al ser una guitarra de caja, no es tan de guerra. Es un instrumento un poco más delicado.
Los guitarristas que pasaron por esta sección suelen decir que con el tiempo la madera se asienta y el instrumento se pone mejor. ¿Te pasó?
Yo no sé si es que se pone mejor la guitarra o que uno es menos exigente porque se acostumbra. Igual sí, es cierto que hay un proceso en el que te vas acercando al instrumento, y llega un momento en que lo conocés más. De repente uno le va poniendo alma a la guitarra, le da carácter de persona, y eso me parece genial.
¿Cómo sería eso?
Y... Le vas adjudicando caprichos, como si el instrumento pudiera reaccionar. Cuando algo no sale, le echás la culpa. "Es que a la guitarra no le gusta este lugar". Es muy divertido, y sobre todo muy cómodo, je.
¿Tardó mucho está guitarra en convertirse en tu favorita?
Tardó un tiempo. Al principio era una guitarra especial, pero nada más.
¿Qué pasó en el medio?
Tiempo y discos. Por ejemplo, con esta guitarra toqué en el Quilmes Rock del 2004, junto a Divididos y Café Tacuba. Era el primer show grande que dábamos con Pericos desde que yo pasé a cantar. Fue uno de los shows más emotivos de mi carrera, muy fuerte. Y había llevado esta guitarra a propósito, como escudo emocional. Era un amuleto que me daba mucha contención.
¿Y cuál es la grabación que más recordás?
El solo de "Los chicos", el tema de Andrés Calamaro. Fui al estudio de Cachorro López y lo clavé en la primera toma. No usé ningún equipo raro ni nada: enchufé la guitarra derecho a un pod, con un wah wah. Fue buenísimo, así de una, medio jugando, sin presión, toqué algo y ¡pum! Quedó eternizado.
Por Lucas Garófalo
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