Igor Levit "hace cumbre" con su integral de las sonatas para piano de Beethoven
Nuestra opinión: muy buena
La ejecución -y registro- de las 32 sonatas para piano de Beethoven demanda, más que cualquier ciclo de otro compositor, la rara exigencia de prestar atención a la obra aislada y al conjunto. Estas dos solicitudes parecen excluirse mutuamente. La causa de esta incongruencia resulta bastante simple y Charles Rosen la explicó con claridad: la variedad formal de las sonatas es tan asombrosa que da la impresión -bastante cercana a una verdad que no necesita mayor demostración- de que Beethoven encontró en cada pieza una estructura única puesta al servicio de un programa dramático diferente cada vez. Este principio de no repetición (la mirada microscópica de cada sonata) podría volverse incompatible con un tendido continuo, de modo que el pianista inadvertido será víctima de la Escila de la totalidad o de la Caribdis de la excepción. En su integral para el sello Sony recién publicada (una caja de 9 CD), el joven Igor Levit (32 años) logró sortear esa tenaza y, al hacerlo, se anotó en esa estirpe de un puñado de nombres propios.
Levit es desobediente y empezó tocando lo que los viejos maestros desaconsejaban tocar: las últimas sonatas. En 2013, registró los seis opus finales, incluidos ahora en esta caja. El resto de las grabaciones corresponden a los años 2017 y 2018. ¿Qué pasó en el medio? Levit encontró el hilván. Daniel Barenboim, nuestro beethoveniano mayor, dijo hace poco que cada vez descubría en las sonatas tempranas más atisbos de las tardías; lo mismo podría suceder en sentido contrario. Levit se mueve en las dos direcciones, y, de ese modo, encuentra en la opus Nº 2 no una insinuación, sino directamente una realización ulterior.

Pongamos otro ejemplo, que puede sostenerse además con una cita de autoridad. Paul Bekker había hecho notar en su monumental ensayo sobre Beethoven que, en su construcción, la sonata opus 101 era el retrato fiel (casi la imagen devuelta en un espejo) de la opus 27, Nº 1. No es improbable que Levit conozca la observación de Bekker; tampoco que Levit llegara a esa conclusión por sus propios medios y encontrara allí una mera confirmación. El artista suele llegar antes. Beethoven era un arquitecto, y Levit busca en su dibujo la disciplina y los reflejos. Evidentemente, la frecuentación de las variaciones Diabelli, y de las Goldberg, de Bach, le dio al pianista ruso un sentimiento casi radiográfico del contorno y de la forma. Casi podría decirse que las demás decisiones se subordinan a la claridad de la línea. Hay pocas versiones más apolíneas que la de Levit, y esto no quiere decir en modo alguno que pueda imputársele tibieza.
Por otro lado, hay una mirada periférica del repertorio. Nadie que no ame como Levit la Missa Solemnis puede tocar como él el monstruoso movimiento fugado de la Hammerklavier.
Su genealogía, por lo demás, es bastante nítida, y quien escuche la Waldstein se dará cuenta de que su lectura está más cerca de Artur Schabel o incluso del ciclo de Wilhelm Kempff de principios de la década de 1950 que de sus predecesores inmediatos András Schiff o Paul Lewis, magistrales a su modo.
¿Cuántas integrales de las sonatas de Beethoven necesitamos? O dicho de otra manera: ¿necesitábamos otra integral más? Imposible responder la pregunta en el vacío en la medida en que solo sabíamos que la necesitábamos una vez que la descubrimos; solo entonces eso que no conocíamos se vuelve necesario. Es exactamente lo que pasa con esta integral de Levit.
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