El adiós al guitarrista de Los Enanitos Verdes y el recuerdo de su amistad inquebrantable con Marciano Cantero
LA NACION habló con el hijo del cantante de la banda, Javier, quien recordó el estrecho vínculo los músicos
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La presentación de una nueva etiqueta de vino puede ser un buen momento para la distensión y la confesión. Trece años atrás, en una de esas reuniones que se celebraba en la ciudad de Mendoza, el cantante Marciano Cantero decía, como al pasar, a un oído poco discreto del diario Los Andes, que Luis Alberto Spinetta respetaba mucho como guitarrista a Felipe Staiti. No solo lo decía por el vino que ya había corrido por su copa, ni por el hecho de que la etiqueta que se presentaba era un corte elaborado por Felipe (el anfitrión de esa noche); tampoco por un afecto de años, esos que compartieron como fundadores de Los Enanitos Verdes. Sin duda lo dijo porque Spinetta tenía razón. Acaso algo sabía de música aquel hombre.
Staiti —que murió el último lunes por el agravamiento de su estado de salud— tenía la doble cualidad de ser uno de esos guitarristas que agarraba velocidad (aptitud tan festejada por los públicos masivos) y de manejar la sutileza en el fraseo de sus solos. Tenía un buen repertorio de recursos: desde los pasajes que elegía a la versatilidad para encontrar matices, a veces sólo con cambiar levemente el movimiento de la púa. Una elegancia que no abunda.
Y Marciano tuvo lo que tiene que tener todo cantante de rock, una voz lo suficientemente personal para ser reconocida con apenas pronunciar el verso de una canción, sumado al temperamento para ubicarse como frontman (aun con un bajo colgado al hombro) y el talento para escribir canciones que tocaran, con simpleza y contundencia, el corazón de sus fans.

Fundaron Enanitos Verdes en 1979, en Mendoza, junto al baterista Daniel Piccolo. Al poco tiempo se sumaron Sergio Embrioni (guitarra) y Tito Dávila (teclados). Viajaron a Buenos Aires para probar suerte en el mundo discográfico que se manejaba desde allí y formaron parte de ese rock nacional que creció a la luz de la primavera democrática de la década del ochenta. Sus discos salían con frecuencia anual (o casi), uno tras otro: Los Enanitos Verdes (1984), Contra reloj (1986), Habitaciones extrañas (1987), Carrousel (1988), Había una vez... (1989).
Hubo una pausa y un reverdecer en la década del noventa con álbumes como Igual que ayer (1992), Big Bang (1994), Guerra gaucha (1996), Planetario (1997) y Néctar (1999).

Lograron una expansión, que ya venía de los ochenta, hacia el mercado musical latinoamericano. Al punto de que, sin exagerar, Los Enanitos Verdes llegaron a ser más famosos en México que en la Argentina. Marciano Cantero vivió allí durante poco menos de dos décadas. Se mudó en el comienzo del nuevo siglo y volvió a instalarse en Mendoza en 2018. Mientras tanto, cultivo proyectos personales. En 2001 compuso y grabó canciones más perfiladas para un proyecto solista. Nunca las publicó, pero fue su hijo Javier quien convirtió todo ese material en un álbum póstumo, ese que se llamó, simplemente, Marciano 2001. Y Staiti generó una tradición familiar lo suficientemente fuerte como para tocar con sus hijos.
Claro que todo lo que han hecho fue cimentado por Enanitos Verdes y en una amistad de más de cuatro décadas. Aquella noche cuyana de estreno, cuando Staiti presentaba su corte de malbec y syrah, Marciano había viajado desde México para acompañarlo. Ese año habían grabado el álbum Tic Tac.
Fueron una banda de rock a la antigua, es decir, una banda de amigos, y con los vaivenes que puede haber en un grupo de amigos, se hicieron fuertes y construyeron una buena historia para ese rock que sonó en América Latina y en la comunidad hispanohablante de los Estados Unidos.
Más que amigos... hermanos
La despedida de estos dos músicos fue similar. Cantero murió el 8 de septiembre de 2022, tras una internación en terapia intensiva por un cuadro de insuficiencia renal. Fue operado en Mendoza. Se le extirpó un riñón y parte del bazo, pero no se pudo recuperar de esa intervención. Staiti, que ya había estado internado durante un mes en 2024, por motivos similares a los de la última semana, sufrió el agravamiento de un cuadro de deshidratación, por el que había sido hospitalizado.
Javier Cantero, albaceas artístico del trabajo de su padre, pone en perspectiva la amistad de Marciano y Felipe. La analiza, la evoca con cierta nostalgia a través de anécdotas que le contó su papá. Porque el acervo (“La muralla verde”, “Te vi en un tren”, “Por el resto” incluso “Lamento boliviano”, tema que le pertenecía a otra banda, Alcohol Etílico, pero que supieron popularizar) tiene un correlato en esa relación de amigos y compañeros de banda.
“Lo primero que me impacta es esos cuarenta años juntos. Aprender a ser músicos, irse a Buenos Aires a probar suerte y a cagarse de hambre. Y verse luego, cuarenta años después, tocando en el Hollywood Bowl, en el Filmore de San Francisco, en Europa o en el Estadio Azteca. Cerrando el Vive Latino, que es el festival más grande. Es como esa frase que dice que a los hermanos no los hace el agua compartida en el vientre, sino la sangre derramada en el campo de batalla. Y las han tenido juntos. Llevaron nuestra cultura argentina y nos representaron. Verse desde chicos hasta viejos debe ser tan emocionante”.

Javier toma dos de las primeras anécdotas que le vienen a la cabeza. “Esta me la contó mi viejo”. La primera vez que los Enanitos Verdes fueron al estudio de Gustavo Borner, encontraron un Sega Genesis en el que jugaban torneos de fútbol de a cuatro. Cuando fueron a grabar Tic Tac encontraron el mismo Sega y se pusieron a jugar. “Vientipico de años después y seguían siendo los mismos, en ese momento jugando con algo que ya era retro”.
La otra es una anécdota de escenario. “En una de las últimas actuaciones de mi viejo en la Argentina, cantaron ‘Amigos’. Se la dedicó a Felipe. No recuerdo ahora si dijo ‘para mi amigo’ o ‘para mi mejor amigo’. Cuando terminó el show, Felipe se fue al camarín y se puso a llorar. Porque uno se acostumbra a la gente, pero hay cosas que, más después de cuarenta años, te pueden llevar a un lugar emocional fuerte”.
Javier dice que todavía está shockeado por la muerte de Felipe. De hecho, su charla con LA NACION fue antes de embarcar en el avión que lo llevó de Buenos Aires a Mendoza, para acompañar a la familia Staiti. Mezcla recuerdos que le traía su padre de las giras con la reflexión. “La amistad de los tres enanitos, Daniel Piccolo, Felipe y mi viejo, hizo que salieran de Mendoza con una misión: hacer la mejor música posible y las mejores canciones. Eso los llevó a los mejores escenarios. Me hace pensar que es el mensaje que dejan hoy. Que los jóvenes que quieran hacer música se junten con sus amigos y salgan en su aventura. Creo que la industria hoy te lleva a destinos gobernados por lo digital. Hay un ideal muy viral e inmediato. Pero nos olvidamos de la aventura de salir con amigos a hacer lo que nos gusta. Esa es la gracia. De ahí sale el rock’n’ roll y estoy muy feliz de que mi viejo lo haya tenido”.
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