El Colón abrió su temporada lírica con Pagliacci y Cavalleria Rusticana en una versión notable que emociona sin excesos
Con las óperas cortas de Leoncavallo y Mascagni, nuestro primer coliseo inauguró la temporada lírica 2026; más funciones entre hoy y el 24 de este mes
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Pagliacci, de Ruggero Leoncavallo. Cavalleria Rusticana, de Pietro Mascagni. Dirección musical: Beatrice Venezi. Dirección de escena, diseño de escenografía, vestuario e iluminación: Hugo de Ana. Coreografía y asistente de dirección escénica: Michele Cosentino. Ambientación: Claudia Vega. Video: Martín Ruiz. Reparto: Denis Pivnitsky (Canio), María Belén Rivarola (Nedda), Fabián Veloz (Tonio y Alfio), Ramiro Maturana (Silvio), Santiago Martínez (Beppe), Yonghoon Lee (Turiddu), Liudmyla Monastyrska (Santuzza), Guadalupe Barrientos (Mamma Lucia), Javiera Barrios (Lola). Orquesta Estable del Teatro Colón. Coro Estable del Teatro Colón. Coro de Niños del Teatro Colón. Sala: Teatro Colón. Nuestra opinión: muy bueno.
Cada una a su manera, Pagliacci y Cavalleria Rusticana se exponen y exponen a quien las haga, a un doble peligro: confiar meramente en la fuerza propia de las óperas, o bien, inversamente, exagerar todo hasta la cursilería. Nada de eso ocurrió en el inicio de la temporada lírica de este año del Teatro Colón. Más bien, todo fue eficaz sin efectismo, sentimental sin sensiblería, expansivo sin subrayados.
Hubo en este sentido una convergencia del enfoque escénico y musical. La puesta de Hugo de Ana en esta nueva producción del Colón deslinda Pagliacci y Cavalleria Rusticana, y en el acto mismo del deslinde instaura una continuidad visual que se despliega en tenues oposiciones, que se corresponden en verdad con las de los mundos de Ruggero Leoncavallo y Pietro Mascagni: el color y el blanco y negro, la agitación y una suerte de animación suspendida, la historia y el mito.

Es probable que en Pagliacci los movimientos escénicos hayan sido un poco copiosos, aunque hubo momentos también de intensa intimidad, como ese en el que Canio se pone envolviéndose el telón de circo, como si fuera la capa grotesca de un superhéroe sin proezas. El principio unificador es cinematográfico: una cámara o proyector en el lado derecho del escenario indica que se es espectador de una película o de la filmación de una película, algo que resalta la silla del director, con el nombre “Fellini” en Pagliacci y con “Visconti” en Cavalleria. Las consecuencias de esta decisión son varias. Por un lado, los movimientos del coro y los figurantes se ralentizan como por efecto de una cámara lenta; por el otro, sirve en los dos casos para insertar proyecciones, como la solución del “Intermezzo” de Cavalleria, con proyecciones de una procesión en Sicilia reelaboradas con IA: rostros de una época que parecen esculpidos en piedra y sustraídos del tiempo. Además, el aprovechamiento del escenario giratorio produce en su rotación la alternancia de sets de filmación.

El blanco y negro de Cavalleria Rusticana colabora con la dimensión mítica. La invención escénica de De Ana coincide en este aspecto con esa constatación que el filósofo Theodor W. Adorno había hecho ya en 1933: “Cavalleria es insólida, inhumana, eternamente en lo inestable, auténtica en lo falso, luminoso vino sobre la lava fría del diletantismo; del todo mitológica, una fantasmagoría de la Antigüedad hecha para las orquestas de salón. Algo así no se puede repetir”.
La melodía infinita
Esta perspectiva llega también al ojo desde el oído, porque los lenguajes de Leoncavallo y de Mascagni son también disímiles, por más que el primero siguiera la huella del segundo. La dirección musical de Beatrice Venezi llevó el diseño melódico a un colmo, pero un colmo virtuoso.

Una vez más, la intensidad no se confundió con exageración, y ya en el lirismo oscuro de “Si può?”, con un legato estremecedor, resultó evidente que el tratamiento sería fuera de serie. Cavalleria, por su lado, sonó como lo que en cierto modo es, una sinfonía con voces, acaso aquello que Leoncavallo, wagneriano devoto de Tristán, quisó imitar y no pudo, porque únicamente a Mascagni se le concedió ese milagro. El rendimiento de la Orquesta Estable, con la guía estricta de Venezi, fue admirable en todas las filas.
Por el lado de las voces, Fabian Veloz se lució como Tonio ya desde que cantó “Un nido di memorie” y prolongó esa solvencia en el papel de Alfio. El Canio de Denys Pivnitskyi mostró potencia dramática, pero también cierto descontrol en la línea melódica, mientras que María Belén Rivarola hizo una Nedda irreprochable, aunque algo apocada. Cumplieron también Ramiro Maturana (Silvio) y Santiago Martínez (Beppe).

Mejor salieron las cosas en Cavalleria. El quinteto de voces no tuvo fisuras. Aparte de Veloz, el tenor surcoreano Yonghoon Lee compuso un Turiddu de alto vuelo, al que sólo podría reprochársele que su personaje no tuvo mayores matices y fluctuaciones. La Santuzza de Liudmyla Monastyrska deslumbró por su caudal, Guadalupe Barrientos fue una Mamma Lucia apabullante, y los dúos de ellas estuvieron entre lo mejor de la noche. No se quedó atrás la Lola de Javiera Barrios.
El Coro Estable, preparado por Miguel Martínez, y el Coro de Niños, a cargo de Mariana Rewerski, fueron, una vez más, otro de los puntos altos. En buenas manos, la dupla Cav/Pag (aquí Pag/Cav) volvió a sortear a Escila y Caribdis.
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