De la “guerra santa del rock” de Pearl Jam a la “Ley Taylor Swift”, cómo les fue a los artistas que se enfrentaron con los monopolios musicales
Ticketmaster y Live Nation volvieron al ojo de la tormenta con un revés judicial en un tribunal de los Estados Unidos
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La industria del entretenimiento tiene a la música entre sus grandes vedettes. El juicio por jurados que en los Estados Unidos determinó que las empresas Live Nation y Ticketmaster (productora de show y ticketera, respectivamente) incurrieron en actividades monopólicas es el modo legal que se encontró de librar una batalla que muchos músicos o grupos musicales han llevado adelante, con escaso éxito, desde hace décadas.
Aunque todavía no se definió la sanción para que esta práctica monopólica cese, hay quienes piensas que habrá un antes y un después de esta sentencia que involucró al Departamento de Justicia de los Estados Unidos y a 39 estados, que accionaron legalmente en 2024, en lo que consideraron una práctica que afectaba a los fans de la música. Precios demasiado elevados y la imposibilidad de que otros actores del mercado de la música pudieran intervenir a gran escala fueron algunos de los argumentos presentados.
Es la primera vez que la Justicia se expresa con contundencia respecto a esta cuestión, aunque no fue la primera vez que los artistas se manifestaron al respecto. Ya en la década del noventa ocurrió con grupos muy famosos. Por otro lado, surgieron denuncias que no llegaron a tribunales, pero involucraron a artistas en el desvío de tickets para reventa, antes de que fueran ofrecidos para el público en general, desde los puntos de venta “oficiales”.
“Una llamada telefónica grabada en secreto revela cómo Live Nation ayudó a Metallica y otros artistas a colocar entradas directamente en el mercado de reventa”. Con ese extenso título, Billboard publicó, el 19 de julio de 2019, un informe que aseguraba que días antes de que Metallica iniciara su WorldWired North American Stadium Tour, la productora había desviado unos 88.000 tickets directamente a sitios de reventa como StubHub, sin que su público pudiera acceder a tickets que estuvieran más al alcance de sus bolsillos.

Según el análisis del hecho (que no habría sido el único), esa práctica permitía que la recaudación para artistas y productoras no fuera tan desfavorable frente a los valores con los que estas “resales” comercializaban los tickets. Puestos a la venta con precios que podrían triplicar o cuadruplicar el valor oficial, representaban una enorme ganancia para revendedores. En todo aquel episodio, tanto la banda como la productora negaron los hechos.
En la otra vereda se puede encontrar a bandas como Pearl Jam, pionera en este tipo de batallas. Sus problemas con Ticketmaster comenzaron a principios de la década del noventa, años del auge del grunge y de bandas como la que encabezaba el cantante Eddie Vedder. En 1991, la que hoy es un verdadero gigante de los tickets compró Ticketron, que venía a pérdida desde 1988. No quedó como la única expendedora de entradas, pero sí, por lejos, se convirtió en la más fuerte. A tal punto que podía plantarse con el porcentaje de “service charge” que cobraba a los consumidores.
Por una entrada para ver a Pearl Jam, que costaba unos 18 dólares, el grupo pretendía que los cargos por servicio no superasen el diez por ciento (1.8), mientras que la empresa lo fijaba por encima de los 2 dólares. Y como esto se trataba de un porcentaje sobre el valor de cada localidad, en algunos espectáculos podía llegar a ser de hasta seis dólares, según artistas, recinto, valor de las localidades.
“La guerra santa del rock and roll”. Ese era el tag (aunque en ese tiempo no se los llamara así), que la revista Time usó para referirse a esta batalla, que comenzó el 6 de mayo 1994 (casi 32 años antes del fallo antimonopólico que se acaba de conocer), cuando la banda presentó un memorándum en la División Antimonopolio del Departamento de Justicia de los Estados Unidos. Dos de los integrantes de la banda se presentaron para dar testimonio, pero la denuncia no prosperó.
Por aquellos años, también hubo voces a favor que hablaron del maravilloso servicio que ofrecía la ticketera, porque permitía llevar entradas a las manos de los fans que más lejos vivían de los estadios donde se realizaban los shows (no olvidemos que para ese momento no existían las app ni las plataformas de venta online).

Pearl Jam no quería entradas caras para sus conciertos y fue así que emprendió quijotescas giras. Incluso, para quienes compraban sus tickets el mismo día del concierto, en el lugar donde se realizaba el show accedían a un CD de regalo, con la grabación del recital anterior de la banda de Seattle. Claro que no fue tan fácil la lucha contra el gigante y para finales de esa década volvieron a los sistemas habituales de venta.
Por actividad monopólica se entiende cuando una sola empresa controla toda la oferta de un mercado, más allá de que no actúe de manera exclusiva porque existan otras dedicadas a ese metier. Lo denunciado en los últimos años y que ahora tiene un testimonio judicial emitido, también refiere a que dos empresas de un mismo origen (una productora de shows y una vendedora de entradas) incidan en su favor dentro del circuito de salas, teatros, arenas y grandes estadios dedicados al entretenimiento.
Casi treinta años después de las acciones de Pearl Jam, quien puso el grito en el cielo fue Robert Smith, frente a una gira que estaba a punto de comenzar con The Cure, a siete años del último tour que había realizado por los Estados Unidos. Según un informe de Rolling Stone, para una entrada de 20 dólares, el precio final superaba los 47. En una compra online quedan discriminados los 20 del ticket, 11,65 por el servicio brindado por la ticketera, 10 para el “estadio”.
The Cure vendía entradas a 20 dólares, pero sus seguidores compartieron capturas de pantalla donde se apreciaba claramente cómo, con los cargos adicionales, estas llegaban a más de 47. Un “Service fee” de 11,65 dólares, “Facility charge” de 10 (para la sala o el estadio donde se realizaría el show) y el “orden proccesing fee” de 5,50 dólares.
“Estoy tan disgustado como ustedes por las tarifas de Ticketmaster”, había escrito Smith en su cuenta de Twitter. “Para ser claro: el artista no tiene el poder de controlar esto. Les he preguntado cuál es la justificación de todo, así que si obtengo alguna respuesta medianamente coherente, les estaré informando”, concluyó. Luego de esta movida, que se viralizó, las empresas organizadoras del tour habrían llegado a un acuerdo con el grupo para que el precio final de los tickets bajara.
Smith también apuntó sus críticas a los precios dinámicos, ajustables según demanda y Neil Young también se sumó a este reclamo. Intenten leer lo que dice Robert Smith o lo que hizo con The Cure. Creo que fue lo correcto". Young calificó la fijación dinámica de precios como “algo malo que ha sucedido en los conciertos de todo el mundo” y afirmó que Smith “realmente me ayudó a darme cuenta de que tengo una opción que tomar y puedo marcar la diferencia para mis amigos amantes de la música”.
Las manifestaciones se dieron en distintas épocas y diferentes niveles de popularidad.
“Cualquier compositor que intente crear música con la que el hombre o la mujer de clase trabajadora se identifique debería enorgullecerse de luchar por quienes escuchan las letras que canta”. Esto lo dijo el cantante de música country Zach Bryan. “¿Alguien puede cerrar Ticketmaster ya? (...) La gente de clase trabajadora debería poder permitirse entradas para conciertos”, aseguró luego de leer comentarios en redes acerca de lo costoso que era para ellos poder ir a recitales. Fue así que su álbum de finales de 2022 fue un disco en vivo grabado en The Rocks, Colorado, que tituló: All My Homies Hate Ticketmaster.
A finales de 2022, la demanda para los shows de uno de los tramos del Eras Tour de Taylor Swift fue tan grande que colapsó el sistema online de venta de tickets. Las acusaciones por las largas horas de espera, el colapso del sistema y la cantidad de localidades que habrían llegado a manos de revendedores antes que al público general hizo que, otra vez, la sociedad comercial Live Nation-Ticketmaster entrara en el ojo de la tormenta, incluso con presentaciones judiciales y en el Congreso de los Estados Unidos.
De hecho, lo que se conoce como “Ley Taylor Swift” es un conjunto de normativas aplicadas en estados como Michigan y Minnesota que apuntaron a la defensa de los consumidores frente estas desprolijidades “administrativas”, a los exagerados precios de reventa y a la facilidad con la que el uso de bots permitía a los revendedores acaparar entradas. También comprometía a las empresas a quitar cargos “ocultos” en el precio final de los tickets.
Volvamos al presente. Los nueve integrantes del jurado que llevó adelante el caso por presunto monopolio concluyeron que Live Nation y Ticketmaster incurrieron en esta práctica, no contemplada como legal en los Estados Unidos. Y el juez federal de distrito de Nueva York, Arun Subramanian, tendría ahora que evaluar el tipo de indemnización que correspondería. Si bien la parte acusada intentó negociar con algunos estados demandantes, los 33 que se mantuvieron firmes en el reclamo colectivo habrían solicitado 700 millones de dólares.
Más allá de los números, en esta disputa no faltan quienes piensan a futuro y piden la pronta escisión de las dos empresas, que concentran el mayor porcentaje del entretenimiento musicales de los Estados Unidos, dentro y fuera de ese país.
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