A los 75 años, Keith Jarrett se ve obligado a imaginar un futuro sin el piano
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La última vez que Keith Jarrett tocó en público, lo que menos le preocupaba era su relación con el piano. Fue en el Carnegie Hall en 2017, pocas semanas después de la asunción de un nuevo y polarizador presidente de Estados Unidos.
Jarrett —uno de los pianistas vivos más celebrados, que además de haber dado nueva vida al jazz, deja un tesoro en grabaciones de música clásica — abrió en aquella oportunidad su concierto con un furibundo discurso sobre la situación política y fue devanando comentarios al respecto durante todo el recital. Cerró su presentación agradeciéndole al público entre lágrimas.
Estaba programado que Jarrett volviera al Carnegie en marzo del año siguiente, para otro de esos recitales de solista que cimentaron su leyenda, como el capturado en la grabación Budapest Concert, que será lanzada el 30 de octubre. Pero esa presentación en el Carnegie Hall fue cancelada repentinamente, así como el resto de su calendario de conciertos. Por entonces, el sello discográfico histórico de Jarrett, ECM, habló de problemas de salud, sin dar detalles. En los dos años pasados desde entonces, nadie había actualizado oficialmente esa información.
Pero este mes finalmente Jarrett rompió el silencio, y no dejó dudas de lo que le pasó: a fines de febrero de 2018 sufrió un ACV, seguido de otro en mayo de ese mismo año. Y es improbable que pueda volver a tocar frente a un público.
"Quedé paralizado", dice Jarrett, de 75 años, en entrevista telefónica desde su hogar en el noreste de Nueva Jersey. "De hecho, mi lado izquierdo sigue parcialmente paralizado. Logré aprender a caminar con un bastón, pero me llevó muchísimo tiempo, un año o más. La verdad es que ni siquiera puedo ir y venir por la casa."
Al principio, Jarrett no advertía la gravedad que había tenido su primer ACV. "Me tomó totalmente por sorpresa", recuerda. Pero cuando fue manifestando nuevos síntomas lo internaron en una clínica, donde se fue recuperando poco a poco hasta recibir el alta. El segundo ACV ocurrió en su casa, y nuevamente fue internado en una clínica de rehabilitación.
Durante su estadía allí, entre julio de 2018 y mayo de este año, hizo uso esporádico de la sala de piano, donde tocaba algunos contrapuntos para la mano diestra. "Fingía ser un Bach de una sola mano", dice. "Pero era un juego y nada más." Y hace poco, ya en el estudio de su casa, cuando intentó interpretar unas tonadas de bebop que conocía bien, de pronto descubrió que las había olvidado.
La voz de Jarrett se ha vuelto más suave y tenue, pero a lo largo de casi dos horas de charla, se mostró lúcido y articulado, más allá de algún olvido ocasional. Y remataba sus afirmaciones más duras o filosas con una risa parecida a una exhalación rítmica: "Ah-ha-ha-ha".
No sé cuál será mi futuro, pero de momento, no me siento un pianista. Es todo lo que puedo decir
Educado en fe de la ciencia cristiana, profesada por la Iglesia de Cristo Científico, que rechaza los tratamientos médicos, Jarrett ha regresado a esas fuentes espirituales… hasta cierto punto. "Como feligrés de la ciencia cristiana, yo tendría que haber dicho ¡Apártate de mí, Satanás!, y de alguna manera, mientras estaba internado, lo decía. Pero no estoy seguro de haber tenido éxito, porque acá me ven… No sé cuál será mi futuro, pero de momento, no me siento un pianista", agrega Jarrett. "Es todo lo que puedo decir."
Tras una pausa, parece reconsiderar sus palabras. "Pero cuando escucho música de piano tocada con dos manos, es físicamente muy frustrante. Incluso Schubert, o algo interpretado suavemente, me termina superando, porque sé que no podría tocarlo. A lo máximo que puedo aspirar con la mano izquierda es a recuperar la capacidad de sostener una taza. Así que nada de aporrear el piano, ¡porque el aporreado soy yo! Ah-ha-ha-ha."

El John Coltrane de los pianistas
Si la perspectiva de un Keith Jarrett que ya no se considera a sí mismo un pianista es desconcertante, tal vez sea porque nunca fue otra cosa. Jarrett creció en Allentown, Pensilvania, ya como niño prodigio. Según el relato familiar, tenia 3 años cuando su tía le dijo que prestara atención al sonido de un arroyo cercano a la casa y que luego transformara ese borboteo en música: esa sería su primera improvisación al teclado.
Más de 70 años después, mientras intenta reconciliarse con la idea de que el corpus de su obra ya es un hecho establecido, Jarrett no duda en plantar una bandera.
"Me siento el John Coltrane de los pianistas", dice en referencia al saxofonista que transformó el lenguaje y el espíritu del jazz en la década de 1960. "Todos los que tocaron el saxo después de él demostraron cuánto le debían. Pero ya no era su música, era algo imitativo."
Por supuesto que la imitación, incluso de uno mismo, es un anatema para esa invención pura y simple que Jarrett sigue reivindicando como su método. "No tengo idea de lo que voy a tocar antes de un concierto", dice. "Si se me viene una idea musical, le digo que no." (Y al describir ese proceso, sigue prefiriendo usar el tiempo presente).
Más allá de sus propios recursos creativos, las condiciones de cada concierto son únicas: las características del piano, el sonido en la sala, el estado de ánimo del público, incluso la atmósfera de una ciudad. Antes de su concierto de 2016 en la Sala Nacional de Conciertos Bela Bartok, Jarrett ya había actuado en Budapest cuatro veces, y siente por esa ciudad una afinidad que atribuye a factores personales: su abuela materna era húngara y tocaba la música de Bartok desde muy chica. "De alguna manera, me sentía cercano a esa cultura", dice.
El modo en que Bartok y otros compositores húngaros adoptaron el folclore en su música profundizó cierta cualidad oscura de la música de Jarrett—"una especie de tristeza existencial, digamos, una hondura"—, poderosamente presente en la primera mitad del Budapest Concert, cuyo lanzamiento es inminente. La segunda parte, como apreciarán los admiradores de The Köln Concert, presenta algunas de las composiciones más deslumbrantes de Jarrett. Esas baladas, como "Parte V" y "Parte VII", contrastan con piezas enérgicamente atonales o estilo bebop, que van edificando gradualmente una expresión madura que quizás no hubiera sido posible en momentos anteriores de su carrera pianística.
Parte de esa evolución tiene que ver con la estructura de los conciertos solistas de Jarrett, que solían desarrollarse como un largo arco ininterrumpido, pero que ahora incluyen una selección de piezas discretas, con pausas para aplausos. Lo que suele ocurrir es que la forma general de estos conciertos más recientes solo resulta visible después del hecho. Pero Budapest fue una excepción. "Me di cuenta mientras tocaba, y por eso lo que lo elegí como el mejor concierto de toda esa gira europea", dice Jarrett. "Lo supe ahí mismo, me di cuenta de que estaba pasando algo".
El factor crucial, reconoce el artista, fue un público excepcionalmente receptivo. "Hay públicos que aplauden con más fervor cuando sienten que el escenario está pasando algo medio loco", dice Jarrett. "No me esperaba que pasara eso en Budapest".
Como salvo excepciones la mayor parte de la producción discográfica de Jarrett consiste de registros en vivo, su reputación de cascarrabias podría entenderse como el lado turbulento de una relación de codependencia con su público. En 2015, durante un concierto solista en el Carnegie Hall, pareció referirse vagamente al tema cuando le dijo a la platea: "El gran problema que nadie parece advertir es que no podría hacerlo sin ustedes".
Mientras renegocia su vínculo con el piano, Jarrett se enfrenta a la posibilidad de que esa otra relación, su relación con el público, llegue a su fin. "De momento, ni siquiera puedo pensarlo", dice Jarrett, y desvía el tema con su risa característica. "Así me siento por ahora."
Y aunque el magnífico logro del Concierto de Budapest es para él un motivo de orgullo, por momentos también siente su situación actual como una burla del destino. "Solo puedo tocar el piano con la mano derecha, y ya no me convence", dijo Jarrett. "Incluso tengo sueños en los que estoy tan arruinado como ahora, y en esos sueños trato de tocar el piano, pero me pasa lo mismo que en la vida real."
(Traducción de Jaime Arrambide)
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